TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 17. La mujer del gallo
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Capítulo 17. La mujer del gallo

Los gallos no entienden de política, pero cantan siempre a la hora equivocada, que es una forma de entenderla.

La feria de Todos los Santos empezaba en Dunkeld tres días antes de la fecha, porque en las Highlands nadie se fía de que el cielo aguante hasta el día señalado.

Para cuando Sorcha bajó a la plaza, a media mañana del veintiocho, el pueblo entero se había llenado de puestos de madera, de redes con castañas, de ovejas atadas por el pescuezo y de arrieros que discutían el precio de un fardo con una vehemencia casi poética.

Iba a comprar lana gris. Eso era todo. Las vendas de Murdo llevaban dos días empapándose de glasto y había que cambiarlas, y no había nada más práctico que ocuparse de una necesidad pequeña cuando la cabeza estaba llena de otras grandes.

Caminó entre los puestos con la bolsa colgada del brazo, atenta a las madejas y a las caras, sin hablar con nadie.

La oyó antes de verla.

—¡Madre de Dios, qué porquería! —clamó una voz de mujer, a gritos, en un gaélico atroz—. ¡Esto no es lana! ¡Esto es… cómo se dice… tu abuela con pelo! ¡Zeg! ¿Cómo se dice? ¡Mierda de oveja!

Sorcha se detuvo.

Junto a un puesto de lana, de pie ante un vendedor aterrado, una mujer pequeña y rolliza agitaba un vellón sucio como si fuera un trapo de cocina.

Tendría sesenta años largos. Llevaba un tocado blanco de lino, almidonado, que le daba un aire de nave con las velas desplegadas, un manto de buen paño azul marino y un par de pendientes de plata que sonaban cuando se movía.

Detrás de ella, atada con una soga a una carreta cubierta de fardos, una mula tranquila rumiaba.

Y sobre la lona de la carreta, con la cresta roja y la cola verde y negra, un gallo enorme observaba la plaza con un desprecio absoluto.

—Señora —murmuró el vendedor—. Es lana de la mejor…

—¡Es pelo de ratón! —Tiró el vellón al suelo, con un gesto de reina—. ¡Je moeder! ¡Qué país! ¡Qué gente! Yo en Brujas… ¿sabes lo que pasa en Brujas con un hombre que vende esto? ¡Lo cuelgan! ¡De un campanario! ¡Por los dedos!

—No creo que sea…

—¡Hendrik! —gritó la mujer sin volverse—. ¡Haz algo!

El gallo se irguió sobre la lona, abrió el pico y lanzó un canto largo, ronco, ofensivo, que hizo callar a toda la plaza y salir corriendo a un perro. El vendedor, con la cara pálida, recogió el vellón del suelo con las dos manos.

—Dos peniques menos —suplicó.

—Tres.

—Dos y medio.

—Tres. Y la próxima vez lavas la lana antes de venderla. —La mujer se giró, satisfecha, y la vio—. ¿Y tú qué miras?

Sorcha no contestó. Tampoco apartó la mirada.

La mujer la observó de arriba abajo. Los ojos, pequeños y redondos como cuentas, se detuvieron en las manos de Sorcha, en los dedos con los callos de la rueca, y subieron al dobladillo roto de la falda.

—Tejedora —dedujo.

Sorcha alzó una ceja.

—No me lo digas. —La mujer levantó un dedo—. Callada. Eres de esas. Mi marido, que en paz descanse, decía que las calladas tienen el telar más ancho. —Se echó a reír—. Griet. Griet de Brujas. Viuda. Mercader de lana. Dueña de este bribón. —Señaló al gallo—. Hendrik. Muerde.

—¿El gallo?

—Todos. —Se acercó un paso y olfateó el aire con un gesto casi animal—. Tú hueles a… a lana teñida. A glasto. No de este país. De mano. ¿Qué tiñes?

—Rojo —dijo Sorcha.

Era la primera palabra que pronunciaba. Griet se detuvo.

—Rojo —repitió—. ¿Qué rojo?

Sorcha dudó. Verdad o silencio. Metió la mano en el bolsillo del manto, sacó el jirón de forro rojo que había recogido junto a los espinos, ya seco, y lo puso en la mano ancha y callosa de la mujer.

Griet lo miró un instante. Le dio la vuelta. Lo olió. Lo restregó con la uña, con el gesto de una tendera que desconfía de una moneda.

—Rosa —murmuró.

—Sí.

—Rosa con vergüenza. —Escupió al suelo con una elegancia asombrosa—. Es lo que vende Wouter. El maldito. Escarlata de Perth. ¿De dónde lo sacas?

Sorcha contuvo el aliento. Griet de Brujas había dicho «Wouter» con una entonación que ella conocía: la de alguien que tiene una cuenta pendiente.

—De un hombre que lo llevaba por dentro de un manto —respondió—. Ha pasado por aquí.

—¿Gris? ¿Con dos hilos amarillos?

—Sí.

Griet se quedó callada. Un segundo. Dos. Después, sin avisar, agarró a Sorcha del brazo con una mano como una tenaza.

—Ven.

La arrastró hasta la carreta, apartó la lona con un golpe, y empujó a Sorcha hacia el interior, un hueco entre fardos olorosos a lanolina y a pimienta.

El gallo se desplazó sobre el techo con un revoloteo ofendido.

Griet se encaramó detrás con una agilidad sorprendente, y dejó caer la lona tras ellas.

—Dame lo otro —ordenó en voz baja—. Lo que llevas bajo el vestido. No me mires así. Se te ve el bulto. Una cinta, una pieza, algo.

Sorcha cerró la mano sobre el vestido. Pero había algo en aquellos ojos pequeños y fieros que no engañaba. Despacio, sacó el retal envuelto en cuero. Lo desplegó sobre el fardo.

El rojo explotó en la penumbra de la lona como un fuego que alguien hubiera tapado con la mano.

Griet no dijo nada. Se llevó las dos manos a la boca. Se quedó así un largo rato, con los ojos desbordados, mirando el paño. Después alargó un dedo y rozó el borde tejido, el orillo, la marca de tres hilos rojos y uno azul.

—Gille-Brìghde —susurró—. Santa María. Gille-Brìghde.

—¿Lo conocías?

—Le compré tres piezas. En mil ciento cuarenta y nueve.

En la feria de Perth. —Se secó los ojos con el dorso de la mano, sin pudor—.

Mi marido, Joos, tejía paños de lujo. Estaba arruinándose.

Wouter le había vendido lana teñida con su escarlata.

Bonita, bonita. Dos meses después, los clientes la lavaron.

—Hizo un gesto con las manos, como quien suelta un pájaro—.

Se fue el color. Se fue el cliente. Se fue el crédito. Se fue Joos.

—Lo siento.

—No lo sientas. Escucha. —Se acercó mucho, con una voz baja, urgente—.

Joos, antes de morir, quiso comprar un rojo bueno.

Fui a Perth. Encontré a un hombre del oeste con tres piezas.

Las compré con todo lo que tenía. Mi marido las vio.

Se echó a llorar. Dijo: «Esto es lo que yo quería hacer toda la vida».

—Se apretó la boca—. Se murió con la mano sobre la tela.

Sorcha tuvo que apartar la mirada. Cuando la volvió, Griet ya había abierto un arcón pequeño, hundido entre los fardos, y sacaba de él un bulto de tela roja doblado con respeto, y un cuaderno de cuentas con las tapas de cuero gastadas.

—No le cosí la mortaja con esa tela —murmuró—. No pude. La he guardado once años. Y el cuaderno. Tiene la compra. Fecha, precio, nombre del vendedor. Escrito de su puño y letra.

—Eso…

—Sirve de prueba, ¿no? —Griet la miró con una ferocidad enternecedora—. Dime que sirve de prueba.

—Sirve —respondió Sorcha, con la voz quebrada.

—Entonces dime dónde está el muchacho. El hijo. El que lleva el rojo en las manos.

Sorcha abrió la boca. Fuera, en la plaza, se oyó un alboroto: un grito en flamenco, un ruido de cascos, la voz de un hombre preguntando algo con mucha educación.

El gallo, sobre la lona, empezó a cantar.