TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 16. El cillerero
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Capítulo 16. El cillerero

Las abadías huelen a cera y a paciencia; los hombres que las habitan, a todo lo que han decidido no decir.

Dunkeld se alzaba junto al río Tay como una piedra que alguien hubiera colocado con cuidado en medio del paisaje.

La abadía ocupaba la ribera: un conjunto de tejados de pizarra, de campanarios bajos y de muros grises, rodeado de huertos en barbecho, con el humo de las cocinas subiendo recto en la quietud de la tarde.

Alrededor, un pueblo de casas de madera y turba, con una plaza, un embarcadero y una posada que se anunciaba con una enseña pintada: un salmón saltando.

Murdo la miró desde la última curva del camino, con el corazón en la garganta.

Había estado allí tres veces en su vida.

La primera, de niño, con su padre, a entregar un fardo de lana teñida.

Recordaba el olor a incienso y la mano enorme sobre su hombro, empujándolo hacia el frente para que viera de cerca el rojo que él mismo había ayudado a remover.

«Mira, Murchadh. Mira bien. Esto es lo que hacemos».

La segunda, a los diecinueve, con la casulla del altar mayor.

La tercera, a los veinte, la semana antes de que Wouter le pusiera la mano encima.

Ninguna le había parecido tan peligrosa como esta.

—No puedes entrar —murmuró Sorcha, a su lado.

—Lo sé.

—Te conocen.

—Me conoce un hombre. Uno solo. Pero los muros tienen oídos y los monjes, también.

—Entonces entro yo. Con una carga de paño. —Se ajustó el manto, tomó la bala más pequeña de la carreta y se la echó al hombro—. Una tejedora que quiere vender género a la abadía. No hay nada más normal.

—Sorcha…

—Verdad o silencio —le recordó, con una sonrisa de lado.

Él cerró la boca. Ella se alejó por el camino, pequeña y recta, con el fardo a cuestas, y Murdo se quedó mirándola hasta que cruzó el portón de la abadía y se perdió en la sombra.

• • •

La posada del Salmón era un sitio ruidoso.

Pescadores, arrieros, un par de frailes mendicantes que bebían con una devoción sospechosa, y en un rincón un anciano que dormía con la cabeza sobre una mesa y un perro a los pies.

Cailean había conseguido un banco cerca de la ventana, desde donde se veía la plaza y la puerta de la abadía, y se había pedido una jarra de cerveza que olía a vinagre con la satisfacción de quien llega a casa.

Catriona había desaparecido «a mirar el río». Eso quería decir que estaba contando cuántos hombres con el pelo cortado al estilo flamenco había en la aldea. Murdo, sentado a su lado, con el gorro calado hasta los ojos y las manos metidas bajo la mesa, se obligó a beber un trago.

—Esta cerveza es una afrenta —observó Cailean.

—Es tuya.

—Pero la pagué yo.

—Entonces es tu afrenta.

—Eso es profundo. —Cailean bebió un sorbo, hizo una mueca y se secó la boca con la manga—. Mira, se me ocurre una cosa. Para ahorrarnos explicaciones, si preguntan, tú eres mi hermano mudo. Una desgracia de familia.

—No soy mudo.

—Todavía no. —Cailean le dedicó una sonrisa de oreja a oreja—. Y ella es tu mujer.

—No es mi…

—Es lo que le he dicho a la posadera. Que sois marido y mujer. Hay una sola habitación libre con una sola cama. Es eso o dormir en el establo, y la yegua no ha hecho amigos.

Murdo se atragantó.

—Cailean.

—Es por cubrir las apariencias.

—Tú no cubres nada.

—Sé lo que hago. Soy un hombre de mundo. —Dio otro sorbo—. Un hombre de mundo con una yegua que muerde.

Murdo se pasó la mano por la cara y, al hacerlo, la vio.

Estaba en la puerta de la posada. Un hombre alto y seco, de pelo muy corto y rojizo, vestido con un manto gris de buen paño, con una cicatriz de quemadura que le cerraba parcialmente el ojo izquierdo.

Miraba la sala con una paciencia lenta, de contable.

Llevaba un par de hilos amarillos cosidos en el cuello de la capa, apenas visibles.

Rik van Aelst.

Murdo dejó de respirar.

—No te muevas —murmuró Cailean, sin cambiar de expresión. Bebió otro sorbo con los ojos fijos en la puerta—. Y no lo mires. Mira la cerveza. La cerveza es un buen sitio donde mirar.

—Es…

—Ya lo sé. Tiene cara de que le debes dinero.

El flamenco recorrió la sala con la mirada. Se detuvo un instante en la mesa del anciano dormido. Se detuvo otro en los frailes. Pasó por Cailean, por el hombre de al lado, por un gorro calado. Una pausa. Murdo notó cómo el sudor se le helaba en la nuca.

—¡Posadera! —gritó entonces una voz desde la barra—. ¡Esta jarra está vacía, mujer, y el abad no me paga por tener sed!

Rik dio media vuelta, con un gesto de fastidio, y se marchó hacia la plaza.

Murdo soltó el aire con tanta fuerza que le dolió el costado.

—Eso —dijo Cailean, muy bajito— ha sido providencial.

—Ha sido la sed de un fraile.

—Las cosas importantes de este mundo siempre dependen de la sed de un fraile.

• • •

Sorcha volvió al caer la tarde. No con la bala de paño, que había vendido a buen precio, ni con las manos vacías. Con una expresión que Murdo conocía ya: la de quien lleva mucho rato guardando una noticia y la suelta con cuidado.

Subieron los tres a la habitación, un cuartucho de techo bajo con una cama de paja, una mesilla y una ventana con vistas al río. Cailean se quedó fuera, apoyado en el marco, con la guardia de un centinela de opereta.

—He hablado con el cillerero —informó ella, sentándose en el borde de la cama—.

Se llama fray Aodh. Es viejo, pequeño, con las manos cubiertas de manchas de tinta.

Cuando vio el paño, lo palpó y me preguntó quién lo había teñido.

Yo dije que lo había hecho yo. Me preguntó cómo conocía yo el rojo de Gille-Brìghde.

—¿Lo dijo así?

—Con esas palabras. —Se frotó las manos en la falda—. Le conté que llevaba un hombre conmigo. Que conocía a su padre. No dije el nombre. Se echó a llorar.

Murdo se quedó muy quieto.

—Fray Aodh —murmuró—. Era amigo de mi padre. Lo recuerdo. Se reía mucho. Tenía un gato.

—Todavía tiene el gato. Es el más gordo del monasterio.

—Sorcha sonrió, pero se le apagó enseguida—.

Hay un problema. El abad está de viaje. No volverá hasta el domingo después de Todos los Santos.

La casulla está guardada en el arca de la sacristía y solo el abad tiene la llave grande. Fray Aodh tiene una copia, pero…

—Pero no puede usarla sin permiso.

—Sí puede. —Le brillaron los ojos—. Si se la usa de noche. Cuando todos los monjes duermen. Una vez. Solo para mirar. Y si nadie se entera.

—¿Cuándo?

—El primero de noviembre. Todos los Santos. Los monjes velan hasta tarde, y luego duermen como piedras.

—Cuatro días.

—Cuatro días —confirmó ella—. Aquí, esperando.

Murdo miró la cama. Después la ventana. Después el suelo, con una atención desproporcionada.

—Yo dormiré en el suelo —anunció.

—Hay una manta.

—Eso bastará.

Cailean, en el pasillo, se aclaró la garganta con tanta cortesía que fue casi un ruido de teatro.

—Marido y mujer —recordó—. Para que no sospechen.

Murdo no se atrevió a mirarla. Sorcha, en cambio, lo hizo, con las mejillas muy rojas y la boca firme.

—Dormiré yo en la cama —decidió—. Tú, en el suelo.

—Perfecto.

—Con la manta.

—Perfecto.

—Y si tienes frío —añadió ella, mirando la pared—, hay sitio.

Cailean cerró la puerta, muy despacio, con una discreción tan profunda que se oyó hasta el final del pasillo.