TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 15. Lo que hace una tejedora con un nudo
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Capítulo 15. Lo que hace una tejedora con un nudo

Un nudo no se deshace tirando de los dos cabos: se deshace aflojando uno.

Sorcha tardó un día entero en perdonarse el silencio.

No el de él. El suyo. Cuando Murdo había dormido fuera del molino, ella se había tendido junto al fuego sin decir una palabra, con la espalda muy recta y las manos apretadas contra el estómago, y se había quedado mirando la pared durante horas.

Había repasado todo lo que no había dicho.

Que no era una niña. Que no necesitaba que la protegieran.

Que había besado a un hombre con las manos azules con los ojos abiertos y sabiendo lo que hacía.

Y no había dicho ninguna de esas cosas. Porque ese era su defecto. Su defecto antiguo, el que Ailsa le reprochaba con cariño y Diarmad con una ceja alzada, el que su madre llamaba, con una sonrisa que hacía temblar a los jueces, «la desgracia de las que miran demasiado».

Callaba. Callaba, y se equivocaba por callar.

El día siguiente caminó al lado de la carreta con la boca cerrada y los pensamientos a toda velocidad, mientras Murdo iba delante, a pie, con Catriona.

Hablaban poco. Él no la miraba. Pero cada vez que tropezaba con una piedra, o se detenía a atarse el zapato, o subía una cuesta con el costado apretado, ella veía cómo se le tensaba la espalda con la conciencia de que alguien lo observaba.

Eso no era desprecio. Era algo más difícil de nombrar.

Al caer la tarde del 24 llegaron a la Cruz de Piedra.

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Se alzaba en lo alto de una loma pelada, a la vista de media Escocia: una losa de granito gris, de dos veces la altura de un hombre, cubierta de un dibujo de nudos entrelazados.

Uno sobre otro, subiendo, bajando, mordiéndose la cola, como una madeja que alguien hubiera tallado en piedra.

El viento silbaba entre las líneas con un sonido de flauta mal afinada.

Sorcha se quedó mirando.

—Es un patrón —murmuró.

—¿Qué? —preguntó Cailean.

—Los nudos. —Se acercó, con la mano extendida—. Es una sarga rota. Mira. Se cruzan de dos en dos y vuelven a empezar. Quien lo talló sabía de telar.

—Lo talló un monje.

—Un monje que tuvo una madre que tejía.

Catriona y Cailean se adelantaron para vigilar la loma. Murdo se quedó atrás, con la cinta en la mano, la tercera franja entre los dedos: un pardo de nogal, oscuro y firme.

—En la base —dijo—. Detrás. Hay una piedra que se mueve.

—Dime qué hay dentro.

—Una carta. De mi padre.

Lo dijo sin mirarla. Sorcha esperó.

La piedra salió con facilidad, empujada desde un lado. Dentro, un pliego de pergamino doblado en tres, atado con hilo rojo y protegido con una piel de nutria. Murdo lo tomó con ambas manos, y durante un largo instante no se movió.

—Léela tú —pidió.

—Murdo…

—No sé leer.

Lo confesó con una voz plana. Sorcha lo miró, sorprendida, y tuvo que recordar que en el mundo de él las manos se usaban para trabajar y no para escribir. Se sentó sobre la hierba, al pie de la cruz, con el viento tirándole del pelo. Rompió el hilo. Alisó el pergamino sobre las rodillas.

Era una letra clerical, apretada, de escriba. Un monje la había copiado al dictado.

—«A mis hijos Murchadh y Eachann —leyó ella—.

Si os llega esto, es que no he podido dároslo en vida.

Os pido que no me guardéis rencor por las deudas que os dejo.

Wouter me ha enseñado que un hombre puede ser pobre de dinero, pero no puede serlo de nombre.

Os dejo el nombre. Es lo único que vale la pena heredar».

Se detuvo. La voz le había temblado. Murdo seguía de pie, inmóvil, mirando a un punto del paisaje.

—«El rojo no es mío. Lo aprendí de mi madre, que lo aprendió de la suya, y nadie lo inventó porque nadie lo inventa: se hace bien o se hace mal.

No lo vendáis a quien os lo pida con dulzura.

Y no os escondáis dentro de un color. Hay hombres que se pasan la vida tiñendo para no ser vistos.

Es el peor oficio». —Hizo una pausa—. «Murchadh: tú eres el que sabe esperar.

No esperes demasiado. Eachann: tú eres el que sabe reír.

No dejes de hacerlo. Vuestro padre, Gille-Brìghde».

Silencio. El viento. El pergamino crujió bajo sus dedos.

Murdo se sentó sobre la hierba, a un paso. Despacio. Se sentó como si cada hueso le pesara el doble. Miró sus manos, azules, vendadas, con el pergamino colgando de ellas.

—No esperes demasiado —repitió, con una risa breve, rota—. Qué hombre.

—Lo escribió hace diez años.

—Lo escribió antes de saber lo que iba a hacerme esperar.

Sorcha dejó el pergamino sobre la hierba. Se giró hacia él.

—Murdo.

—Dime.

—Tengo que decirte unas cuantas cosas. Y tengo muy pocas palabras. Las he ahorrado toda la vida. —Respiró—. Voy a gastarlas todas ahora.

Él alzó la vista.

—No eres una carga. No eres una mancha. No eres un peligro del que haya que protegerme.

—Le temblaba la voz, pero siguió—. Me besaste en el molino.

O yo te besé. Daba igual. Fue lo mejor que me ha pasado en veinticuatro años.

Y al día siguiente te fuiste a dormir fuera, sin decir nada, como si yo fuera un fardo que se deja a la intemperie. Eso no me lo hagas.

—Sorcha…

—Hago un trato. —Levantó un dedo—. Tú me dices la verdad.

Si no puedes decirla, te callas. Pero no me mientes.

Y no decides por mí. Si hay algo que no me quieres contar, me lo dices: «no te lo cuento».

Y lo respeto. Eso sí puedo respetarlo. Lo que no puedo respetar es que me cierres la puerta y me hagas adivinar qué hay detrás.

Murdo la miró con ojos enormes. Un largo momento. La carta de Tam le quemaba en el bolsillo del pecho, y Sorcha vio cómo algo cruzaba por su rostro, algo que se movió y se ocultó, como un pez en agua turbia.

—Hay una cosa que no puedo contarte hoy —murmuró.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por decírmelo.

Él soltó el aire. Parecía a punto de echarse a llorar o a reír, y no decidirse por ninguna.

—Acepto —dijo al fin—. La verdad, o el silencio. Nunca la mentira.

—Nunca.

—Y tú…

—Yo, a cambio, hablaré más. —Intentó una sonrisa—. Será insoportable.

—Será un milagro.

Sorcha se inclinó y lo besó, esta vez sin sobresalto. Un beso corto, firme, con el sabor del viento y de la lana. Murdo le sostuvo la cara con la mano azul, con una delicadeza que le dolió en el pecho.

—Tú —murmuró— eres la cosa más extraña que me ha pasado.

—Soy tejedora.

—Es lo mismo.

—Sí.

El sol se hundía tras las colinas con una luz rojiza, de esas que a Murdo le habrían servido de modelo. Abajo, entre los brezos, Cailean y Catriona fingían con muy poca fortuna una conversación sobre el tiempo.

—Va a llover —decía Cailean.

—No va a llover.

—Siempre llueve.

—Hoy no.

—Es una opinión.

Sorcha apoyó la cabeza en el hombro de Murdo. Por primera vez en un año y medio notó que no le hacía falta decir nada más.