TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 14. El hombre que se aparta
76%

Capítulo 14. El hombre que se aparta

Quien decide por otro lo que puede soportar rara vez lo hace por piedad: casi siempre lo hace por miedo.

Murdo durmió fuera del molino.

Nadie le preguntó por qué. Catriona, que tenía una cabeza demasiado seria para esos asuntos, se limitó a levantar una ceja cuando lo vio extender la manta bajo el alero, junto a la rueda podrida, con el cielo todavía chorreando.

Cailean empezó a decir algo, vio la cara de ella y se calló con una resignación tan dolida que casi parecía un acto de fe. Sorcha, en cambio, no dijo nada.

Y su manera de no decir nada fue lo peor.

Se quedó de pie en el umbral, con el hatillo contra el pecho, mirándolo extender la manta.

Después entró y se echó junto al fuego, de espaldas a la puerta, con una dignidad tan perfecta que dolía.

Murdo estuvo una hora mirando el techo del alero, escuchando la lluvia, con la frase «no figuraba en el mapa» dándole vueltas en la cabeza como una polilla en torno a una vela.

No debería haberlo dicho. No debería haber dicho nada.

Se había prometido que no la tocaría. Se lo había prometido en el Bealach, y en Gleann Gorm, y bajo la roca del arroyo, cuando la tuvo apretada contra el pecho esperando que el perro se fuera.

Una promesa fácil de hacer. Un hombre con las manos azules y una deuda que no era suya, perseguido por un flamenco que contaba monedas con los dedos, no tiene derecho a besar a una mujer que sabe tejer rojos como los de su padre.

Y la había besado. O ella a él. Daba igual. Era un hecho, y los hechos pesaban.

Se levantó antes del amanecer, mojado de rocío, y fue hasta el arroyo a cargar el odre.

—Tienes cara de haberte tragado una piedra.

Catriona estaba sentada en una roca, con una rodilla recogida y la tablilla sobre el muslo, afilando una púa con un pedernal. No lo miraba. Hablaba a la tablilla.

—No he dormido.

—Eso se ve. —Sopló sobre la madera—. Me ha dicho Cailean que anoche, desde fuera del molino, no oyó absolutamente nada.

—Es un hombre de gran discreción.

—Es un charlatán de primera categoría. Pero esta vez ha hecho un esfuerzo.

Murdo se agachó junto al agua. Hundió el odre. Se miró, de reojo, la mano envuelta en lana gris, y cambió de tema con torpeza.

—¿Hemos perdido a los perseguidores?

—De momento. Hay huellas de dos caballos a media legua al norte, tomando la dirección contraria. Han creído lo del cebo. —Catriona dejó por fin la púa—. Murdo. Siéntate.

—Estoy bien así.

—Siéntate.

Se sentó. En una piedra a un paso de la suya, con el odre goteando entre las rodillas.

—Voy a decirte una cosa —continuó Catriona, y su voz no tenía filo, sino algo más difícil de esquivar—.

No me importa si me haces caso. Me importa que lo oigas.

—Alzó la vista. Unos ojos fijos, muy claros—.

He visto a muchos hombres decidir lo que una mujer puede soportar.

Siempre lo hacen con la mejor intención. Siempre se equivocan.

—No es lo mismo.

—Siempre es lo mismo. —Se encogió de hombros—. Tú has decidido que Sorcha no puede aguantar a Wouter, a Ansel, al sheriff y a tu pasado. Has decidido que va a romperse. ¿Has mirado cómo teje?

Murdo no contestó.

—Esa mujer ha pasado un año y medio en una fortaleza llena de gente, sin decir una palabra que no necesitara decir, y se ha enterado de todo.

Es la que descifró tu cinta. La que descubrió a Hamo.

La que cosió tu costado sin que le temblara la mano.

—Hizo una pausa—. Yo la dejaría decidir lo que puede aguantar. A mí me parece que más que tú.

—Si le pasa algo…

—Le pasará. Es la vida. Le pasará contigo o sin ti. La diferencia es si lo afronta sola o acompañada. —Se puso en pie, sacudiéndose la falda—. No es consejo. Es una observación de rastreadora. Los caminos que se evitan dejan más huellas que los que se andan.

Se alejó hacia el campamento, con la tablilla bajo el brazo, sin volver la cabeza.

Murdo se quedó un largo rato mirando el agua. Una hoja amarilla giró en un remolino, se detuvo, y la corriente se la llevó.

• • •

A media mañana, a una legua del molino, el camino se cruzaba con otro más estrecho, un sendero de ganado que subía hacia el collado. En el cruce, sentado sobre una piedra, con tres sombreros colgando de la correa y un fardo enorme a los pies, descansaba un hombre cojo.

Murdo lo vio de lejos. Se le aflojó algo en el pecho y se le apretó otra cosa.

—Voy a mear —anunció a Catriona, que lo miró sin creerlo.

—Hazlo a tiempo.

Se apartó del camino. Rodeó una peña, bajó por la ladera, y salió al sendero por detrás.

—Tam.

—Murchadh —suspiró el buhonero, sin levantarse—. Sabía que vendrías. Llevo desde ayer sentado aquí, con las piernas muertas, en el sitio donde cualquier perro de Wouter me vería. Tengo la esperanza de que me tomen por un hombre sin importancia.

—Eres un hombre sin importancia.

—Gracias. Me haces mucho bien.

Murdo metió la mano en el justillo. Sacó un trozo de pergamino plegado en cuatro, sellado con cera negra y atado con un hilo azul.

Lo había escrito la noche del molino, a la luz de un cabo de vela, con la mano temblorosa, y lo había guardado junto al pecho con la manera apresurada con la que se esconde una vergüenza.

—Esto —dijo— es para el sheriff de Perth. Sir Eustace de Fothriff. A sus manos. Solo si yo no he vuelto a Dùn Dorcha el diez de noviembre.

Tam miró el pergamino sin cogerlo.

—Murchadh…

—Es lo que te pido.

—¿Qué dice?

—Lo que hace falta.

—Dime qué dice.

—Que me entrego. Que el siervo fugado pone fin a todo este asunto. Que Torquil no debe nada, y el clan MacRannoch tampoco. —Murdo apretó los dientes—. Que si Wouter quiere un tintorero, ya lo tiene.

El buhonero se quedó callado. Después, muy despacio, se quitó uno de los sombreros y lo estrujó entre las manos.

—Esto es una locura.

—Es una cuenta.

—Es una locura con números. Peor. —Tam lo miró con una tristeza fatigada—. ¿Y ella? ¿La tejedora?

—Ella no lo sabe.

—Pues tiene que saberlo.

—No. —Murdo cerró los dedos de Tam sobre la carta—. Si lo sabe, me para. Y si me para, no me voy.

Tam suspiró, hondo, como quien carga con un peso que ya le pertenece. Guardó el pergamino en una bolsa interior, entre un peine de cuerno y un puñado de agujas.

—Lo llevaré —murmuró—. Pero que conste que no estoy de acuerdo.

—Constará.

—Y que si no vuelves el diez, la lleve yo o no, ella va a venir a buscarte.

Murdo no respondió. Dio media vuelta y subió por la ladera, y mientras trepaba entre las peñas notó, bajo el justillo, algo muy ligero y muy blanco, una hebra de lana que llevaba allí desde el aprisco, y que a cada paso le quemaba el pecho como si fuera de hierro.