TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 13. Primer beso
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Capítulo 13. Primer beso

Los molinos rotos guardan mejor los secretos que cualquier cofre, porque nadie se acuerda de ellos.

Llegaron a Allt Odhar bajo una lluvia que parecía tener asuntos personales con cada uno de ellos.

Era una lluvia horizontal, fría, de gota gorda, que entraba por el cuello y salía por las botas, y que había empezado a media mañana con una indecisión coqueta y se había convertido, a mediodía, en una forma de vida.

Mala Hierba tiraba de la carreta con las orejas pegadas y una desolación casi poética.

Cailean, al pescante, cantaba una balada triste, para solidarizarse con ella.

Catriona caminaba delante con la capucha calada hasta la nariz y la tablilla guardada bajo el manto, y se detuvo de pronto en lo alto de un otero.

—Ahí.

Abajo, al pie de un barranco en el que el arroyo hacía una curva, se alzaba una masa de piedra gris cubierta de hiedra.

Un molino. Su techo se había hundido en un lado y dejaba ver las vigas ennegrecidas como las costillas de una ballena.

La rueda, de madera podrida, colgaba a medio caer sobre el cauce, con las palas rotas y un nido de pájaros en el eje.

—No parece que nadie la haya tocado en veinte años —observó Cailean.

—Perfecto —dijo Murdo, y se frotó el costado con una mueca que intentó disimular.

Sorcha lo vio. Llevaba un día entero vigilándolo con el rabillo del ojo, como se vigila un puchero que no se quiere que hierva. La herida cicatrizaba bien, la fiebre no había vuelto, pero cada vez que él se inclinaba o subía una cuesta, un tirón seco le cruzaba la cara.

—Tú te quedas dentro —ordenó.

—Puedo…

—Te quedas. Yo busco.

Esta vez no discutió. Eso la inquietó más que cualquier réplica.

• • •

Catriona y Cailean se quedaron fuera a descargar y a ocuparse de la yegua. «Y a mirar el camino», precisó Catriona, y se alejó con la vista fija en la ladera. Sorcha y Murdo entraron solos.

El interior olía a humedad y a harina enmohecida.

Un único rayo de luz gris, filtrado por el agujero del techo, caía sobre el piso de losas y dibujaba un círculo pálido donde la lluvia goteaba sin pausa.

En el centro, la gran piedra de moler, partida en dos.

Al fondo, los restos de la tolva y del eje.

Todo cubierto de telarañas como un tapiz olvidado.

—El gris es piedra mojada —murmuró Sorcha, desplegando la cinta bajo la luz—. Y aquí hay un hilo de hierro, entrelazado. Rueda.

—El eje —dijo Murdo.

—Sí.

Se acercaron al eje de la rueda, un tronco enorme y renegrido que atravesaba el muro.

Lo palpó Sorcha, centímetro a centímetro, con la punta de los dedos, sin hacer caso de las arañas.

Madera blanda. Madera dura. Un nudo. Una grieta.

Y por debajo, a la altura de las caderas, un hueco que no era grieta: una cavidad lisa, cuadrada, tapada con un tarugo de roble.

—Aquí.

Murdo se agachó a su lado. El tarugo salió con un chasquido seco. Dentro había un cilindro de cuero atado con crin. Ella lo sacó, lo abrió, y le cayó en la palma una vara.

No era una vara cualquiera. Era una rama de avellano de un palmo y medio de largo, partida longitudinalmente por la mitad, con la superficie cubierta de muescas. Unas anchas, otras finas, algunas con cruces. Sorcha pasó el pulgar por las marcas.

—Una tarja —murmuró—. De cuenta.

—La mitad de mi padre —explicó Murdo—. Cuando se hace un préstamo se parte una vara en dos y se graban en las dos mitades las mismas muescas. Una la guarda el acreedor, otra el deudor. Cuando se paga la deuda se unen las dos y encajan. Si faltan muescas, alguien ha hecho trampa.

—¿Y esta…?

—Cada muesca ancha son diez marcas. Cada fina, una. —Contó con el dedo azul—. Sesenta y cuatro. Lo que mi padre pagó a Wouter. En tres años, de dos en dos y de cinco en cinco. Todo anotado, todo pagado.

—Y Wouter guarda la otra mitad.

—Si no la ha quemado.

—No la ha quemado. —Sorcha levantó los ojos—. Un hombre que esconde un recibo bajo una losa no destruye una prueba que puede volver a servirle. La habrá guardado con el recibo, donde pueda controlarla.

Murdo no contestó. La miraba como se mira un horizonte que acaba de aclararse.

La lluvia golpeaba el techo con furia. En el rincón, una gota caía con un ritmo exacto sobre una losa hueca, tic, tic, tic. Fuera se oía la voz de Cailean, muy lejana, recitando algo en gaélico a la yegua.

—Sorcha —dijo Murdo en voz baja.

—¿Qué?

—He pensado… —Se pasó una mano azul por la nuca. Le temblaba un poco—. Cuando todo esto acabe, si salgo vivo, no quiero…

—No.

—Ni siquiera sabes…

—Sé lo que ibas a decir. —Se levantó, con la tarja entre las manos—. Ibas a decirme que no quieres arrastrarme. Que Wouter me hará daño. Que lo mejor es que me aparte. —Dio un paso hacia él—. Llevo catorce meses con una cinta bajo el vestido. No voy a apartarme porque tú tengas una idea.

—No es una idea. Es la verdad.

—Es una idea. Una buena idea para un hombre que huye. —Otro paso—. Yo no huyo. Tejo.

Estaban muy cerca. Ella notaba el calor de su cuerpo a través de la lana mojada, el olor a humo y a glasto y a algo suyo, a madera recién cortada. Había dejado la tarja sobre el eje. Tenía las manos libres y no sabía qué hacer con ellas.

—Sorcha —repitió él, ahora casi en un susurro.

Y ella, que llevaba un año y medio midiendo las palabras como se mide el hilo, que había aprendido que el silencio era un escudo y también una cárcel, dejó de calcular.

Levantó las manos. Se las puso en la cara, a ambos lados, sintiendo la mandíbula áspera de tres días sin afeitar, y se puso de puntillas.

Lo besó.

Fue un beso torpe. Corto, tenso, con la nariz algo ladeada y un temblor en los labios que no sabía de quién era.

Murdo se quedó rígido un instante, como un hombre al que se le cae el suelo.

Después soltó el aire en un suspiro largo, ronco, y le rodeó la cintura con las manos, con las dos, las azules, apretando el vestido húmedo con una torpeza reverente. La atrajo hacia sí. El beso cambió.

Se volvió lento. Profundo. El de alguien que ha esperado demasiado y quiere hacer cada cosa bien.

Sorcha notó que se le doblaban las rodillas, y que él la sostenía con una firmeza tierna, y que en alguna parte, por encima de su cabeza, el techo seguía goteando sobre la losa hueca, tic, tic, tic, como un reloj que había olvidado que el tiempo existía.

Cuando se separaron, ninguno abrió los ojos enseguida.

—Eso —murmuró Murdo, con la frente apoyada en la suya— no figuraba en el mapa.

—Era una franja que no habías tejido.

—No.

—Pues la he tejido yo.

Él se rio. Una risa baja, entrecortada, casi sorprendida, que le sacudió el pecho contra el suyo. Sorcha sonrió contra su hombro, escondiendo la cara en la lana, y supo con una claridad absurda que acababa de hacer la cosa más valiente de su vida y que la había hecho sin decir una palabra.

Un golpe seco sonó en la puerta del molino.

—¿Hay alguien en casa? —gritó Cailean desde fuera, con una voz muy alta y muy artificial—. ¡Parece que no se oye nada ahí dentro! ¡Qué raro! ¡Con esta lluvia, nadie oye nada!

—Cailean —advirtió la voz de Catriona.

—¡Yo no oigo nada, de verdad! ¡Estoy completamente sordo! ¡Desde siempre!

—Cállate.

—Me callo.

Sorcha escondió la cara en el pecho de Murdo, con los hombros temblando de una risa muda, y notó que él le apoyaba la barbilla en la cabeza y que también temblaba.