TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 12. La espalda
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Capítulo 12. La espalda

Las cicatrices son el único idioma que un hombre habla sin querer.

Murdo soñó con una tina.

No era la de su padre, de madera clara, con olor a corteza y a mañana limpia.

Era la otra. La de cobre ennegrecido, en el taller de Perth, con el vapor subiendo en columnas y el hedor dulce de la orina caliente pegándose a la garganta.

Dentro, un caldo rojo. Y un muchacho de dieciséis años inclinado sobre el borde, con los ojos muy abiertos y una sonrisa de despiste, tosiendo.

—Eachann —quiso decir.

No le salió nada. La tina se le cerraba encima. Alguien le ponía una mano fría sobre la frente, y la mano olía a lana, y entre el vapor y la fiebre una voz muy baja le hablaba en gaélico de montaña, con acento de otra parte.

—Quieto. Ya está. Quieto, tontaina.

Abrió los ojos.

Un techo bajo de piedra seca, cubierto de turba, goteando.

Un fuego pequeño en un hogar bajo. Una luz pálida de media tarde que entraba por la puerta sin batiente.

Y, muy cerca, con la cara a un palmo de la suya y los ojos oscuros llenos de una determinación terca, Sorcha MacKerron escurría un trapo en un cuenco.

—Estás despierto —constató.

—¿Dónde…?

—Un refugio de pastores. Medio caído. Te arrastré hasta aquí. —Hizo una pausa—. Bueno. Te arrastré media legua y luego te despertaste lo bastante para andar con los pies. No me acuerdo de la parte del medio.

—¿Cuánto…?

—Un día y una noche. Ahora es la tarde del veintiuno.

Murdo intentó incorporarse. Un dolor agudo le recorrió el costado y se le cortó el aliento. Ella le puso la mano en el pecho, sin apretar, y él volvió a caer sobre la manta.

—Tenías una herida de cuatro dedos. Limpia, pero sucia. Estaba hinchada, morada. La lavé con agua hervida y con el aguardiente que Catriona metió en el hatillo, que es una mujer que piensa en todo. Y la cosí.

—¿Tú?

—He cosido cosas más difíciles. —Lo dijo con una sequedad absoluta—. Un puño de camisa, por ejemplo. Una cortina entera. Esto era más fácil. La piel no se deshilacha.

Algo se movió en el pecho de Murdo, entre el dolor y la fiebre, algo que no era ninguna de las dos cosas. Miró hacia abajo. Le habían quitado la camisa. Una venda de lana limpia, apretada con un nudo doble de tejedora, le rodeaba el torso.

Y entendió, de golpe, lo que significaba que le hubieran quitado la camisa.

—Sorcha —musitó.

—Quieto.

—Sorcha, la espalda…

—Ya la he visto.

Cerró los ojos. Una sensación helada, antigua, de vergüenza, le subió desde el estómago.

Había pasado doce años ocultándola. Había aprendido a dormir de lado, a cambiarse de espaldas, a bañarse solo en arroyos de madrugada.

Nadie la había visto en diez años salvo Beathag, que tenía ochenta años y no se escandalizaba por nada, y Eachann, que ya no estaba.

—Lo siento —murmuró.

—¿Qué sientes?

—Que lo hayas tenido que ver.

Hubo un silencio largo. Fuera, el viento arrancó un quejido de una grieta del muro. Dentro, el fuego crepitó.

—Date la vuelta —pidió Sorcha.

—¿Qué?

—Date la vuelta. Despacio. Sin tirar de la costura.

—No.

—Murdo.

—No quiero que me mires con pena.

—No tengo pena. —Había en su voz algo firme, casi áspero—. Tengo trabajo. Date la vuelta.

Lo hizo. Lentamente, con los dientes apretados, rodó sobre sí mismo hasta quedar boca abajo sobre la manta, con la mejilla apoyada en el antebrazo. La luz caía sobre su espalda desnuda. Lo supo por el silencio de ella. Por la manera en que dejó de respirar un instante, y volvió a hacerlo despacio.

Eran muchas. Cruzadas, hundidas, de distinto tiempo. Líneas blancas y líneas moradas, superpuestas como los hilos de una trama mal tejida. Las primeras, de hacía doce años. Las últimas, de la noche en que escapó.

No dijo nada. Esperó.

Notó el primer roce con un sobresalto. Una mano pequeña, tibia, descansando con la palma abierta en el centro de su espalda. No recorría las marcas. No las acariciaba. Solo se quedó allí, apoyada, quieta, como se apoya una mano sobre un animal asustado.

—¿Quién? —preguntó ella en un hilo de voz.

—Rik.

—¿Por qué?

—Diez azotes por cada mordiente que se estropeaba. —Su voz salió ronca, apagada—. Yo nunca los estropeaba. Pero los de Eachann sí. Era pequeño. Se mareaba con el vapor. —Tragó—. Si yo pedía que me los dieran a mí, el capataz se reía y los repartía entre los dos.

La mano de Sorcha no se movió. Pero el calor de la palma creció contra su piel, o él lo imaginó, o ambas cosas.

—Mi hermano tiene cicatrices —murmuró ella, después de un rato—. Mi cuñado tiene cicatrices. Conozco lo que queda de un hombre que se levanta. No me asusta. Lo que me asusta —Se interrumpió. Retomó la frase con otra voz— es que hayas creído que tenía que asustarme.

Murdo hundió el rostro en el brazo. El peso de los últimos catorce meses, de los últimos doce años, le cayó encima de una vez.

No lloró. No sabía cómo. Se quedó allí, con la respiración rota y una mano cálida en el centro de la espalda, sintiendo cómo algo muy antiguo y muy duro, algo que llevaba dentro como un clavo, se aflojaba un cuarto de vuelta.

—No debería dejarte —murmuró.

—¿Dejarme qué?

—Ver esto. Cuidarme. —Se volvió un poco, lo justo para mirarla de reojo—. Wouter te quiere a ti ahora. Sabe del rojo. Cuanto más cerca de mí estés, más cerca estarás de él.

—Ya estoy cerca de él.

—Sorcha…

—Duérmete.

—No…

—Duérmete. Es una orden de la que sabe coser.

Él quiso replicar y no pudo. La fiebre, que había cedido un poco, volvía a envolverlo con suavidad. Antes de hundirse otra vez, sintió que ella le subía la manta hasta los hombros con un gesto lento, minucioso, y que se sentaba a su lado, junto al fuego, con la espalda apoyada en el muro.

Pensó que debería decirle algo. No supo qué.

• • •

Despertó con la luz del alba. Una luz gris y fría que entraba por el hueco de la puerta con olor a lluvia próxima. La fiebre se había ido. Lo supo antes de abrir los ojos: la cabeza estaba clara, la lengua seca, el costado doloroso pero limpio.

Algo le pesaba sobre la rodilla.

Bajó la vista. Sorcha se había quedado dormida sentada en el suelo, con la espalda contra el muro y la cabeza caída de lado, sobre su pierna, con el cabello rubio rojizo desparramado sobre la manta como una madeja suelta. Respiraba despacio. En una mano, apretado, aún tenía el trapo.

Murdo no se movió. Estuvo un buen rato sin moverse, mirándola, con una sensación enorme y tranquila, como el instante entre la tina y el aire, cuando el paño verde está a punto de volverse azul.

—Buenos días —dijo una voz seca desde la puerta.

Era Catriona, con la capucha chorreando y la tablilla de boj bajo el brazo, apoyada en el marco con la expresión de alguien que lleva rato observando. A su espalda, el hocico de una yegua enorme y furiosa asomaba bajo el dintel.

—No quiero interrumpir —añadió Catriona—. Os doy un cuarto de hora. Luego tendremos que hablar de caminos.

—Catriona…

—Cailean está muy ocupado haciendo como que no ha visto nada —prosiguió—. Lleva diez minutos mirando fijamente un liquen.