TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 11. El paño del que nos sigue
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Capítulo 11. El paño del que nos sigue

Una tela miente menos que una cara, siempre que se sepa leer.

Salieron de la garganta al amanecer, con la ropa tiesa de escarcha y los dientes castañeteando.

Sorcha caminaba delante. Murdo, detrás, a media zancada, con la mano izquierda metida bajo la manta como quien lleva un secreto en el costado y la derecha envuelta en su venda gris, ya manchada de un azul oscuro que le había subido hasta el codo.

Lo vigilaba sin volverse. Había aprendido a hacerlo de joven, con los telares: se puede saber si un hilo va a romperse por el sonido que hace al tensarse, antes de verlo. El paso de Murdo hacía un ruido distinto. Un arrastre breve del pie izquierdo, un resuello demasiado largo.

—Estás pálido —dijo sin mirarlo.

—Siempre estoy pálido.

—Estás pálido de otra manera.

—Es el frío.

—Tu cara miente peor que un tejido de segunda.

Él soltó un bufido que casi fue risa.

—Eso es nuevo.

—Es verdad.

Subieron por una ladera de brezo hacia una collada, y desde arriba vieron cómo el valle se abría en un abanico de pardos y verdes oscuros, con un río pequeño y retorcido en el fondo.

A su espalda, la garganta que habían dejado.

Frente a ellos, a media legua, el camino que habían seguido los jinetes, un surco claro entre la turba.

—Catriona llegará al molino antes que nosotros —comentó él, para llenar el silencio—. Es de las que llegan antes que su sombra.

—Y Cailean la seguirá.

—Cailean llegará cuando la yegua se lo permita.

Sorcha sonrió sin volverse. A lo lejos, un cuervo cruzó el valle con un graznido de queja.

Fue Sorcha quien se paró a mitad de la bajada.

—Espera.

—¿Qué?

—Ahí.

Entre dos matas de espino negro que flanqueaban el sendero, donde las ramas se cerraban casi hasta rozar el suelo, había algo que no pertenecía al paisaje.

Un jirón. Una lengua de tela, del largo de una mano, prendida en una espina como una bandera pequeña.

Gris por fuera. Y, por la parte de dentro, donde el viento había dado la vuelta al borde, un rojo vivo.

Sorcha se acercó con cuidado. Lo desprendió de la espina sin romperlo más. Lo puso sobre la palma extendida y lo miró a la luz fría de la mañana, con la cabeza inclinada.

—¿Qué es? —preguntó Murdo, a su lado.

—Un manto. El del que nos seguía.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque ayer lo vi. —Pasó el pulgar por la cara exterior—.

Esto es sarga. Dos por uno, en diagonal.

Hilo de Flandes, fino, con treinta y seis hilos por pulgada.

No es lana de aquí. No es lana de Escocia.

Es lana inglesa lavada en Gante y tejida en Brujas o en Ypres.

Y después, tundida. —Acercó la tela a su mejilla y notó el pelo corto, aterciopelado—.

Muy parejo. Muy bien hecho. Es la mano de un maestro.

—Un tundidor.

—Sí. —Dio la vuelta al jirón—. Y aquí…

Señaló el borde tejido, el orillo, una cinta estrecha de la propia tela con un par de hilos de color. Dos hilos amarillos, juntos, en medio de uno gris.

—Dos amarillos —dijo Murdo, y la voz le cambió—. Es la marca de la casa de Wouter. La usa en cada pieza que sale de su taller.

—Entonces es suyo. De la casa. No un contratado: es alguien que come de ese plato. —Sorcha frunció el ceño—. ¿Quién?

—Rik —respondió Murdo, con un gesto de asco—. Rik van Aelst. El capataz. Un tipo seco, alto, con un ojo medio cerrado por una quemadura de lejía. Cuando yo trabajaba allí, él era el que contaba los fardos y decidía quién no comía. Si ha venido él, Wouter va en serio.

Sorcha asintió despacio. Pero no había terminado. Sostuvo el pedazo contra la luz, giró el forro rojo hacia sí y lo acarició con la yema del dedo, igual que se acaricia la frente de alguien para saber si tiene fiebre.

—Murdo —dijo—. ¿Tienes yesca?

—Siempre.

—Quiero hacer una cosa. Pero necesito fuego.

• • •

No encendieron mucho. Una hoguera enana, en el hueco que formaban dos peñas, con cuatro ramas secas de espino y un puñado de hierba.

Cuando las brasas se pusieron blancas, Sorcha recogió un puñado de ceniza fina y la echó sobre una piedra plana.

Escupió encima, con una naturalidad que escandalizaría a cualquiera de las damas con las que había crecido, y amasó una pasta gris con el dedo.

—Lejía de pobre —explicó—. Mi abuela la hacía así. Ceniza de haya, saliva y paciencia.

—Es muy débil.

—Es suficiente.

—¿Tu abuela lo hacía todo con saliva?

—Todo. Decía que era el único producto que no subía de precio.

Extendió el jirón sobre la piedra con el forro rojo hacia arriba. Con la punta de un dedo, aplicó un poco de pasta sobre el color. Después otra pizca. Luego frotó, con suavidad, en círculo, como se frota la mancha de una manga.

Los dos se inclinaron sobre la piedra.

Al principio no ocurrió nada. Después, una sombra rosada afloró bajo la yema de su dedo.

Una nube, leve, que se fue ensanchando por la tela como una gota de vino en agua.

El rojo vivo perdía fuerza donde ella frotaba.

Quedaba un rosa pálido, desvaído, una huella de color que se escapaba en una dirección y se extendía por la lana sin agarrarse.

—Se va —murmuró Murdo.

—Se va con la ceniza de un fuego de campo —confirmó Sorcha—. Y esto es el rojo del rey. El «escarlata» de Wouter, el que ha vendido a medio reino. —Alzó los ojos—. Imagina lo que haría una lejía de verdad.

Murdo no contestó. Se había quedado con la vista fija en el rosa que se difuminaba en la piedra, y en su rostro había algo que ella no había visto antes, una expresión tan despojada que le dolió mirarla.

Era la cara de un hombre que lleva diez años sabiendo una cosa y que, de pronto, la ve demostrada por alguien con unas manos pequeñas y un poco de ceniza.

—Lo tienes —dijo con voz ronca—. La primera prueba. Con esto…

—No es una prueba. Es un retal robado a un hombre que no sé si ha comprado el manto. Para el sheriff hace falta más. Mucho más. —Sorcha se limpió el dedo en la falda—. Pero ahora sabemos qué buscar. Y cómo hacerlo delante de quien haga falta.

—Sorcha.

—¿Qué?

—Nunca nadie —empezó él, y se detuvo.

Ella esperó. Era lo único que sabía hacer. Murdo se tocó la frente con el dorso de la mano vendada, y entonces ella vio que le brillaba. El sudor. Una película fina, febril, que no tenía nada que ver con la ceniza ni con el fuego.

—Murdo.

—Estoy bien.

—Estás ardiendo.

—Es el fuego.

—Estás a tres pasos del fuego.

Él abrió la boca para replicar. No le salió nada. Dio un paso, uno solo, hacia la roca más cercana, con la intención evidente de apoyarse en ella con una dignidad impecable. Pero la roca estaba más lejos de lo que su cuerpo había calculado. Se le doblaron las rodillas con una lentitud casi cortés.

Sorcha dejó caer el jirón y se lanzó a sujetarlo, y el cuerpo de él, mucho más pesado de lo que parecía, le cayó entero en los brazos, con la cabeza contra su hombro y una respiración corta, rápida, que le quemaba el cuello.

—No es nada —murmuró Murdo, todavía, antes de perder el sentido.