Capítulo 10. Un arroyo que habla
El agua no guarda secretos: se limita a llevarlos más lejos.
El perro los encontró al segundo día de camino.
Murdo lo supo por el ladrido. Lo oyó antes que nadie, a media tarde, cuando la carreta subía una cuesta de brezo hacia la cabecera del valle, y lo reconoció del mismo modo que se reconoce una voz que ha dado órdenes durante diez años.
Un ladrido grave, regular, profesional. Perros de rastro de Perth.
Los criaba Ansel en las traseras de la tintorería y los alimentaba con restos de curtido, para que no perdieran nunca el olor a cuero.
—Catriona —llamó, saliendo del hueco entre las balas.
—Lo he oído.
—Son tres jinetes y un perro. Uno de ellos es el del manto gris.
—No es Ansel.
—No. Ansel no corre. Ansel espera. —Murdo se pasó las manos por la cara—. Pero este perro es suyo, y lo seguirá hasta el infierno, y mis manos tiñen todo lo que tocan. Incluida el agua.
Catriona no se alteró. Alzó la vista hacia la loma, midió la distancia, contó con los labios algo que Murdo no oyó.
—Cailean —ordenó.
—Dime.
—Tú y yo nos llevamos la carreta. Seguimos el camino real hasta la cruz de Glen Orrin. Con la yegua y el paño. Que nos sigan.
—Seré un cebo —dijo Cailean con una dignidad profunda—. Siempre quise ser un cebo.
—Eres el mejor que tengo.
—Gracias. Es un honor. ¿Y ellos?
—Ellos van a pie, por el arroyo.
Todos miraron el arroyo. Un tajo estrecho entre dos paredes de roca, de agua negra y fría, que bajaba haciendo ruido hacia el este.
—¿Por el agua? —preguntó Sorcha.
—Es la única manera de que el perro pierda el rastro. —Catriona la miró con una seriedad nueva—. Sois dos y no os pueden separar. Murdo conoce a esos hombres. Tú conoces la tela. Si os pillan, os pillan juntos.
—Estaremos en el molino roto al anochecer del día siguiente —añadió Murdo.
—Sabemos dónde es. —Catriona le tendió un hatillo con pan y un odre de agua—. Y Murdo.
—¿Qué?
—Si le pasa algo, te mato yo antes de que llegues a Perth.
Lo dijo con tono tan tranquilo que casi sonó a bendición.
• • •
El arroyo estaba helado.
No frío: helado, de los que muerden hasta el hueso, con un fondo de piedras redondas y resbaladizas y un agua tan negra que no se veía dónde acababa el suelo.
Murdo se metió primero, con el hatillo sobre la cabeza, y notó cómo el frío le subía por las piernas como un animal.
Tendió una mano a Sorcha. Ella la cogió sin dudar. Entró.
Contuvo un jadeo. Se agarró a su brazo.
—No pares —murmuró él—. Si paras, se te entumecen los pies.
—No voy a parar.
—Eso decía yo.
Avanzaron en silencio. Doscientos pasos. Trescientos. El ladrido del perro se oía ahora más cerca y más claro, rebotando entre las paredes de roca. Una voz de hombre gritó algo en flamenco. Otra le respondió.
Fue entonces cuando Sorcha se detuvo.
—Murdo.
—¿Qué?
—Mira el agua.
Miró. Y se le heló algo más hondo que los pies.
De sus manos, hundidas hasta la muñeca en la corriente, salía un hilillo azul.
Fino. Nítido. Una lengua de color que se deslizaba río abajo, siguiendo la dirección del cauce, como un trazo de pluma sobre papel.
Doscientos pasos de arroyo teñidos de índigo.
Un camino pintado para quien supiera mirar.
—Maldita sea —murmuró.
—No te muevas.
—Si me muevo…
—No te muevas.
Sorcha se arremangó la falda hasta las rodillas, sin vergüenza, tomó el dobladillo con las dos manos y tiró. El paño de lana gris cedió con un rasgón seco. Rompió una tira ancha, otra, una tercera. Murdo la miraba como si ella acabara de ponerse a hablar en latín.
—Dame las manos.
—Sorcha, el…
—Las manos.
Se las dio. Ella envolvió cada una en capas de lana gris, apretadas, hasta la muñeca, y ató los cabos con un nudo doble de tejedora, de los que no se sueltan con el agua.
Sus dedos, ya entumecidos, se movían con la velocidad de quien ha hecho esos nudos mil veces.
Murdo sintió la presión, el calor tenue de las vendas húmedas.
—La lana empapa el tinte —murmuró ella sin levantar la vista—. Lo retiene. No lo suelta hasta que se seque. Un día, quizá dos. Tengo que cambiarlas.
—Es un buen truco.
—Es lana. —Apretó el último nudo—. Es lo único que sé hacer.
Murdo la miró. Una mujer pequeña, de pelo húmedo pegado a las sienes, con la falda hecha jirones hasta la rodilla y los labios azules de frío, que había improvisado un remedio a un problema que nadie había previsto en lo que tardaba en dar un paso.
—Eso no es lo único que sabes hacer —dijo.
Ella alzó los ojos. Se quedaron así un instante. Después, algo cercano, un ladrido, un chapoteo, los devolvió a la realidad.
• • •
Se escondieron bajo un recodo de la orilla, donde el agua había socavado la tierra y dejado un hueco entre raíces, lo bastante hondo para dos cuerpos si se apretaban.
Murdo entró primero. Sorcha lo hizo detrás, de espaldas, y se encontró encajada contra su pecho, con la cabeza bajo su barbilla y el brazo de él alrededor del hombro, sosteniéndola para que no resbalara.
Olía a lana mojada. A humo. A glasto, siempre, bajo todo lo demás. Murdo cerró los ojos.
El perro llegó a la orilla.
Lo oyeron olfatear. El resoplido húmedo, los pasos pesados sobre la grava, las uñas arañando las piedras.
Una voz masculina dio una orden seca. El perro gimió.
Murdo apretó los dientes, sintió cómo ella dejaba de respirar contra su pecho y le puso la mano abierta, con su venda gris, sobre la nuca, sin pensarlo, para que se calmara.
Medio minuto. Un minuto entero. El perro dio una vuelta, olfateó el agua, volvió a gemir. Los jinetes discutían en un dialecto áspero. Murdo contaba. Se obligó a contar, uno, dos, tres, como contaba los latidos de una tina antes de sacar el paño.
Hasta que la voz del manto gris, cansada, dio una última orden.
Y se fueron. Primero las voces. Luego el chapoteo de los cascos. Luego el ladrido, cada vez más lejos, absorbido por el ruido del arroyo.
Esperaron un buen rato más.
—Se han ido —susurró Sorcha al fin.
—Sí.
—Puedes soltarme.
—Sí.
No la soltó. Ella tampoco se movió. Estuvieron así otro minuto, contando la respiración del otro como se cuenta el agua de un reloj, hasta que un temblor, un tiritón largo, le recorrió el cuerpo a ella entero y Murdo reaccionó.
—Vamos —murmuró—. Antes de que nos quedemos helados.
Salió primero. Resbaló en una piedra cubierta de lama.
Su cuerpo giró en el aire, y el costado izquierdo golpeó una roca afilada con un chasquido que sintió en la espalda antes que en la carne.
Contuvo un grito. Se levantó rápido, mordiéndose la lengua, y le tendió la mano a Sorcha como si no hubiera pasado nada.
—Hay que seguir —dijo.
Ella lo miró. Los ojos oscuros le recorrieron el rostro, el brazo, el costado que se apretaba con la otra mano, el color que no le subía a las mejillas.
—Estás herido.
—No es nada.
—Murdo.
—No es nada —repitió, y empezó a caminar, y el agua que le goteaba por la camisa, sin que él se diera cuenta, se iba tiñendo de un rosa muy débil.