Capítulo 9. El aprisco de Beathag
Las viejas que callan saben más que las jóvenes que preguntan, y lo saben antes.
Gleann Gorm era un valle verde de humo, con ovejas desperdigadas por las laderas como migas de pan sobre un mantel arrugado, y en el fondo, junto a un arroyo, una casa de piedra sin cal con el techo cubierto de turba y una chimenea que echaba un hilo gris al cielo.
Beathag las esperaba en la puerta con los brazos cruzados.
—Llegáis tarde —fue lo primero que soltó—. Os he visto bajar desde la Peña Negra hace una hora. Y la yegua muerde.
—Muerde —confirmó Cailean con orgullo.
—Tiene razón. —La vieja miró a Mala Hierba con respeto profesional—. Yo en su lugar mordería también.
Murdo salió del hueco de la carga. Sorcha, que iba a su lado, lo vio quedarse parado a tres pasos de la anciana, con la manta en las manos y la cabeza gacha como un niño al que van a reñir.
Beathag se le acercó. Le tomó la barbilla con dos dedos nudosos y le giró la cara a un lado, y al otro, igual que se examina una pieza de ganado.
—Has adelgazado —sentenció.
—Hace cinco días que me fui.
—Y has adelgazado. —Le soltó la cara—. Pasad. Hay sopa.
Dentro olía a lana grasa, a turba y a cebolla. En la penumbra, una oveja se había instalado debajo del banco, con una oreja partida y una expresión de tribunal. Sorcha se detuvo a mirarla. La oveja la miró a ella.
—Tiene criterio —murmuró Sorcha.
Beathag giró la cabeza despacio.
—Esta —sentenció— me cae bien.
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Fue después de la sopa cuando la vieja la llevó aparte.
Salieron al aprisco, un recinto de piedra seca con un techo bajo de ramas, y se sentaron en un tronco. Había un olor intenso a establo y a hierba mojada. Más allá, los hombres desuncían la yegua y discutían sobre la mejor manera de acercarse a ella sin perder un dedo.
—No me hables si no quieres —le dijo Beathag en un gaélico espeso, de montaña—. Yo ya hablo por las dos.
Sorcha asintió.
—Cuando llegó aquí, ese muchacho… —La vieja hizo una pausa—. Llevaba una cosa en la cara. ¿Sabes qué?
—¿Miedo?
—Eso lo llevan todos. No. Miraba el agua. —Señaló el arroyo con la barbilla—. Cada tarde se sentaba en esa piedra y la miraba pasar, y yo sabía lo que pensaba. Que algún día se iría detrás de ella. Que no tenía derecho a quedarse en ningún sitio.
—Murdo no se queda.
—Murdo se escapa. No es lo mismo. —Beathag se rascó una oreja—. Este mes ya no mira el agua. ¿Sabes lo que mira?
Sorcha no contestó.
—Mira la puerta —aseguró la vieja con tranquilidad—. Cada vez que oye un ruido. Mira la puerta, como si esperara que entrase alguien. —Se volvió y clavó en ella unos ojos pequeños y claros como la leche—. Creí que era miedo. Pero no era. Eso es esperar.
—No digas…
—No digo nada. —Beathag levantó las manos—. Yo no soy de las que hablan.
Sorcha soltó una risa corta, sorprendida, y se cubrió la boca. La vieja sonrió, enseñando tres dientes.
—Escúchame, a nighean —prosiguió, más suave—. Una mujer que sabe callar tiene que aprender cuándo dejar de hacerlo. Es la parte difícil. Mucho más que aprender a callar. —Le palmeó la rodilla con una mano áspera—. Ahora, vamos a lo importante. Ayúdame con esta piedra.
• • •
La piedra estaba en el muro del aprisco, a la altura de la cadera, entre otras dos casi iguales. Murdo la había señalado con un gesto cuando los dos hombres se habían acercado. «Tercera desde el poste. Con una mancha de líquen amarillo».
Entre los tres la sacaron. Detrás había un hueco. Y en el hueco, envuelto en un trozo de cuero encerado y atado con una cuerda de crin, un bulto del tamaño de un pan.
Murdo lo cogió con las dos manos. Dudó.
—Ábrelo tú —pidió en voz baja a Sorcha.
—¿Yo?
—Es tu mapa.
No dijo más. Sorcha tomó el bulto. Pesaba poco. Deshizo el nudo de crin, con cuidado, y desplegó el cuero. Dentro había un retal doblado en cuatro.
Lo extendió sobre la piedra plana del muro.
Una pieza de lana fina, del largo de un antebrazo, teñida de rojo.
Y el rojo era de los que no se olvidan. Un rojo hondo, denso, con un fondo de tierra y otro de fuego, el rojo de una granada abierta.
Pasó la mano por encima y notó, bajo la palma, una textura pareja y tersa, sin una sola mota de decoloración.
—Diez años —murmuró Murdo detrás de ella—. Y mira. Ni una mancha.
Sorcha dio la vuelta a la pieza. Buscó el orillo, el borde tejido de la tela, donde los tejedores dejan su firma. Lo encontró en la esquina izquierda: tres hilos rojos, un hilo azul. Tres rojos, uno azul. Una marca pequeña, apenas visible, como una cicatriz hecha con cariño.
—Es suya —afirmó.
—De mi padre.
—Del año…
—Mil ciento cincuenta. Dos años antes de que Wouter inscribiera su privilegio en el burgo. —Murdo tragó saliva—. Lo escondió aquí cuando supo que iba a haber problemas. Beathag lo guardó.
La vieja, de pie junto al muro, encogió un hombro.
—Me pidió que no lo mirara. Lo miré. Es un rojo muy bonito. —Se limpió las manos en el delantal—. Gille-Brìghde era buena gente. Se murió de pena. Eso pasa mucho con los buenos.
Nadie contestó. Cailean se había quitado el gorro. Catriona tenía la tablilla en la mano, pero no escribía.
Beathag les alcanzó una cuerda de lana para atar el bulto, y luego, sin mirar a nadie en particular, añadió:
—Cuando llegue el día de hablar delante de esos jueces, mandadme a buscar. Tengo ochenta años y las piernas de un mulo viejo, pero me subís en una carreta y declaro lo que haga falta. Vi a Gille-Brìghde teñir ese rojo. Lo vi pagarle a ese flamenco con plata contada, en este mismo umbral.
—Es mucho viaje —objetó Catriona.
—Es lo que tienen los testigos —replicó la vieja—. Si no incomodan, no sirven.
—Podemos llevarla en la carreta —propuso Cailean con entusiasmo.
Mala Hierba, desde el otro extremo del aprisco, soltó un relincho largo y deliberado.
—Opina que no —tradujo Beathag.
—Opina muchas cosas —suspiró Cailean.
Sorcha dobló el retal con cuidado. Lo envolvió en el cuero. Y cuando lo tendió, sin pensarlo, hacia Murdo, él no lo cogió.
—Guárdalo tú —pidió—. Si me detienen, lo que lleve encima se pierde. Lo que lleves tú, no.
—No.
—Sorcha…
—Es tuyo. Te lo guardo. Lo guardaré hasta que puedas llevarlo en la mano delante del sheriff. —Se lo metió bajo el vestido, junto a la cinta, y le sostuvo la mirada—. Es lo único que voy a prometerte. No me pidas más.
Él abrió la boca. Y de repente, sin saber muy bien cómo, alargó la mano y le quitó de la sien un hilo de lana.
Una hebra blanca, enredada en el pelo, que debía de haberse enganchado en la carreta.
Se la quedó mirando un momento. Después, con una gravedad ridícula, se la guardó en el bolsillo del justillo.
—¿Para qué…? —empezó Sorcha.
—Para nada.
—Murdo.
—Para nada —repitió, y el rojo le subió hasta las orejas.
Detrás de ellos, Beathag soltó un resoplido entre la tos y la carcajada. La oveja de la oreja partida, desde la puerta del aprisco, los contemplaba con una expresión de lo más severa.
—¿Veis? —murmuró la vieja—. Criterio.