TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 8. Lo que el glasto no suelta
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Capítulo 8. Lo que el glasto no suelta

El azul nace verde, y solo el aire lo convierte en lo que es.

Acamparon al abrigo de una hondonada, entre dos rocas del tamaño de casas, con un fuego pequeño que Catriona había encendido con ramas secas para que no echara humo y que Cailean alimentaba con la delicadeza de un cura que da de comer a un gorrión.

La yegua pastaba a unos pasos, atada a una estaca, y de vez en cuando levantaba la cabeza para mirar a los humanos con un desdén sincero.

Murdo se sentó lo más lejos del fuego que la decencia permitía.

Tenía las manos entre las rodillas, muy juntas, como quien guarda algo que no quiere que se vea.

Era una costumbre vieja. De los primeros años, cuando todavía creía que si mantenía las palmas escondidas el color se volvería menos obvio.

Sorcha se sentó frente a él.

No se sentó cerca. Eligió una piedra a tres pasos, la limpió de escarcha con la manga y se acomodó sobre ella con las rodillas juntas y el cuenco de gachas en el regazo.

Comió despacio. Lo miraba comer, de una manera que ya no le sorprendía: no con curiosidad, sino con atención, la que se pone a un hilo que se va a tejer.

—Me lo has mirado todo el día —dijo él al fin.

—Sí.

—¿Y qué has visto?

—Que no te lavas.

—No se quita.

—Lo sé. —Dejó el cuenco en el suelo—. Pero no te lavas ni lo intentas. Es distinto. Hay gente que cuida la mancha y gente que se avergüenza de ella. Tú haces las dos cosas.

Murdo tardó en contestar. Fuera del círculo del fuego, la noche se había espesado, y el viento traía un olor a escarcha y a brezo. Detrás de la roca, Cailean cantaba muy bajo, desafinando, una balada interminable sobre un herrero y una cabra.

—No es suciedad —respondió por fin—. Es un oficio.

—Cuéntamelo.

—Ya lo has visto trabajar.

—Vi el rojo. Nunca vi el azul. —Alzó los ojos—. Aquel año nunca me enseñaste el azul.

Era verdad. El glasto se trabajaba en el cobertizo de atrás, lejos de la torre, por el olor. Ella había mirado el rojo, que olía a raíz y a ceniza. Del azul solo había visto las manos.

Murdo cerró los ojos un instante. Había muchas formas de contestar a aquella petición, y todas eran peligrosas.

—Se hace con hojas —empezó—. De una planta que crece en los prados bajos, de hoja ancha, verde mate. Se cosechan en verano, antes de que florezca. Se machacan hasta que son una pasta, y la pasta se deja pudrirse un mes. Huele peor que cualquier cosa que puedas imaginar. Huele a muerto.

—Ya.

—Luego se hacen bolas con la pasta y se secan, y a los meses se echan a una tina con orina vieja y cal y se calientan, nunca hasta hervir.

Hay que removerla. Todos los días. A mano.

—Se miró las palmas—. La tina se pone de un color que no es de este mundo.

Un amarillo verdoso, turbio, con una espuma azul arriba que llaman la flor.

En ese caldo no hay nada azul. Meterías la lana y creerías que la estás ensuciando.

—¿Y el azul?

—Sale después. —Murdo levantó las manos a la luz—.

Sacas el paño de la tina y está verde. Un verde asqueroso, de pantano.

Lo dejas colgado al aire. Y delante de tus ojos, en unos segundos, se pone azul.

Poco a poco, desde los bordes. Es el aire el que lo hace.

No lo sabe nadie por qué. Mi padre decía que el azul es el color de las cosas que se ven hasta que alguien las mira.

—Eso no tiene sentido.

—Ninguno.

—Pero es bonito.

Murdo sonrió. Fue una sonrisa pequeña, torcida, de las que a él le salían poco y a destiempo. Sorcha la vio, y apartó la vista con rapidez hacia el fuego.

—Y las manos —retomó ella con la voz algo más aguda.

—Las manos se meten en la tina. Hasta el codo.

Cada día. Hay que sentir cómo está. No hay vara que lo mida; hay que notar cómo pica.

—Hizo girar los dedos—. Después de diez años, el azul no está encima de la piel.

Está dentro. Se ha vuelto parte de ella.

Es como una lengua que habla un idioma que solo entiende el agua.

Callaron los dos. El fuego prendió una rama húmeda y soltó una chispa que subió y se perdió.

—Yo hacía lo mismo con el rojo —dijo Sorcha.

Murdo alzó la mirada.

—¿Cómo?

—Lo de aprender mirando. Todo un verano. Me sentaba en el cobertizo a coser y tú trabajabas. No decías nada. Yo tampoco. —Hizo un gesto vago con la mano—. Tenías tanta paciencia que me dio envidia.

—¿Envidia?

—Yo tengo paciencia. Pero la mía es para esperar. Tú tenías de la otra. La de hacer. —Se encogió de hombros con una incomodidad que le subía a las mejillas—. Pensé: quiero aprender algo que no sea callarse.

Murdo no pudo contestar. Lo que sentía en el pecho no se parecía a nada que supiera nombrar: un calor tenso, como el del vapor cuando la tina está a punto de pasarse de punto, cuando hay que decidir en una fracción de segundo si se retira del fuego o se arriesga.

—El rojo que vendiste —murmuró—. Era perfecto.

—No me lo reproches.

—No lo reprocho. —Se pasó la mano por la cara, dejándose otra raya azul en la frente—. Es la cosa mejor hecha que he visto en diez años. Y lo hiciste tú sola. Y eso es lo que me aterra.

Ella lo observó con una atención nueva, medida.

—¿Por qué te fuiste?

La pregunta cayó en medio del fuego sin ruido.

Murdo se tensó. Era la que había temido toda la tarde. La que sabía que llegaría, tarde o temprano, con la misma inevitabilidad de la luz en un tejido.

—Por Perth —contestó—. Aquel agosto pasó por la aldea un hombre que había trabajado con Wouter. Me reconoció. Creí que me habían descubierto.

—Mentira.

—No…

—Mentira —repitió ella sin enfado—. No del todo. Pero lo suficiente. —Cogió de nuevo el cuenco, ahora vacío, y lo observó como si pudiera leer algo en el fondo—. Me vale por hoy.

—Sorcha…

—No he dicho que me valga mañana.

Él cerró la boca.

Pasó un rato. Cailean dejó de cantar y se oyó, desde detrás de la roca, un ronquido discreto. Catriona, sentada de espaldas a ellos, con la tablilla sobre las rodillas, parecía muy ocupada en no escuchar.

Entonces Sorcha hizo algo que Murdo no esperaba. Se levantó de su piedra, caminó los tres pasos que los separaban y se sentó a su lado, sobre la manta. No demasiado cerca. A un palmo de distancia. Tendió su mano derecha, abierta, con la palma hacia arriba, junto a la suya.

Una mano pequeña, de dedos finos, con un callo de hilandera en el índice y la piel blanca como la leche. Al lado, la suya. Ancha, azul hasta la muñeca, con las líneas de la palma marcadas como surcos de arado.

No se tocaban. No hacía falta. Estaban así, una junto a otra, mirándolas.

—No se parecen en nada —observó ella.

—No.

—Es lo único que me importa.

Murdo tragó. Miró aquellas dos manos al resplandor del fuego, y por primera vez en mucho tiempo no sintió que la suya estuviera manchada. Solo que estaba allí, y que había otra al lado.