TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 7. Primera norma del telar
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Capítulo 7. Primera norma del telar

Las reglas de un telar valen para casi todo: lo que no se pueda tocar, que no se toque, y lo que se rompa, que se arregle antes de que se note.

Salieron por la poterna de la cocina una hora antes del alba, con la escarcha crujiendo bajo las ruedas y la yegua Mala Hierba al frente de la carreta, tirando con el entusiasmo sombrío de quien ha decidido que todo el mundo es su enemigo.

Ailsa las despidió en el umbral con un cesto de pan, un queso redondo y un fardo de mantas que olían a lavanda. Después, sin avisar, abrazó a su hermana pequeña con tanta fuerza que a Sorcha se le descolocó el gorro.

—Vuelve con las dos manos —le susurró al oído—. Y con las dos orejas. Y con la lengua, ahora que por fin te ha salido.

—Ailsa.

—Torquil dice que llevas un mes sin dormir. Duerme esta noche.

—Dormiré.

—Mentira. Eres mi hermana, no tonta. —Se separó. Tenía los ojos húmedos y la boca firme—. Cuida del tintorero. Dicen que se alimenta de nada y del aire.

—Se alimenta de queso —contestó Sorcha—. He visto cómo come queso.

Ailsa soltó una carcajada breve y se tapó la boca con la mano, y Sorcha, que había salido por aquella puerta cientos de veces sin mirar atrás, miró.

• • •

La carreta traqueteaba por el camino viejo del glen, con el sol todavía sin salir y el aliento de los hombres convertido en vaho. Cailean, que iba al pescante con las riendas en las manos y la dignidad de un bardo en la guerra, hablaba solo con la yegua.

—Despacio. Yo sé que lo sabes. Pero te lo digo por educación. —La yegua soltó un bufido—. Eso no ha sido educado.

Detrás, a pie, con la tablilla de boj en la mano y la mirada clavada en el suelo, Catriona avanzaba como si cada piedra fuera una frase que había que leer.

Sorcha caminaba a su lado, con una mano en el borde de la carreta.

Del otro lado de las balas de lana, en un hueco de apenas dos palmos entre dos fardos, llegaba una respiración paciente.

—La primera norma del telar —anunció Sorcha en voz baja, sin dirigirse a nadie en concreto— es que nadie toca el paño blanco con las manos sucias.

La respiración se detuvo un instante.

—¿Esa es una norma —preguntó la voz desde dentro— o una indirecta?

—Es una norma. El paño blanco lo he tejido yo. Es lana de la primavera. No cuesta dinero, cuesta meses.

—No es suciedad. Es glasto.

—El glasto mancha.

—Sí.

—El paño blanco es el que va debajo de ti.

Hubo un silencio. Después, con la solemnidad de quien acata una sentencia, la voz murmuró:

—Entonces me quedaré quieto.

—Gracias.

—No me des las gracias. Tengo una pierna dormida.

—Eso no es una norma.

—Es un hecho.

Catriona, que caminaba delante con la cabeza gacha, hizo un ruido de garganta que Sorcha identificó, con alguna sorpresa, como una risa contenida. Alzó la vista.

—No me mires —se defendió Catriona—. Yo no he dicho nada. Los hombres metidos en una carreta siempre acaban discutiendo con el camino.

—¿Y quién gana?

—El camino —contestó Catriona sin vacilar—. Pero ellos tardan en enterarse.

Cailean, desde el pescante, carraspeó muy digno.

• • •

A media mañana Catriona las hizo detenerse en un vado y les enseñó a borrar las huellas.

No con ramas. Eso, explicó, era de aficionados: una rama deja una raya y una raya es un cartel.

Había que cubrir una huella con otra huella.

Pisadas de oveja sobre la rueda. Pisadas de buey sobre la pisada.

Un manojo de brezo suelto dejado caer sobre el barro, no arrastrado, caído, como si lo hubiera soltado el viento.

—Los rastreadores buenos no buscan lo que has hecho —decía, mientras señalaba el suelo con una vara—. Buscan lo que has intentado ocultar. Un camino demasiado limpio huele a gato que ha escondido algo.

—Entonces —observó Sorcha— lo mejor es dejar una cosa un poco sucia.

—Exactamente.

—Una trampa de lana.

Catriona la miró un largo instante.

—Tienes buena cabeza para esto —admitió—. Esa es la gente que no me gusta.

—¿Por qué?

—Porque cuando una persona callada decide hablar, siempre acierta. Es exasperante.

Sorcha no contestó. No supo qué decir. Se quedó con el cumplido entre las manos, sin atreverse a guardarlo ni a devolverlo, y siguió el trabajo.

• • •

Comieron a mediodía junto a un arroyo, a cubierto de unas rocas.

Murdo salió del hueco de la carga, con la cara pálida y la manta gris sobre los hombros, y estiró las piernas como un animal recién despertado.

Se sentó un poco aparte, con el hatillo en el regazo. Aceptó el pan, el queso, una manzana.

Sorcha se acercó con el odre de agua. Se lo tendió. Él lo cogió con las dos manos.

Y entonces ocurrió, sin que nadie lo hubiera previsto, que los dedos de él rozaron los de ella en el cuello del odre. Fue un roce mínimo, de dos segundos. Un cuarto de latido. La lana de las mangas, la calidez de una piel, el tacto liso y casi áspero de un pulgar curtido por el vapor.

Sorcha retiró la mano.

Y vio en su muñeca, justo sobre el hueso, un pequeño rastro azul. Cuatro yemas de dedo, borrosas, del color del cielo de las siete de la tarde.

Lo miró. Era del tamaño exacto de una mano, y de la forma justa de un descuido.

—Perdón —murmuró Murdo, que lo había visto—. Si quieres, lo…

—No.

Él calló. Sorcha se bajó la manga hasta cubrir el rastro. No para esconderlo. Para guardarlo.

—Es el glasto —dijo, mirando el arroyo—. El glasto mancha.

—Sí.

—Pues que manche.

El agua pasaba con un ruido de plata. A su espalda, Cailean estaba muy ocupado con el cinchado de la yegua, que mordió una correa con un vigor repentino, y Catriona, tumbada sobre una roca con las manos detrás de la nuca, parecía dormir con una sonrisa muy poco inocente.

• • •

El camino volvió a empinarse por la tarde, entre brezos quemados por el hielo. A su izquierda, una loma larga y pelada, con unas pocas rocas grandes en la cima, cortaba el cielo como un dibujo a carboncillo.

Fue Sorcha la primera en verlo. Un jinete.

Quieto, en la cumbre, con el contraluz del sol bajo a su espalda.

Un manto gris largo, de paño bueno, que le caía de los hombros en pliegues rectos y limpios.

No se movía. Parecía mirar la carreta con la paciencia con que una araña mira a una mosca todavía lejana.

—Catriona —murmuró.

—Lo he visto hace media legua.

—Su manto es…

—¿Qué?

Sorcha entornó los ojos. La distancia era grande, pero hay cosas que una tejedora distingue como otros distinguen una voz: la caída del paño, el brillo de un tundido hecho a mano, la línea recta del orillo.

—Es un paño de Perth —dijo—. De los buenos. Lo he visto en la feria. Quien lo lleva no es de aquí.

El jinete dio la vuelta a su montura con una calma casi cortés y desapareció tras la loma. Nadie dijo nada durante un buen rato. Mala Hierba tiraba, la carreta crujía. Debajo de las balas, Murdo había dejado de respirar.