Capítulo 6. Siete franjas
Un mapa que solo entiende una persona es una carta de amor o una trampa, y casi nunca se sabe cuál hasta llegar.
Murdo no durmió. Se tumbó en el jergón que le habían dado en el pajar del lavadero, con la manta de Beathag hasta la barbilla, y escuchó cómo la fortaleza respiraba a su alrededor: un perro que se quejaba en sueños, el crujido de las vigas, el goteo del canal que alguien había vuelto a cerrar con una barra nueva.
Y repasó, una y otra vez, con una puntualidad de contable, las siete palabras que le habían cambiado el mundo.
No. Entregarlo, no. Y ella, desde el rincón.
Sorcha MacKerron había hablado durante cuatro minutos exactos.
Él los había contado. Había dicho, sin levantar la voz y sin que le temblaran las manos, que Torquil no podía entregarlo porque entregarlo era dar la razón a Wouter sin pruebas, y que las pruebas existían, y que ella tenía un mapa.
Había dicho «mapa» con la misma naturalidad con la que otros dicen «pan».
Y después se había callado, y se había quedado de pie, y había mirado a todos con un asombro vago, como si no supiera de dónde le habían salido tantas palabras.
Murdo se había quedado sin aire. Hacía catorce meses que no se quedaba sin aire por nada.
Se levantó antes del alba y fue a lavarse la cara en el abrevadero. El agua le dejó un velo azul en la frente, que se frotó con la manga. Después subió a la torre norte.
La puerta del telar estaba entornada. Dentro, una vela de sebo, de las que gotean y huelen a oveja asada, iluminaba el banco de roble y, sobre él, la cinta, extendida como una piel.
Catriona, con la tablilla abierta. Cailean, sentado en el suelo con la espalda contra la pared y los ojos cerrados, medio dormido.
Torquil, de pie, brazos cruzados, con cara de quien lleva toda la noche sumando.
Y Sorcha, inclinada sobre la lana, con un dedo en cada borde de una franja.
—Entra —dijo sin volverse.
—¿Cómo sabes que soy yo?
—Pisas con el talón. Como alguien que quiere pedir perdón antes de llegar.
Cailean abrió un ojo.
—Eso ha estado bien —aprobó.
Murdo entró. No se sentó. Delante de él, la cinta ocupaba todo el banco, y vio por primera vez, a la luz amarilla, lo que ella había hecho con ella.
Con un buril de hueso había rascado, con una paciencia de grabador, las escamas de gualda que cubrían las rayas, y debajo había aparecido el dibujo.
Siete tramos. En cada tramo, un trazo rojo, fino como un cabello, que unía una franja con la siguiente.
Un camino. Su camino. El que había tejido en tres noches de invierno, a la luz de un candil, con los dedos entumecidos, y ocultado bajo un barniz de gualda sin mordiente que el sol borraría en un año.
Un año. Se había equivocado en la cuenta por dos semanas.
—Está bien hecha —murmuró.
—Está muy bien hecha —confirmó ella, sin mirarlo—. Por eso me ha costado tanto.
No había reproche en la voz. Solo una constatación seca. Murdo notó cómo le subía el calor a las orejas y agradeció la penumbra.
—Explícame lo que dice —pidió Torquil—. Con calma.
—Son siete lugares —empezó Sorcha. Pasó el dedo por la primera franja—. Un aprisco en Gleann Gorm, con ovejas y turba. Un molino roto junto a un arroyo: el gris es de piedra mojada, y hay un hilo de hierro que significa rueda. Una cruz de piedra. Una abadía… —Se detuvo, miró a Murdo—. Dunkeld.
—Dunkeld —confirmó él.
—Un vado. Una mujer. Y Perth. —Pronunció la palabra como si le supiera a algo amargo—. Siete. Y en cada uno hay algo escondido.
—¿Escondido por quién? —preguntó Catriona.
Murdo esperó a que lo miraran. Lo miraron todos.
—Por mi padre —dijo.
Había ensayado esa frase durante un año. Había supuesto que le pesaría más. Salió de su boca tan ligera que casi le dio vergüenza.
—Mi padre se llamaba Gille-Brìghde —continuó—.
Tintorero en el oeste, en tierras de los abades de Dunkeld.
Tenía un rojo. Un rojo de raíz que no se iba con el agua ni con el sol, y que ningún flamenco ha conseguido imitar.
Teñía casullas para las abadías. Y en mil ciento cuarenta y siete tiñó una para Dunkeld con su rojo y su marca de orillo.
Tres hilos rojos y uno azul. Esa marca es nuestra.
Cualquiera que sepa leer un paño sabe de quién es.
—Y Wouter dice que el rojo es suyo —dedujo Torquil.
—Wouter dice que lo inventó él. Tiene un privilegio del burgo de Perth sobre la escarlata.
Pero no es verdad. Su escarlata se va con la lejía.
—Murdo se frotó la frente—. Cuando yo tenía veinte años, mi padre tuvo una deuda.
Una deuda amañada: alumbre y mordientes que Wouter le vendió a crédito, a un precio que nadie le había avisado que subiría.
La pagó. La pagó entera. Wouter se negó a darle el recibo y firmó un papel en el que decía que no había pagado nada.
Me llevó a su tintorería en prenda. Mi padre murió dos años después.
Mi hermano… —Se detuvo—. Después fui yo solo.
Cailean, en el suelo, había abierto los dos ojos.
—Y el recibo —dijo despacio— existe.
—Existe. Lo vi. En mil ciento cincuenta y ocho, la noche que me escapé.
Wouter lo levantó de un cajón, y lo guardó bajo la losa de la primera tina del taller.
Lo vi porque estaba escondido detrás del cobre.
—Se encogió de hombros—. No pude cogerlo.
Había un hombre en la puerta. Salí con lo que llevaba puesto y con el rojo en la cabeza.
—Y pusiste el camino en la cinta —terminó Sorcha.
—Para que alguien lo encontrara si a mí me cogían.
—¿Para que lo encontrara yo?
Se miraron. El sebo de la vela chisporroteó.
—Para que lo encontrara quien supiera leer —respondió Murdo con cuidado.
Ella apartó la vista. Alguien tosió con mucha elegancia. Era Cailean.
—Tengo una pregunta práctica —dijo Torquil, rompiendo el hechizo—. Dos, en realidad. Una: ¿qué hay en los siete jalones? Dos: ¿cuánto tardamos?
—Un recibo, una casulla y los testigos que quedan —enumeró Murdo—. Y una cosa más que ya veremos. En cuanto al tiempo… —Calculó—. Tres semanas. Quizá cuatro.
—Tenemos hasta el martes de San Martín. Treinta días.
—Torquil se pasó la mano por la barbilla—.
He escrito a Sir Eustace de Fothriff, el sheriff de Perth.
Me ha respondido esta madrugada. Ha aceptado que el caso se oiga en la curia del burgo, el día de San Andrés.
Si presentamos pruebas, las oirá. Si no, pagaré las doscientas marcas y tú irás a Perth.
—Quince días de margen —observó Catriona.
—Dos semanas más del plazo de Wouter. Más no he podido.
—¿Y el mozo del patio? —preguntó Murdo.
—Mañana por la mañana saldrá con una carta mía para el sheriff —respondió Torquil con una sequedad en la que se adivinaba un fondo de buen humor—. A pie. Y con una escolta de ocho hombres que se pasarán cinco días ofreciéndole cerveza.
—Ha sido idea mía —informó Cailean.
—Ha sido idea de Catriona —corrigió Catriona—. Tú has aportado la cerveza.
Murdo no pudo evitarlo. Se le escapó una risa corta, áspera, como un hacha atascada.
Y vio cómo, al otro lado del banco, la cabeza de Sorcha se levantaba y se quedaba un instante muy quieta.
—Saldremos con una carreta de paño —anunció ella, despacio, volviendo a la cinta como quien vuelve a una orilla segura—.
Hay una feria en Glen Orrin la semana que viene.
Las ovejas de este glen dan buena lana. No extrañará a nadie que una tejedora de Dùn Dorcha lleve género a vender. Murdo irá debajo de las balas.
—Debajo —repitió él.
—Es lo que tienen los fugitivos.
—Es lo que tienen las carretas —puntualizó Cailean.
Sorcha se agachó, cogió un cuenco de loza que alguien había dejado en una esquina del banco y se lo puso en las manos. Leche caliente, con un chorro de miel y una pizca de sal. Murdo lo miró. Después la miró a ella. Había olvidado que lo bebía así. O creía haberlo olvidado.
—Está caliente —murmuró Sorcha, con la vista fija en la cinta—. Por si tienes frío.
Él se lo bebió despacio. No dijo nada. Fue lo mejor que pudo decir.