Capítulo 5. Lo que dijo Hamo
Hay confesiones que se arrancan y confesiones que se sueltan, y las segundas pesan menos al caer.
Sorcha había descubierto de niña que la gente habla cuando se le deja un hueco.
No hacía falta una pregunta. Bastaba con sentarse, plegar las manos en el regazo y dejar crecer el silencio hasta que a alguien se le hiciera insoportable.
Su madre decía que era una técnica de abogado.
Su hermano Diarmad, que era una especie de maldición.
Hamo el Cardador cedió a los cuarenta latidos.
Estaban en el cobertizo de cardar, un recinto largo y bajo que olía a lana sucia y a sebo, con las paredes cubiertas de cardas de cardo y el suelo cubierto de vellones sin lavar.
Hamo se había sentado en un taburete, con el gorro azul entre las rodillas, y ella frente a él, en una banqueta baja, con la espalda recta y las manos quietas.
No había llevado a nadie. Ni a Torquil, ni a los guardias.
Solo una lámpara y el gorro de alumbre que había dejado, sin una palabra, sobre una carda, entre los dos.
Hamo lo miró. Después la miró a ella.
—Señora Sorcha —murmuró—. Yo…
Ella esperó.
—Lo del gorro es… —Se pasó el dorso de la mano por la nariz—. Me lo dieron por Pascua. Un buhonero. Era barato.
Sorcha ladeó la cabeza apenas un dedo.
—Es un gorro —insistió él—. De lana.
Lo único que se oyó fue el crujido de la lámpara. Por la ventana entró una ráfaga de aire con olor a lluvia y los vellones se movieron con un suspiro.
—Mi hijo Iain —soltó Hamo de pronto, con la voz rota— tiene diecisiete años.
Es aprendiz de pañero en Perth. Un buen chico.
Un poco inútil. Se metió en una deuda de juego con unos soldados del castillo.
Sesenta chelines. Yo no los tenía. Los habría tenido en dos años.
—Cerró los ojos—. Vino un hombre a ofrecerme pagarlos.
Un flamenco, muy amable, que olía a lavanda.
Me dijo que solo quería saber qué se cocía en la torre de las tintorerías.
Un libro. Una receta. Que nadie saldría herido. Que me daría otro gorro si hacía falta.
—¿Y la compuerta?
—Solo la abrí. —Alzó las manos, como si quisiera enseñar que no llevaban nada—.
Le dije que lo haría una noche. Una sola.
No sabía que mandaría a ese… al de las tijeras.
Cuando lo vi pasar por el canal, con aquellas hojas de dos palmos, me quedé helado, señora.
Helado. Quise gritar y no me salió nada.
—Los ojos se le anegaron—. Lleva tres noches sin salirme el aire.
Sorcha lo contempló mucho rato. No sentía rabia. Notó, con cierta sorpresa, que le daba lástima, y que esa lástima era un hilo más en una trama que no le gustaba nada.
—¿Qué más quiere saber el flamenco? —preguntó.
—Quién tiñe el rojo.
—¿Se lo has dicho?
—No lo sé. —Hamo lloraba ya abiertamente—.
Nunca lo he sabido. Yo creía que era un hombre que se fue en agosto, el azul, el de las manos.
Pero esta primavera alguien tiñó dos piezas rojas que no eran de él, y el flamenco las ha visto en Perth, y me escribió…
—Se calló, tragó saliva—. Quiere saber si fue usted.
—¿Y qué le has contestado?
—Nada. Aún no.
Sorcha se levantó, despacio.
—No contestes —ordenó—. Todavía.
Hamo levantó la cabeza con una especie de espanto agradecido.
—Torquil lo sabrá esta noche —añadió ella—. Si es justo, te encerrará. Si es listo, te encerrará y te dará de comer. —Hizo una pausa—. Tu hijo no necesita que lo salves con un traidor. Necesita que alguien le pague sesenta chelines. Se lo diré también.
Salió sin esperar respuesta. En la puerta, la luz de la tarde le dio de pleno en los ojos. Se apoyó un momento en el marco de madera. Tenía las manos frías, y se dio cuenta de que le temblaban un poco.
Había hablado más en aquel cobertizo que en todo el mes anterior. Y todavía no era mediodía.
• • •
Los vio llegar desde el adarve, a media tarde.
Tres figuras por el camino de la puerta chica, a pie, a plena luz, sin esconderse: una mujer delgada con una tablilla, un hombre alto que llevaba de la rienda una yegua con cara de querer morder el paisaje, y entre ellos, algo más bajo y más ancho de hombros, un hombre con una manta gris echada al hombro.
Sorcha apoyó las dos manos en el parapeto de piedra.
No podía verle la cara. Estaba a trescientos pasos y llevaba el gorro calado.
No podía ver los ojos, que eran negros, ni las manos, que eran azules.
Pero conocía el paso. Lo reconoció igual que se reconoce un hilo propio entre mil hilos ajenos.
Un paso largo, un poco inclinado hacia delante, como el de quien lleva siempre cuestas arriba una carga que no ha escogido.
Ni siquiera se dio cuenta de que bajaba las escaleras corriendo.
Llegó al patio justo cuando ellos cruzaban el portón. Se detuvo a seis pasos. Notó el calor que le subía por el cuello y se dijo que era la carrera.
El hombre se quitó el gorro.
Estaba más delgado. Eso fue lo primero. Le habían afilado la cara los meses, los huesos le asomaban bajo la piel, y tenía una cicatriz nueva en la ceja izquierda que no recordaba.
El pelo, castaño rojizo, cortado a cuchillo.
Los ojos negros, hondos, con la pregunta de siempre dentro.
Y las manos. Azules hasta el codo, descubiertas ahora que se había echado la manta atrás. Azules como el día que se fue.
Se miraron.
Catorce meses. Sorcha había ensayado aquella escena tantas veces que tenía varias versiones en el cuerpo, y ninguna le servía.
—Has venido —murmuró, al fin.
Su voz salió más baja de lo que pretendía. Murdo apretó la mandíbula.
—No debías venderlo —respondió él.
La frase cayó en el patio con un peso exacto. Sorcha sintió que le subía algo por el pecho, algo agudo y antiguo.
—Tampoco debías irte —replicó.
Hubo un silencio. A su lado, Catriona cruzó los brazos con una expresión de infinita paciencia. Cailean, a su vez, se puso a examinar con grandísimo interés el casco de la yegua.
—Buenas tardes —carraspeó Cailean—. Soy el que ha traído el pan.
Nadie rio. Pero Murdo bajó los ojos, y a Sorcha le pareció ver, en la comisura de la boca, un amago de sonrisa que le duró lo que tarda una vela en prenderse.
• • •
En el gran salón, Torquil los esperaba de pie junto al hogar, con las manos a la espalda y la cédula del sheriff desplegada sobre la mesa. A su lado, Ailsa. Delante, Murdo, con la manta gris doblada entre las manos azules.
—Sé lo que dice ese papel —declaró Murdo.
—Entonces sabes que te reclama como siervo fugado —respondió Torquil con sequedad—. Y como ladrón del libro de tintes de un tal Wouter de Gante.
—No robé nada. Lo que hay en ese libro es de mi padre.
—No me corresponde juzgarlo. —Torquil dejó el pergamino—. Hasta el martes después de San Martín tengo que entregarte o pagar doscientas marcas y perder el pax del paño. Es una cuenta sencilla.
—Lo es.
—Pero no te voy a entregar.
El salón quedó en silencio. Murdo levantó la vista, sorprendido de verdad, y Sorcha vio por un instante cómo su rostro dejaba de ser una máscara.
—Eres un hombre sensato —replicó él despacio—. No tienes por qué…
—No he dicho que sea sensato. He dicho que no te voy a entregar.
—Entonces no lo entiendes. —Murdo dio un paso adelante—. Esa gente no se detiene. Wouter no se detiene. Si no me tiene a mí, tendrá a otro. Si no tiene a otro, tendrá el castillo. Doscientas marcas es lo de menos. —Respiró hondo—. Entrégame.
—No —repitió Torquil.
—Entrégame y se acaba. Tú pierdes un tintorero. Ellos pierden una excusa.
—Murdo…
—Entrégame.
—No.
La palabra no la había dicho Torquil.
Había salido de un rincón del salón, junto a la ventana, donde una mujer pequeña estaba de pie con las manos juntas sobre el vestido, y era una palabra tan delgada que nadie la reconoció a la primera. Pero todos se volvieron. Torquil, Ailsa, Cailean, Catriona. Murdo.
Sorcha MacKerron, que en un año y medio no había contradicho a nadie delante de nadie, había abierto la boca.
Y no pensaba cerrarla todavía.