Capítulo 4. Huellas que quieren ser encontradas
Quien huye aprende pronto que las huellas más peligrosas son las que no se ven.
El Bealach amanecía a tientas. Una niebla baja, lechosa, rellenaba el paso entre las dos peñas como leche en un cuenco, y Murdo caminaba por el borde del arroyo con los pies metidos en el agua helada hasta el tobillo, que era la única costumbre de fugitivo que Wouter de Gante le había dejado en herencia.
Quien camina por el agua no deja pisada.
Quien camina por el agua con las manos azules deja un hilo de índigo flotando río abajo, como una confesión, pero eso se arreglaba llevándolas pegadas al pecho.
Se arreglaba mal. Le dolían los hombros.
Llevaba dos días sin fuego. Dos noches con la manta gris de Beathag echada sobre la cabeza y el hatillo bajo la nuca.
Había comido pan duro y queso de oveja y un puñado de arándanos que habían sobrevivido a la helada, y se había dicho a sí mismo, por la mañana y por la tarde, que lo que iba a hacer era sensato.
Llegar de noche. Entrar por el lavadero. Quemar las recetas. Ver a la tejedora, un momento, el tiempo justo de explicarle lo que había hecho. Y marcharse antes de que el sol le diera en la cara.
Sensato. Con los años había descubierto que las cosas sensatas siempre se parecían mucho a las que uno hace para no pensar en otra.
El camino se estrechó. Murdo se detuvo.
Algo había cambiado en la niebla, y tardó un instante en saber qué. El silencio. No el de la mañana, que tenía su música propia de gotas y de pájaros perezosos. Un silencio con forma, de los que se hacen cuando alguien contiene la respiración a veinte pasos.
Se quedó quieto. Contó diez latidos.
Nada. Después, muy lejos, el chasquido de una piedra que rodaba por la ladera.
Demasiado limpio. Demasiado oportuno. Murdo había oído a los hombres de Wouter perseguir a otros fugitivos durante diez años, en los campos de Perth y por los caminos de Scone, y sabía cómo sonaba un cazador que se descuidaba.
Aquello no era un descuido. Era una invitación.
—Muy bien —murmuró.
Siguió caminando. Sin acelerar el paso, ni mirar atrás. A cincuenta pasos encontró, en el borde del arroyo, una pila de tres piedras, una sobre otra, y atado a la de arriba un hilo de lana verde.
Se agachó. Tocó el hilo con la yema de un dedo azul.
Lo conocía. No por el color, que era común.
Por el torzal. Una vuelta de hilo hilado a mano, con la torsión un poco floja al principio y apretada hacia el final, como si la hilandera se impacientara a mitad de la madeja y se obligara a terminar bien.
Había visto aquel hilo cada mañana durante seis meses, en una rueca junto a una ventana.
Sorcha.
El corazón le dio un golpe seco, absurdo, como el de un tintorero al que le sale una tina del color justo, de pronto, sin avisar. Se llevó la mano a la boca.
—Así que me has encontrado —dijo a las piedras.
—Yo no —contestó una voz de mujer, a su espalda—. La que te ha encontrado es ella. Yo solo he venido a buscarte.
Murdo no se sobresaltó. Había aprendido a no hacerlo.
Giró despacio, con las manos a la vista, y vio salir de la niebla, como si la niebla la hubiera estado guardando para aquel momento, a una mujer delgada, de pelo castaño recogido bajo un gorro de lana, con una tablilla de madera en la cintura y una expresión en la cara de quien lleva toda la mañana aguantándose la risa.
Detrás de ella, a cierta distancia, un hombre alto sujetaba las riendas de una yegua baya que tenía las orejas pegadas al cráneo y la dentadura a la vista.
—Hueles a lana grasa y a orina vieja —observó la mujer—. Y llevas tres días sin lavarte, y eso que no te lavas nunca. Dime una cosa, tintorero. ¿Te han dicho que se te ve el azul desde media legua?
—Me lo han dicho.
—¿Y no has hecho nada?
—He hecho lo que he podido.
—Es un oficio —aclaró el hombre alto, acercándose—. Tiene su mérito. —Le tendió la mano—. Cailean. Esta es Catriona, y esa de los dientes es Mala Hierba. Tú no la toques. Yo la he tocado una vez y por eso soy tan humilde.
Murdo miró la mano que le tendía. Una mano de hombre, ancha, de nudillos limpios, sin rastro de color. La estrechó. El otro no apartó la vista de la piel azul. Ni pestañeó. Ni hizo la pregunta, que es la que hacen todos.
—Vaya —se limitó a comentar—. No se te ha caído un cielo encima, ¿verdad?
—Es glasto.
—Tengo un primo con las manos de color. Teñía de rojo. Cada vez que se casaba alguien en el pueblo, acababan creyendo que había matado a alguien.
—Cailean —avisó la mujer.
—Es una anécdota.
—Es una anécdota que no ayuda.
Murdo no se rio. No tenía el cuerpo para eso. Pero algo dentro de él se aflojó una vuelta, como la cuerda de un telar cuando alguien la afloja con cuidado.
—Esa cinta —dijo despacio—. ¿La ha descifrado?
—Once meses —respondió Catriona—. Me ha dicho que tardó once meses en darse cuenta de que el amarillo era pintura.
El sol de agosto se lo comió. —Lo miró con una atención seca—.
Hay una cosa que tienes que saber antes de que sigamos.
Esa mujer es lo bastante lista para entender lo que le dejaste.
Y lo bastante callada para no avisarte de que lo entendía.
—Lo sé.
—No me parece que lo sepas.
—Llevo catorce meses sabiéndolo.
Se miraron. Catriona, la que seguía rastros, no apartó la vista. Murdo sostuvo la suya, y por primera vez desde que había bajado de Gleann Gorm notó que alguien lo estaba midiendo del todo, desde las botas remendadas hasta el color de las manos, y que el resultado no era del todo desfavorable.
—Voy a Dùn Dorcha —dijo él—. De noche. Por el lavadero. Voy a quemar las recetas, hablar con ella y marcharme.
—Ese plan —observó Cailean— es muy tuyo.
—¿Qué quiere decir?
—Que es el plan de alguien que lleva mucho tiempo huyendo y cree que puede ahorrarse el resto de la vida con una buena hoguera.
—Cailean.
—Ya me callo.
—Hay un hombre dentro —interrumpió Catriona—. Abrió la compuerta del lavadero hace cuatro noches para que otro entrara a robar. Llevaba un gorro con azul de alumbre. De Perth.
Murdo no necesitó pensar. La imagen le vino sola, nítida: el cardador del patio trasero, de cuarenta años, siempre frotándose las manos, el hombre que le había guardado el pan caliente durante seis meses y que le había dicho, una vez, mirando hacia otro lado, que tenía un hijo en Perth, aprendiz de pañero.
—Hamo —murmuró—. Hamo el Cardador.
—¿Lo conoces?
—Me dio de comer medio año. —Se le cerró la garganta—. Me contó que le debía dinero a un prestamista. Una deuda de su hijo.
—El prestamista —dijo Catriona despacio— se llama Wouter, imagino.
Murdo asintió. Por la ladera, a lo lejos, un pájaro rompió el silencio con un graznido corto.
—Entonces ya sabe que vengo —concluyó.
—Todavía no. —Catriona ladeó la cabeza—.
Por eso no vas a entrar por el lavadero.
Por la puerta tampoco. —Señaló con el pulgar hacia el sur, a un punto de la niebla donde empezaba a disiparse, y por entre los jirones apareció, muy lejos, la silueta oscura de la torre norte de Dùn Dorcha, con una ventana alta iluminada por una luz amarilla y pequeña—.
Vas a entrar por donde menos esperen. A pie, a plena luz, entre nosotros dos, como un primo de visita.
—¿Y el observador del patio?
—Mañana tiene el día libre —respondió Cailean, con una sonrisa muy poco inocente—. Le hemos hecho una oferta.
Murdo apenas lo escuchó. Tenía los ojos fijos en la ventana de la torre. Esa luz diminuta. Esa lámpara que alguien mantenía encendida a las siete de la mañana porque seguía despierta, trabajando, descifrando, tejiendo con las manos lo que no se atrevía a decir con la boca.
Tuvo la certeza, absurda y completa, de que si se acercaba lo bastante, el olor de la lana a medio hilar le llegaría desde allí.
—Está despierta —murmuró.
—Lleva toda la noche —dijo Catriona—. Le dije que se echara. Me contestó que ya dormiría cuando tú entraras por la puerta.
Murdo cerró los ojos un instante.
No había quemado ninguna receta. No había llegado a ninguna conclusión sensata. Y por primera vez en catorce meses, el color azul de sus manos le pareció menos una condena que una especie de señal.