Capítulo 3. La rastreadora llega con la lluvia
La lluvia de las Highlands no cae: llega, como los parientes, sin avisar y con ganas de quedarse.
Los dos jinetes entraron en el patio de Dùn Dorcha al caer la tarde, empapados hasta el alma, con una yegua baya detrás que mordía a quien se le ponía a tiro.
Sorcha los vio desde la ventana del telar.
Un mozo de cuadra se acercó a coger las riendas con la cara de quien se cree valiente.
La yegua le cerró los dientes en la manga.
El mozo soltó un chillido muy digno y volvió a su sitio con el paso de quien ha entendido algo importante sobre la vida.
—Mala Hierba —murmuró Sorcha—. Tiene que ser ella.
Bajó las escaleras sin correr. Correr era de gente que habla.
En el patio, Ailsa ya había salido con los brazos abiertos, su hermana mayor, con el pelo recogido a medias y el pequeño Cormac a horcajadas en la cadera, que ya intentaba huir hacia la yegua.
Torquil esperaba en lo alto de la escalinata, con los brazos cruzados y la cara de un hombre que cuenta cuánta gente va a comer a su mesa.
La mujer que desmontó era delgada, de cara afilada y mirada fija, y lo primero que hizo no fue saludar.
Miró el suelo. Miró las huellas del mozo, las de la yegua, la mancha de barro bajo la ventana de las cocinas, la línea que dejaban las ruedas de un carro sobre el empedrado húmedo.
Lo miró todo con atención, en silencio, como quien lee una carta antes de abrirla.
Después levantó la cabeza y se encontró con los ojos de Sorcha.
—Tú eres la que escribe —comentó—. Tienes una letra de las que no tiemblan.
—Catriona —respondió Sorcha.
—Sorcha. Dime que no me has traído hasta aquí para encontrar un gato perdido.
—Es un hombre.
—Peor. Los gatos al menos vuelven.
El hombre que había desmontado detrás se echó a reír con una risa corta y cálida, un hombre alto de cara tranquila y manos que parecían saber hacer muchas cosas sin necesidad de presumir de ellas.
Cailean. Sorcha lo reconoció por las baladas, y porque Catriona, sin mirarlo, le tendió la mano y él se la tomó sin necesidad de que ninguno de los dos lo pensara.
Cenaron en el gran salón, entre cuarenta bocas y un fuego que no daba abasto.
Sorcha no habló. Escuchó a Torquil explicar, con la sequedad de un administrador, lo de la cédula, la cuenta de las doscientas marcas, el hombre rapado con las tijeras que se alojaba en la hostería del pueblo con un oficial del sheriff, y el observador que había dejado plantado en el patio, un mozo con cara de enterrar cosas.
Escuchó a Catriona hacer cinco preguntas, todas buenas.
Escuchó a Cailean decir «mmm» en tres tonos distintos.
Y vio, a lo lejos, junto a la chimenea, un gorro.
Era un gorro de lana, de los que llevan los cardadores.
Debajo había un hombre de unos cuarenta años, Hamo, que llevaba doce con ellos y que se frotaba las manos con ese gesto de las personas que quieren parecer cómodas.
Un gorro de lana teñida de azul. No un azul de glasto.
Un azul de pega, más ceniciento, con un velo blancuzco en las costuras donde la tela hacía pliegue.
El azul de alumbre que se vendía en Perth a medio precio, y que solo salía de una tintorería.
Sorcha lo miró un instante de más.
Luego apartó la vista. No dijo nada. Los hilos se ven antes de que se tire de ellos.
• • •
El telar de Sorcha ocupaba la mejor habitación de la torre norte, con dos ventanas, un banco de roble y una pared cubierta de madejas que la señora de la casa había terminado por llamar «mi bosque».
Catriona entró detrás de ella, cerró la puerta con el talón y se quedó mirando las madejas, una a una, como quien pasa revista a una tropa.
—Así que callada —repitió.
—Sí.
—Mi familia no calla nunca. Es agotador. —Cogió un ovillo de lana verde y lo olió—. Tú me caes bien.
—Todavía no he hecho nada.
—Por eso.
Sorcha sacó la cinta de debajo del vestido. Lana tejida, ancha como una mano, de siete franjas. La tendió sobre el banco con ambas manos, como se tiende a un niño dormido, y Catriona acercó la lámpara.
—Me la dejó una noche de agosto —explicó Sorcha—. El año pasado. Se fue antes del amanecer. No dejó nota. No dejó nada más que esto.
—El tintorero.
—Murdo.
—¿Y por qué lo buscas? Si se fue, se fue.
Sorcha pasó el pulgar por el borde de la cinta, donde las fibras se levantaban con una felpa casi invisible. Tardó en contestar. Tenía la costumbre de buscar la frase justa y de encontrarla justo después de que la conversación hubiera seguido adelante.
—Porque lo dejó todo dicho aquí —admitió al fin— y no se paró a ver si yo sabía leerlo.
—¿Y sabes?
—Ahora, sí.
Las siete franjas brillaban a la luz de la lámpara.
Azul de glasto con verde de gualda, en la primera.
Un gris de agalla. Un pardo de nogal. Un malva de líquen.
Un negro de aliso. Un ocre de corteza. Un granate casi oculto en la última.
Y sobre las siete, un amarillo mantecoso, vivo como una yema, que cubría la cinta entera de un extremo al otro, como una capa de barniz.
—El amarillo no es amarillo —explicó Sorcha—.
Es una pintura. Una capa de gualda sin mordiente, que no agarra.
Tardé once meses en darme cuenta. Le dio el sol de la ventana todo el verano, y hace dos semanas…
—Pasó la uña por un borde. Una escama de amarillo se desprendió y reveló debajo una raya de color de sangre vieja—. Mira.
Catriona se inclinó. Bajo la capa de amarillo que se iba muriendo había rayas. Rojas, finas, como arañazos, entre franja y franja, en un orden que a primera vista parecía una decoración. Sorcha las había contado. Siete grupos. Cada uno distinto.
—¿Y qué son?
—Un camino. Siete jalones. —Apoyó el dedo en la primera franja—. Esta es azul con verde, y huele a lana grasa. Lo noté el primer día y lo olvidé. —Acercó el rostro y respiró—. Un aprisco.
Catriona olió la cinta. Después la miró a ella, con los ojos entornados.
—Lanolina —confirmó—. Sí. Y turba, y humo viejo. Esto estuvo guardado en una casa de pastores durante meses antes de llegar aquí. —Chasqueó la lengua—. Te lo dijo todo, y no dijo ni una palabra.
—Es su forma.
—Es una mala forma.
—Es la que tiene.
Cailean, que había entrado sin ruido y se había apoyado contra el marco, carraspeó.
—Una pregunta tonta —empezó—. ¿Es que en esta casa nadie dice las cosas?
—Cailean —avisó Catriona.
—Solo pregunto. Tengo entendido que la gente dice las cosas. Es práctico. Se ahorra mucho tiempo.
—Tú hablas cuando duermes —le recordó ella—. Esta mañana le has contado a la yegua toda tu infancia.
—La yegua me escucha.
—La yegua te muerde.
—Es una forma de atención.
Sorcha sintió que algo se le aflojaba en el pecho, un nudo que llevaba meses apretado. Se rio, sin ruido, con los hombros, como se reía siempre. Catriona la miró un segundo, con atención. Después sonrió de lado.
—Bueno —resolvió—. A trabajar. ¿Qué más hay en esa cinta?
—Hay un hombre dentro de esta fortaleza que le abrió la compuerta a quien vino a robar —respondió Sorcha—. Y llevaba un gorro con azul de alumbre de Perth. Lo he visto esta noche.
Silencio. Un silencio corto, de los que cortan.
—¿Lo has dicho a Torquil?
—No.
—¿Por qué?
—Porque si se lo digo, lo sabrá él, y lo sabrá Ailsa, y lo sabrá Hamo antes del desayuno. —Alzó los ojos—. Las cosas importantes se las digo primero a quien sepa qué hacer con ellas.
Catriona alzó una ceja. Era un gesto breve. Una especie de reconocimiento.
—Tengo una tablilla —anunció.
—Lo sé. La de boj.
—Esa. —La sacó de la bolsa, abrió la cera con el pulgar—. Voy a hacerte una pregunta, y quiero una respuesta entera. Si es el hombre listo que dices, ¿por dónde entraría en estas tierras?
Sorcha lo pensó. Esa vez la frase justa llegó a tiempo.
—Por el Bealach —contestó—. Nadie lo vigila y tiene agua.
—¿Cuándo?
—Si salió al saber lo de la cédula… —Contó con los dedos, como se cuentan las pasadas en un telar—. Mañana. Al amanecer.
—Entonces estaré en el Bealach al amanecer. —Catriona cerró la tablilla—. Tú te quedas.
—Pero…
—Esta vez, tú delante —sentenció Catriona, con una sonrisa casi cruel—. Delante de la rueca. Yo me encargo de los caminos.