TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 2. El que no se lava las manos
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Capítulo 2. El que no se lava las manos

Hay colores que se pegan a la piel y verdades que se pegan al alma, y de las dos cosas la piel es la que menos cuesta lavar.

Murdo mac Gille-Brìghde llevaba catorce meses sin lavarse las manos, y las ovejas de Beathag no se lo perdonaban.

—Mira cómo te mira esa —observó la vieja desde el umbral del aprisco, con un cuenco de gachas entre las palmas y el aire de una reina que asiste a un juicio—. Esa que tiene la oreja partida. Cree que eres un fantasma.

—Es una oveja.

—Es una oveja con criterio.

Murdo siguió escurriendo la lana en el arroyo.

Frío de octubre, agua de turba, lana sin teñir que pesaba como un recién nacido.

Las manos le salían del agua azules hasta el codo.

No un azul de golpe, de moratón. Un azul hondo, de cielo de invierno, metido en cada pliegue de la piel, en las uñas, en las líneas de las palmas.

Glasto. Veinte años de glasto, diez de ellos en una tina ajena.

Podía frotarse con arena hasta sangrar y la piel seguiría diciendo lo que era.

Un tintorero que se esconde es como un faro que se esconde. Se lo había dicho su padre una vez, riéndose. Su padre se reía de todo menos de las deudas.

—Tienes visita —anunció Beathag.

—Lo sé.

—No lo sabías.

—Lo sé desde que la oveja con criterio ha dejado de rumiar.

La vieja soltó una carcajada seca, de tos.

Murdo se levantó, se secó las manos en el pantalón sin conseguir secarlas, y miró hacia el sendero.

Por el recodo de las rocas bajaba un fardo con piernas.

Un fardo enorme, de tela y cacharros, con un sombrero en la cabeza y otros dos colgando de la correa, tintineando como campanillas.

Bajo el fardo, un hombre. Bajo el hombre, una cojera que Murdo conocía mejor que su propio paso.

—Tam —dijo.

—Murchadh —jadeó el buhonero, dejando caer el fardo con alivio y sentándose encima—. No grites. Si vas a gritar, grita después. Tengo las piernas muertas y una noticia viva, y no sé cuál de las dos me va a matar primero.

—Siéntate, a bhalaich —ordenó Beathag, que lo conocía desde antes de que le salieran barbas—. Come.

Tam comió. Con la boca llena y los ojos desviados, que era como Tam daba las malas noticias: de perfil. Murdo esperó. Esperar se le daba bien. Había esperado diez años a que Wouter de Gante levantara la vista de sus cuentas, y no le había servido de nada.

—Es el rojo —soltó Tam al fin.

El arroyo siguió corriendo. Una oveja tosió.

—¿Qué rojo?

—El tuyo. El de tu padre. El de la raíz.

—Tam tragó, dejó el cuenco en el suelo y cruzó las manos entre las rodillas—.

Hace tres semanas, en la feria de San Miguel, en Perth, vendí dos piezas de paño rojo.

Para una dama que no daba su nombre. Me pagó bien por llevarlas y mejor por callar.

Yo no pregunto, Murchadh. Tú sabes que yo no pregunto.

Pero eran dos piezas… —Se frotó la nariz—.

Tú has visto el rojo de Wouter. Un rojo bonito.

Un rojo de escaparate. Esto no era eso. Esto era rojo de verdad.

Rojo de sangre en la nieve. El tendero flamenco que me las compró las sostuvo a contraluz y se puso del color de la leche.

Murdo no dijo nada. Notó cómo se le enfriaba la boca del estómago, igual que cuando abría una tina y el vapor traía un olor que no debía.

—Eso no es todo —siguió Tam, con la voz más baja—.

La semana pasada, el ocho de octubre, bajó a Dùn Dorcha un oficial del sheriff de Perth con un hombre que lo acompañaba.

Un hombre grande. Rapado. Unas tijeras de tundir en el cinto de este largo.

—Separó las manos—. Dicen que traía una cédula.

Que reclama a un siervo fugado y ladrón.

Que da hasta el martes después de San Martín para entregarlo, o doscientas marcas y el pax del paño.

—Doscientas marcas.

—Es lo que dicen.

—Torquil no las tiene.

—Torquil las tendría si vendiera la mitad del glen. —Tam por fin lo miró—. Murchadh, sé lo que estás pensando.

—No estoy pensando nada.

—Estás pensando con la mandíbula. Se te mueve.

Beathag dejó el cuenco en el suelo con un golpe leve. No habló. Era una de sus virtudes más raras.

Murdo se volvió hacia el arroyo. Desde allí se veía el valle, un cuenco de brezo oxidado y niebla baja, con el río de plata abriéndose paso hacia el sur.

Más allá, tras tres montañas, estaba Dùn Dorcha.

Un año antes había dormido en su cuadra.

Un año antes había cruzado su patio con un cubo de azul y una mujer pequeña, de ojos que no se estaban quietos, lo había mirado trabajar durante seis meses sin decir una palabra.

Tardó meses en notar que ella no miraba las manos.

Miraba el proceso. Cada gesto, cada medida, cada vez que echaba la raíz machacada al caldo, cada vez que el mordiente se oscurecía.

Lo miraba como se mira a quien se va a leer.

Una mañana, al acabar la tarea, Murdo se había vuelto y la había encontrado dibujando en la ceniza, con un palito, una columna de números. Las proporciones. Todas. Ni una mal.

—Dime que no lo sabía —murmuró.

—¿Quién? —preguntó Tam.

—Nadie.

La noche del catorce de agosto le había dejado una cinta tejida con siete franjas sobre la mesa del telar.

No como regalo. Como carta. Una carta que solo ella podría leer, porque solo ella sabía mirar un tejido y ver lo que había debajo.

Se la dejó y se fue antes del amanecer, a pie, sin despedirse, porque cualquiera que le dijera «adiós» a Sorcha MacKerron a la cara tendría que ver cómo se quedaba callada. Y él no habría podido irse.

Catorce meses. Y ella, en vez de esconder la cinta en un cofre, había hecho lo único que una mujer así podía hacer. Teñir un rojo. El rojo.

Y venderlo en la feria de Perth, donde estaba Wouter.

Murdo se pasó una mano azul por la cara. Le dejó un rastro de índigo en la frente, como un pecado.

—Ha sido un error —confesó en voz alta.

—¿El qué? —preguntó Tam.

—Todo. Ella cree que el rojo es un secreto. No es un secreto. Es una firma.

—¿Ella?

Beathag levantó la vista al cielo con una paciencia casi religiosa.

—Si vas a hacer una tontería, a bhalaich —sentenció—, hazla con el estómago lleno. Come.

—No tengo hambre.

—Nadie ha preguntado si tenías hambre.

Comió. Tres cucharadas, de pie, sin sentir el gusto. Después fue al aprisco, sacó de debajo de la paja un hatillo que no había abierto en meses y lo ató a la espalda con dos nudos. Una cuchilla. Una piedra de afilar. Un puñado de cuentas de arcilla. Una camisa limpia.

—No voy a ir a entregarme —dijo mirando a ninguna parte—. Todavía.

—Nadie ha dicho que vayas a entregarte —replicó Beathag.

—Voy a bajar a Dùn Dorcha. Voy a quemar las recetas. Voy a hablar con la tejedora.

—Hablar —repitió Tam, con un tono que hizo que una oveja alzara la oreja.

—Hablar.

—Con la que no habla.

Murdo no respondió. Se echó el hatillo al hombro y miró una vez más el aprisco, el humo del hogar, el rostro arrugado de la vieja, que lo contemplaba con una ternura lacónica, de esas que se disfrazan de reproche.

—Llévate la manta gris —añadió ella—. Hace frío en el Bealach.

—Gracias.

—No me des las gracias. Vuelve.

No contestó. Hay promesas que un hombre con las manos azules no puede hacer sin mentir, y Beathag lo sabía. Por eso se las pedía.

Bajó por el sendero con la luz muriendo a su espalda. Cuando se volvió, al llegar a la primera peña, la vieja seguía de pie en el umbral, con la oveja de la oreja partida a su lado, las dos mirándolo irse con idéntica expresión.

Esa noche durmió bajo una roca, sin fuego. Soñó con una mujer pequeña que le tendía una cinta y que no decía nada, y se despertó antes del alba con las palmas apretadas contra el pecho, como si hubiera tenido algo entre ellas.