Capítulo 1. La torre de las tintorerías
Un secreto bien guardado hace menos ruido que una aguja al caer, y aun así se oye desde el otro lado de la puerta.
Sorcha MacKerron llevaba tres noches dentro de un caldero de cobre, y empezaba a tener opiniones sobre el cobre.
Era frío. Era redondo. Era, sobre todo, estrecho para una mujer con las rodillas pegadas a la barbilla y una cinta de lana enrollada a la cintura, bajo el vestido, apretada como una confesión.
Tenía el cuello rígido. Tenía el pie izquierdo dormido desde la medianoche.
Tenía, por encima de la cabeza, el techo abovedado de la torre de las tintorerías de Dùn Dorcha, con sus vigas ennegrecidas por años de vapor y el olor que no se iba nunca: a orina vieja, a ceniza de haya, a hierro.
Fuera ladró un perro. Una sola vez, como quien pregunta la hora.
Sorcha dejó de respirar.
Los pasos llegaron después. No pasos de guardia.
Los guardias de Torquil caminaban como hombres que quieren que los oigan.
Aquellos eran lentos, pesados, de alguien que sabe exactamente cuánto pesa y ha decidido no avergonzarse de ello.
La puerta, que ella misma había dejado sin trabar, se abrió con un quejido corto.
Entró una luz. Una linterna de cuerno, con la ventanilla entornada para que solo escapara un dedo de claridad. Sorcha la vio nacer en el borde del caldero y trepar por la pared como un gato lento.
Después vio al hombre.
Era enorme. Ella había oído hablar de hombres enormes toda su vida, en baladas y en salas de justicia, y siempre había pensado que se exageraba.
No se exageraba. Aquel hombre tenía la cabeza rapada, lisa como una calabaza de otoño, y un manto gris de paño bueno, demasiado bueno para un ladrón.
Del cinto le colgaban unas tijeras. Unas tijeras de tundidor, de dos palmos de largo, con las hojas abiertas en reposo como las patas de un insecto.
No miró hacia el caldero. Miró la mesa.
Sobre la mesa estaba el libro de cuentas de la torre.
Lo había dejado ella allí, a la vista, con las tapas gastadas y la tinta del último asiento todavía un poco brillante.
Dentro había cuatro hojas escritas de su puño y letra.
Una receta de rojo, con las medidas, los tiempos, el mordiente.
Una receta falsa, en realidad. Verdadera en todo menos en una cosa.
Había tardado una semana en decidir en cuál.
El hombre abrió el libro. Pasó las hojas con un dedo grueso, sin prisa. Se detuvo.
Sorcha oyó su propio corazón, que tenía ideas propias sobre cuándo debía callarse.
—Ahí estás —dijo el hombre, muy bajo.
Hablaba con una suavidad casi doméstica.
Alguien que dice «ahí estás» a un gato bajo una cama.
Sacó las tijeras del cinto, y el cobre del caldero devolvió el sonido de las hojas al abrirse, un tintineo limpio, y cortó.
Un solo gesto. Las cuatro hojas se soltaron del lomo con tanta limpieza que parecían haber nacido sueltas.
Las dobló en tres. Se las metió bajo el manto.
Luego se quedó quieto.
Sorcha no había previsto aquella parte. Había previsto el robo, el silencio, la oscuridad, una cuenta de doscientos latidos y una salida a gatas por la puerta del lavadero. No había previsto que el ladrón se quedara quieto, con la cabeza ladeada, mirando algo que ella no veía.
Se acercó al caldero.
Un paso. Otro. La luz de la linterna subió por el borde de cobre y le dibujó en el labio una línea de claridad. Sorcha vio, a una mano de su rostro, la hoja abierta de las tijeras apoyarse en el reborde del caldero. Con delicadeza. Con la delicadeza de quien toca algo que valora.
Tin, hizo el metal. Tin.
—Buen cobre —murmuró el hombre—. Maistre Wouter siempre dice que en las Highlands no saben tratar el cobre. Se equivoca. Se equivoca en muchas cosas.
Y se fue.
No corriendo. Se fue como había entrado, con el mismo paso de procesión, y la puerta se cerró detrás con un quejido. La luz se llevó la pared. Quedó solo el olor a sebo y, debajo, un rastro más fino y más desagradable: lavanda.
Sorcha esperó doscientos latidos. Luego esperó otros doscientos. Después, por si acaso, los contó otra vez al revés.
Cuando salió del caldero tardó un buen rato en recordar cómo se usaban las piernas.
Tuvo que sentarse en el suelo de piedra con el pie izquierdo en las manos, mordiéndose el labio, mientras la sangre le volvía a trompicones, como un rebaño mal arreado.
Un hormigueo que era casi una risa. Se echó la mano a la cintura.
La cinta seguía allí. Siete franjas. Apretó la lana a través de la tela.
—No se llevó esa —susurró.
Sorcha MacKerron hablaba tan poco que sus propias palabras le sonaban a veces a idioma extranjero.
Se levantó, tomó el libro de cuentas con el lomo desgarrado, lo abrió, y comprobó con una satisfacción que no se parecía a ninguna otra que hubiera tenido que las hojas que faltaban eran, en efecto, las cuatro.
Las falsas. El error estaba en la tercera línea de la segunda hoja.
Una medida de alumbre que, si alguien la seguía al pie de la letra, dejaría un rojo bonito durante una semana y un charco rosa al lavarse.
Se lo había dicho Murdo una vez, hacía mucho.
«El rojo que se va con el agua es un robo».
Apartó el pensamiento como quien aparta una mosca. No era noche para él.
Salió al patio de la torre.
Había luna, de las que no ayudan. El aire olía a turba y a lago. Más allá del muro del lavadero, donde los canales traían el agua del Loch Dorcha para las tinas, se oía el gorgoteo de la corriente. Un sonido ordinario. Casi.
Casi.
Sorcha se detuvo.
Conocía aquel gorgoteo. Lo había escuchado durante un año entero, cada mañana. Era el de la compuerta cerrada, con el agua rodeándola por los lados, un murmullo hueco y contenido. El que oía ahora era distinto. Más ancho. Más libre.
Bajó al canal. La compuerta del lavadero estaba alzada.
La barra de hierro que la sostenía, gruesa como un antebrazo, descansaba apoyada contra el muro, con las muescas limpias y algo de grasa fresca en la cabeza.
Nadie había forzado nada. Nadie había roto un candado.
Alguien con llave, o con permiso, o con la mano de quien vive allí, había levantado la barra desde dentro para que el hombre de las tijeras pudiera entrar por el canal sin tocar a los perros.
—¿Se puede saber —dijo una voz seca a su espalda— cuánto tiempo has pasado dentro de ese caldero?
Torquil MacRannoch venía por el patio con una antorcha y cara de no haber dormido desde la Candelaria. Descalzo, con la camisa por fuera y la espada colgada de cualquier manera. Detrás, dos guardias con el aire de quien llega tarde a un incendio que ya se ha apagado solo.
—Tres noches —dijo Sorcha.
—¿Tres?
—Sí.
—¿Y no se te ocurrió decírmelo?
—Se me ocurrió.
—¿Y?
—Y pensé que era una idea mala. Las ideas que se dicen en voz alta suelen ser peores.
Torquil la miró durante un largo rato. Era un hombre al que no se le daba la ternura y que la sustituía por una paciencia terrible, de la que hacía temblar a los criados. Se pasó la mano por la cara.
—Ailsa tiene razón —dijo al fin—. Eres la persona más peligrosa de esta fortaleza, y nadie se ha dado cuenta porque no hablas.
—Me parece bien.
—No me lo parece a mí. —Señaló el canal con la barbilla—. ¿Qué has visto?
Sorcha tendió el libro con las dos manos, en silencio. Luego señaló la barra de hierro, apoyada contra el muro, limpia y engrasada.
—Nadie ha forzado esa compuerta —dijo—. Alguien de dentro le ha abierto la puerta.