Capítulo 50. Epílogo. San Miguel
Un año es poco para cambiar un castillo, y de sobra para cambiarle la cocina.
Cailean lo comprobó a las cinco de la mañana del veintinueve de septiembre, en las cocinas de Dùn Callan, donde llevaba una hora de pie, con un delantal de Seonaid atado dos veces a la cintura y una pierna de venado sobre la mesa que nadie le había pedido que mirase.
La cocina olía a hinojo, a grasa tostada y a cuarenta cosas más que él habría podido nombrar con los ojos cerrados y de ninguna de las cuales le dejaban encargarse.
—Fuera —dijo Seonaid, sin volverse.
—Solo quería saber cómo la vas a asar.
—Como llevo treinta años asándola. Fuera.
—Es el banquete de San Miguel.
—Lo sé qué banquete es. Lo sé mejor que tú.
—Se volvió por fin, con las manos en las caderas y una expresión que hizo recular a un pinche—.
Hace un año cociné para cuarenta con las manos frías, y a la mañana siguiente me dijeron que habían matado a mi señor Domnall.
Hoy cocino para ochenta. Hoy sale bien. Y sale bien conmigo, no contigo, porque tú te pondrás a explicar y yo me pondré a oírte, y se quemará.
Cailean levantó las dos manos, vencido.
—La salsa —dijo.
—La salsa es tuya. Solo la salsa. Y el postre. —Le tendió una cuchara de palo, como quien da una condecoración—. Ahora, a la capilla. Los novicios de los culdees han llegado y el niño está nervioso.
Salió de la cocina con la cuchara en la mano, que era lo más parecido a un bastón de mando que le habían concedido nunca, y lo lució por el pasillo hasta que un pinche le preguntó si iba a remover algo.
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Lo recibieron en el patio cuando el sol ya estaba alto, un sol de otoño bajo y dorado, de esos que alargan las sombras y le dan a la piedra gris un tono de miel vieja.
Habían llegado los jefes, los seis, con sus mujeres y sus hombres; los culdees con Angus, que ya había cumplido ochenta y uno y fingía no darse cuenta; los carboneros, con barriles de Beitris y un debate renovado sobre quién había nacido primero.
Ruari, que a los dieciséis llevaba el cuchillo de montero de su padre y la lengua de siempre, había sido nombrado guardabosques de Strath Callan, con la condición de que pasara el invierno de aprendiz de Lulach, cosa que le había costado cuatro mordiscos de Mala Hierba y ninguna de sus opiniones.
Hobb, con una cicatriz nueva y una espada de verdad, mandaba en el patio los martes, y Wymund, ascendido a sargento mayor y con una cara por fin tranquila, le dejaba.
Mala Hierba, atada al abrevadero, mordía por orden de llegada.
Hasta Lulach estaba allí, sentado en un banco al sol, con Padre Abad lamiéndole el gorro, porque el ciervo manso se había mudado al patio de armas en abril y no había hombre ni mastín capaz de convencerlo de lo contrario.
Colm estaba de pie delante del mormaer. Diez años recién cumplidos.
Más alto, con el pelo rojizo cortado a tazón y los hombros rectos de un niño que ha aprendido a plantarlos.
En Pascua había ido a Elgin, con Cailean, a ver a su madre durante la hora que le permitían, y había vuelto con los ojos hinchados y un pergamino doblado en la manga con una sola línea de letra torcida: «Habla despacio».
Lo guardaba en una caja de madera junto al lecho.
Lo sabía Cailean porque lo había visto, y no se lo había dicho a nadie.
El viejo Maol Ìosa estaba en su silla, flaco y claro, con las pupilas del tamaño que Dios manda.
La voz le salía despacio, pero sin tropiezos.
Había pasado el invierno aprendiendo a leer los números de nuevo y a recordar los nombres de todos los criados, y se había hecho insoportable en el mejor sentido: preguntaba por todo.
Tomó la Vara Blanca del cojín que sostenía Cailean, que se la había traído esa mañana de la cámara del viejo, y la tendió al niño.
—Recíbela —dijo—. Nadie te la puede dar por la fuerza. Y tú no puedes tomarla si no es para devolverla cuando llegue la hora.
Colm la agarró con las dos manos. Los dedos pequeños apenas daban la vuelta a la vara.
—La recibo —dijo, sin trabarse.
Los bastones golpearon la piedra. Un trueno corto, de madera. Cailean notó, de pronto, una mano en la suya, junto a él. Una mano llena de callos de cuerda.
—Estás llorando —susurró Catriona.
—Es el humo.
—No hay humo.
—Es el humo de dentro.
Ella no contestó. Le apretó los dedos un segundo, y luego lo soltó, que era su manera de decir algo que no sabía decir de otra forma.
Cailean pensó en el año que había pasado. Había aprendido a callar tres veces al día, a cederle el cucharón a Seonaid, a leer una tablilla de boj, y a dormir sin oír una soga. De todo eso, lo único que le había costado de verdad era lo último.
El mormaer lo llamaba hijo delante de todos desde la fine. A veces, a solas, se equivocaba y decía Mac an Fhèidh, y se reían los dos sin que nadie más entendiera la gracia.
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Por la tarde, cuando la fiesta se espesó en música y cerveza, él se escapó al muro de poniente con un cuenco de salsa de arándanos para probar con el pan de Tuathal, que ya no le parecía un ladrillo.
Desde allí vio, en la ladera del valle, a dos figuras agachadas sobre la hierba amarilla.
Una era más alta y llevaba una trenza gruesa sin gorro.
La otra tenía diez años y una Vara Blanca atada a la espalda, porque se había negado a soltarla ni para jugar.
Fue hacia ellos. Ella iba delante por la ladera, y el niño detrás, pisando exactamente donde ella pisaba, con la concentración de quien cruza un río por piedras.
—Pisa donde piso —decía Catriona, sin volverse—, y no te cansas.
Cuando llegó, estaba explicando.
—…y fíjate en la pezuña. Está hundida delante. Cargaba peso. Es un macho viejo, de los que bajan a beber al amanecer y no se dejan ver. Pero este —señaló una marca— venía asustado. Mira cómo se abre el paso. Se asustó de algo que no era un hombre.
—¿Y cómo lo sabes?
—Porque los rastros no mienten —dijo ella—. La gente sí, pero deja rastro.
Colm lo anotó en una tablilla de boj. Cailean sonrió contra la brisa. La tablilla era un regalo; la cera, de ella; la letra, toda del niño. Escribió despacio, con la lengua entre los dientes.
—Capitán —dijo Colm, sin levantar la cabeza—. Viene un hombre a caballo.
Venía por el camino real, entre los abedules, a paso rápido, con una capa parda manchada de barro de muchas jornadas. Llegó hasta el pie de la colina, se bajó de la silla con un gesto de cansancio y sacó de una bolsa de cuero un pergamino atado con una cinta azul.
—Para Catriona nighean Fhionnlaigh, la Montera —anunció—. De Dun Dorcha.
Ella lo tomó. Rompió el sello con la uña, leyó, y se quedó callada mucho rato.
—¿Dun Dorcha? —preguntó Cailean—. ¿No son los de las seis bodas de la niebla negra?
—Lee.
Le tendió la carta. La letra era enérgica, clara, de mujer que sabe lo que pide: «Dicen que eres la mejor rastreadora de las Highlands. Necesito que encuentres a alguien. Pagaré lo que pidas. Sorcha MacKerron».
Alzó los ojos. Catriona estaba mirando el horizonte, hacia el norte, donde las montañas se ponían azules. En su cara no había prisa, ni miedo. Había una atención nueva, de quien oye cantar un pájaro que no conoce.
Colm, con la tablilla en las manos, levantó la vista de uno a otro.
—¿Vais a ir?
Cailean dobló la carta con cuidado.
—¿Vamos? —preguntó.
Catriona se echó la trenza atrás. Sonrió, y fue una sonrisa pequeña, de las que no se ven más que de cerca.
—Esta vez, tú delante.