Capítulo 49. Pisar donde pisan
Una boda sencilla es la que da más trabajo, y lo saben todos menos el novio.
Catriona se dejó vestir como se deja uno curar de un mal que no se ha pedido: apretando los dientes.
Seonaid le había prestado un vestido de lana verde, y Beitris la Zorra, que se había quedado tres días en Dùn Callan con la excusa de «ayudar», la había peinado con un entusiasmo de capador.
Le habían soltado la trenza, y el pelo le caía por la espalda como cuerda mal enrollada.
—Estás guapísima —dijo Beitris, con los ojos húmedos.
—Estoy rara.
—Es lo mismo.
Se miró los pies. Llevaba calzado de fiesta, de cuero blando, que no le habían dejado cambiar por las botas de monte. Se movió. Notó cada piedra del suelo como si fuera una pregunta.
—No sé andar con esto.
—Nadie sabe. —Seonaid le colocó el último pliegue del manto—. Camina despacio. Mira al frente. Y si te caes, que sea hacia él.
Al otro lado de la puerta, Hobb ensayaba.
Tenía ya un cabestrillo nuevo, de lino blanco, que le hacía parecer un ángel manco, y gritaba nombres contra el patio vacío con una voz que le sobraba: «¡Catriona nighean Fhionnlaigh, la Montera!
¡Cailean mac Maol Ìosa, capitán, tutor!».
Se interrumpía, tosía, probaba otro orden.
Òrd y Òran, a su lado, discutían por tercera vez quién debía abrir la puerta de la capilla, porque era una cuestión de rango y el rango dependía de quién hubiera nacido primero.
—La puerta la abre quien llegó primero a la boda —dijo Òran.
—Llegué yo.
—Llegué yo, y tú te perdiste.
—Me perdí porque tú me indicaste mal.
Catriona cerró los ojos un segundo. Tuvo ganas de quedarse en la torre, con la manta, con el venablo. Luego oyó, abajo, la voz de Cailean hablándole a alguien sin parar, nerviosa y rápida como un arroyo, y sintió que algo se le aflojaba en el pecho.
Bajó.
• • •
San Miguel era una capilla de piedra pequeña, con un suelo irregular y una ventana alta por donde entraba la luz de diciembre, delgada y blanca como un hilo de leche.
Habían fregado las losas tantas veces desde septiembre que estaban casi blancas, y todavía conservaban un frío que ni cien velas habían quitado.
Catriona entró del brazo de Lulach, que se había negado a ir en angarilla por una vez y avanzaba con dos bastones y una pierna rígida, gritando órdenes al aire.
—¡Pisa firme, niña! ¡Que se vea que eres de buena familia!
—Es una capilla, Lulach.
—¡Por los dientes de mi abuelo, una capilla es una trampa con techo!
Se rieron los de las primeras filas. La capilla estaba llena hasta las puertas: los jefes con sus mujeres, los culdees de Loch Dùn en un banco entero, Tuathal con una bolsa que olía a pan, la gente de Tom na Croiche, la guardia de Callan con los brazos cruzados tras la espalda, sin armas, como si les avergonzara.
Al fondo, en una silla, envuelto en pieles de zorro, el mormaer Maol Ìosa sonreía con los ojos pequeños y claros.
Cailean la esperaba al pie del altar. Se había lavado, afeitado la barba hasta dejarla corta, y le habían puesto una túnica azul oscura que le quedaba un poco ancha.
Estaba muy pálido. Había encendido, antes de que llegara nadie, una vela en el nicho de Domnall, y ella la vio arder, pequeña y recta, a su espalda.
Cailean no se lo había dicho. Ella entendió que no se casaba en aquella capilla a pesar de lo que había pasado en ella, sino por eso mismo: para devolverle el sitio a quien se lo habían quitado.
Esa mañana, al salir de Allt Bàn, ella había puesto el venablo sobre la silla vacía de su padre, la que no había movido en cuatro años. No era una despedida. Era un aviso: hoy no estoy de guardia.
Colm, de paje, llevaba el anillo sobre un cojín de lana. No sonreía; apretaba el cojín con las dos manos, y se mordía por dentro del carrillo para no equivocarse de puro susto. Cuando Catriona pasó a su lado le guiñó un ojo, y el niño, solemne, se lo devolvió con los dos.
El padre Àron los casó en un gaélico lento y pausado, cuidando cada palabra, con las manos aún un poco temblorosas.
Cuando le tocó a Cailean decir su parte, la dijo entera: que la tomaba por esposa, que prometía lealtad, cuidado y comida caliente, que se comprometía a no guisar jamás sin ella delante, a no hablarle mientras comía el primer bocado, que juraba ante Dios y ante los presentes y ante este niño, sobre la memoria de su madre, de su hermano y de…
—Hijo —interrumpió Àron con ternura.
—Perdón. Me emociono.
—Lo sé. Basta con el sí.
—Sí.
—Catriona —dijo el capellán—, ¿tomas a este hombre?
Ella miró a Cailean. Veintitantas cosas se le pasaron por la lengua, y las apartó todas.
—Sí.
Salió entero, sin un solo tropiezo: la primera vez en su vida que decía una cosa tan grande sin que la lengua se quedara atrás.
—¿Eso es todo? —murmuró Lulach, desde el primer banco, con su susurro de cantera.
—Es todo —contestó ella, sin volverse.
Lulach dio un golpe de bastón de aprobación. El eco tardó tres bancos en apagarse.
Desde el pasillo llegaba el olor de lo que Seonaid había dejado a fuego lento, y a Catriona le pareció que ese era el único oficio de la casa que no necesitaba ceremonia para ser sagrado.
Colm adelantó el cojín. El anillo era un aro oscuro, grueso, sin adorno, hecho de hierro negro y pulido a mano hasta que brillaba como agua de lluvia.
Lulach lo había mandado forjar al herrero del castillo con un cepo roto, de los de ella, uno de los que habían cobrado pieza en Gleann Bàn.
Se lo puso Cailean en el dedo con un cuidado de joyero, y ella notó el peso, frío, firme, de un hierro hecho para no soltar.
—Es un cepo —dijo, muy bajito.
—Es un cepo —admitió él—. Lo bueno del hierro es que no se suelta.
Nadie lo oyó. Pero el mormaer, desde su silla, levantó una mano nudosa, y la bendición cayó sobre los dos como una manta.
—Hija mía —dijo. Lo dijo con la voz clara. Y Hobb, que se había quedado sin guion, anunció «¡Casados!» con un chillido tan agudo que los gemelos se rieron los dos a la vez, y se interrumpieron, y se acusaron mutuamente de haber empezado.
• • •
Lo que pasó después no se lo contó a nadie, ni a las tablillas, que ese día se quedaron en el arcón por primera vez en diez años.
Habían vuelto a la cabaña de Allt Bàn con una antorcha y una cesta que Seonaid les había puesto en las manos sin preguntar.
Ruari dormía en el castillo, con Hobb, por orden expresa de su cuñado y con una amenaza velada de dos días sin cena si aparecía por el bosque antes de pasado mañana.
Fuera caía una nevada suave, de esas que cubren lo que se ha hecho.
El tejado nuevo de alerce crujía de vez en cuando, estrenándose, y el humo del hogar subía derecho por el agujero como un hilo que alguien sostuviera desde arriba.
Hacia la madrugada, cuando el fuego era brasa y la cabaña olía a resina y a piel, ella se incorporó y puso el pie desnudo en el suelo. Estaba helado.
Cailean, que ya estaba de pie junto al hogar, con una manta echada en los hombros, había extendido sobre las tablas un camino de pieles de lobo, una tras otra, desde el lecho hasta la lumbre. Lo había hecho en silencio. Se quedó en la última, descalzo, y le tendió la mano.
—Cariño —dijo—, pisa donde piso.
Catriona se miró el pie desnudo, apoyado en el borde de la primera piel.
—Tengo los pies fríos.
—Eso —dijo él, con la sonrisa más grande que ella le había visto en toda su vida— es otro rastro.