TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 48. La cena de la sabuesa
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Capítulo 48. La cena de la sabuesa

Quien habla sin parar tiene una desventaja: cuando por fin tiene algo que decir, nadie se da cuenta de que ha cambiado de marcha.

Cailean llevaba dos días ensayándolo. A las cinco de la mañana había pelado manzanas con la misma concentración con que otros rezan, y se había cortado dos veces.

Lo ensayó a caballo, entre el castillo y el bosque, con voz grave y con voz de pastor y con la de un notario normando que había conocido en Perth.

Lo ensayó delante de Mala Hierba, que lo mordió por tercera vez en la semana, y delante del espejo de agua de un cubo, que le devolvió una nariz torcida y una frente de hombre que va a pedir un préstamo.

Todas las versiones eran malas, y la del notario, la peor, porque lo hacía sonar a testamento. Las que sonaban bien eran las peores.

La cabaña de Allt Bàn olía a resina. Òrd y Òran la habían levantado en nueve días, con un tejado nuevo de alerce y el hogar rehecho piedra a piedra, y habían discutido cada clavo, de modo que cada clavo era de uno de los dos y ninguno le perdonaba al otro el suyo.

Había una mesa. Había un banco. En la pared de la izquierda, los estantes de las tablillas, que los gemelos habían recolocado por tamaño y no por fecha, y que Catriona había pasado la tarde anterior devolviendo a su orden con cara de dueña de huerto a la que han entrado las cabras.

Y había, contra la pared del fondo, un montón de pieles de lobo con un bulto que roncaba.

El bulto se llamaba Ruari y llevaba roncando desde antes de que llegara nadie.

—Son las seis de la tarde —dijo Cailean, en voz baja, removiendo la olla.

—Estoy cansado —contestó el bulto, con la voz perfectamente despierta, y volvió a roncar. Era un ronquido muy regular, hecho con método. Nadie ronca con esa puntualidad.

—Lo estás haciendo mal.

—Lo hago como un muerto. Déjame, que estoy muerto.

Cailean le echó a la olla otro puñado de cebada y se calló, porque se había oído una pisada en la nieve de fuera, la que él conocía: breve, plana y segura, de quien no necesita mirar dónde pone el pie.

• • •

Venía de ver las trampas, con el gorro de piel cargado de nieve y una liebre muerta colgando del cinto. La dejó sobre la mesa sin ceremonia y se sacudió. Olió. Ese gesto suyo, de olfatear una habitación antes de entrar, como si pudiera leerla.

—Liebre —dijo.

—Para mañana, que tiene que colgar. Hoy es esto.

—Señaló la olla—. Cordero con cebada, ajo seco, sal gorda de la que trajo Beitris, y un poco de tomillo que me ha dado Seonaid de una maceta que no sabe que me ha dado.

Pan de avena. Queso. —Se secó las manos en el delantal—.

Y no voy a explicarte cómo se hace, porque tú no has preguntado y porque hoy tengo otra cosa que decir.

—Eso es nuevo —dijo ella.

Se quitó el gorro y lo colgó de un clavo, uno de los de Òrd, que se notaba por lo torcido. Después se lavó las manos en el cubo, despacio, y Cailean pensó en otro hombre que se las había lavado a todas horas. Odo se las lavaba para borrar; ella, para empezar.

Se sentó. Él le puso el cuenco delante.

Comieron. Era una cena como las otras, de las que había guisado para ella durante dos meses, y esa familiaridad era peor que el miedo.

Ella comió despacio, con la atención de quien lee, y él la miró comer.

Tenía manchas de ceniza en la barbilla. La trenza se le había deshecho.

La luz del hogar le subía por la mejilla y le daba un color de miel a las pecas.

El ronquido de Ruari subió un tono, solemne.

Cailean dejó la cuchara.

—Quiero decirte una cosa y llevo dos días buscando cómo —empezó—. Y lo he probado de todas las maneras, y de todas me sale mal, porque tú no eres una persona que se convenza con frases. Tú te convences con lo que ves. Así que voy a decirte lo que hay, y tú lo miras.

Ella dejó de comer. Apoyó las manos en la mesa.

—Hay un hombre. Tiene treinta años, una nariz que se la rompió un caballo cuando tenía ocho, un costado que no se termina de cerrar y un padre que le puso nombre ayer, delante de todos.

Tiene un cargo que no ha pedido: tutor de un niño de nueve años.

Vive en un castillo donde la mitad de la gente lo mira mal.

No tiene tierra, ni plata, ni más oficio que guisar y gritar órdenes.

Habla demasiado. Le han dicho que es insoportable, y es verdad.

—Respiró—. Y lo único que sabe hacer bien es esto. Seguirte con los ojos.

—Cailean.

—Déjame acabar, que no sé si me sale otra vez.

Ella cerró la boca.

—No te pido que me sigas. —Le temblaba la voz, y no se esforzó por corregirlo—.

Tú no sigues a nadie; nunca lo has hecho.

Eres tú quien va delante. Eso lo supe desde el primer día.

Te pido que pises donde piso. Que andemos los dos por el mismo suelo.

Que te cases conmigo, Catriona nighean Fhionnlaigh, en San Miguel, delante de quien quiera mirar.

Se hizo un silencio, y Cailean descubrió que él, que tenía una frase para cada hueco del mundo, no sabía qué hacer con las manos. Las puso sobre la mesa. Las quitó. Oyó crepitar un leño y a la brasa asentarse, y oyó, ridículamente, su propia respiración.

Catriona lo miraba sin pestañear, con la cabeza un poco ladeada, igual que miraba una pista antes de pisarla.

Había en sus ojos pardos algo que él no le había visto nunca: la cara de quien se ha pasado la vida rastreando piezas que pedían otros y encuentra de pronto, atada a su puerta, una que es suya. Los labios le temblaron. Se los mordió.

Del rincón del fondo, el ronquido de Ruari se detuvo en seco. Se oyó, muy bajito, una respiración contenida. Y luego, rápido, el ronquido volvió, esta vez con vibrato.

—Elige sabiéndolo —añadió Cailean, con la boca seca—. Yo ya sé lo que elijo. No quiero que lo hagas por deuda, ni por lástima, ni porque nos hemos salvado la vida, y tú has salvado la mía más veces que yo la tuya. Quiero que lo hagas porque sí.

Ella se levantó. Dio la vuelta a la mesa, con paso de rastreadora, sin hacer ruido, y se plantó delante de él. Le puso las dos manos en la cara, como el día de Loch Dùn. Lo miró a los ojos. Vio todo lo que él había querido que viera, y lo que no.

—Siempre —dijo.

Era la palabra más corta que le había oído, y no necesitó otra.

Del rincón de las pieles salió un sonido ahogado, como de ratón al que han pisado la cola, y Ruari, con una discreción que no engañó a nadie, estornudó, dijo «perdón, es el polvo» con voz de sueño muy bien fingido, y siguió durmiendo.

La besó, o ella a él; a la altura de aquel momento no importaba.

Sabía a cordero y a humo y a algo que él habría puesto en la receta de la felicidad si la felicidad tuviera receta, que no la tiene, ya lo había comprobado.

Cuando por fin se separaron, a un dedo de distancia, ella tenía los ojos húmedos y le miraba el delantal con una atención extraña.

—¿Hay postre? —preguntó.

Cailean soltó una carcajada, de esas que le salían del costado herido y le hacían daño, y le dio igual.

Se fue hasta el alféizar, apartó el paño y volvió con una tarta de manzanas silvestres y avellanas, todavía tibia, con miel por encima y un borde dorado que había rehecho tres veces, porque la primera se le había quemado de puro nervio y la segunda de pura impaciencia.