Capítulo 47. La Vara
Soltar lo que se ha defendido tres meses cuesta más que defenderlo, y casi nadie lo ensaya.
Catriona nunca había visto a Cailean hablar poco.
Lo vio esa tarde. Se plantó en el centro del patio, con la nieve pisoteada hasta el barro alrededor, delante de los seis jefes y del abad y del viejo en su silla de ruedas, y levantó la Vara Blanca con las dos manos, como se muestra un pez demasiado grande para la sartén.
El anillo de plata brilló un poco en la luz baja de diciembre.
—He llevado esto tres meses —dijo—. Me la puso en la mano mi hermano cuando se moría. Y yo creía que pesaba por lo que valía. Pesa por lo que obliga.
Hubo un murmullo. Donnchadh Ruadh se cruzó de brazos.
—Se la devuelvo a la fine. No la tomo para mí, y no se la entrego a nadie por miedo.
—Miró al mormaer, y luego a los jefes—. Esta es mi propuesta.
Colm mac Maol Ìosa es el heredero por la sangre que le toca.
Que sea inaugurado en San Miguel del año que viene, cuando cumpla los diez, a la vista de todos.
Hasta entonces, que el mormaer viva y mande lo que le queda de cabeza, que es mucho más de lo que algunos de vosotros presumís.
Y que yo sea tutor del niño y capitán de la casa, sin más título que el que me deis.
Una pausa. Catriona lo vio mirarse los pies, y comprendió que aquello le costaba más que haber matado a Odo.
La palabra era su arma desde que lo conocía: la había visto usarla para abrir puertas, para salir de apuros, para llenar silencios que la asustaban a ella.
Esta vez la usaba para quedarse sin nada en las manos, y lo hacía con una calma de hombre que ya ha echado las cuentas.
—¿Y por qué vamos a fiarnos de ti, bastardo? —gruñó una voz.
Era Gille-Crìosd Bàn, el de Glen Ruadh, un hombre ancho con las manos como palas de horno.
—No os fiéis —dijo Cailean—. Poned a Lulach que me vigile. Es sordo de un oído, pero con el otro oye mentir a veinte leguas.
—¡Por los dientes de mi abuelo, es verdad! —gritó Lulach desde la angarilla.
Se rieron. Fue una risa corta, de nervios, y a Catriona le pareció la mejor señal del día. Hasta Donnchadh Ruadh torció la boca, que era lo más parecido a reírse que le permitía la barba.
—Cat —susurró Ruari, que se le había colado al lado con el gorro torcido—. Si ese es capitán, tutor e hijo del mormaer, ya no puedo decir que te casas con un bastardo.
—No me caso con nadie.
—Cat. Te está mirando como un perro mira una olla.
—Cállate.
Donnchadh Ruadh tardó en descruzar los brazos.
—Un niño de nueve años —murmuró—. Un viejo con la cabeza a medias. Un capitán que no tiene ni apellido…
—Tiene el mío.
La voz salió de la silla de ruedas. Maol Ìosa se había incorporado un palmo, apoyado en los brazos de madera, con las pieles resbalándole de los hombros. Los mozos hicieron el ademán de ayudarle, y él los apartó sin mirar.
—Lo digo con la cabeza clara, que hace diez noches que la tengo y la voy a gastar bien.
Este es mi hijo, Cailean mac Maol Ìosa. Mi hijo.
No «el capitán». —La voz se le quebró y siguió igual—.
Debí decirlo hace seis años, cuando lo traje.
Tuve miedo de lo que se murmurara. Ya se ve lo que cuesta el miedo.
Hubo un silencio largo, y fue Colm quien lo rompió. Estaba junto a la silla, medio escondido entre los pliegues de piel, con las orejas rojas.
—Yo quiero que sea él —dijo, claro—. Mi tutor.
Dio un puñetazo seco con el bastón en el suelo Gille-Crìosd Bàn.
Otro, Donnchadh Ruadh. Después los demás, uno a uno, el golpe sordo de la madera contra la piedra y el barro, y el patio entero temblando un poco.
No fue unánime. Dos de los jefes se quedaron con el bastón quieto, gruñendo entre dientes, y uno escupió al suelo.
Pero Angus, desde su litera, alzó la mano y dijo con voz de campana vieja que bastaba la mayoría, y que la fine hablaba.
Cailean puso la Vara en manos del mormaer. Él la tomó con los dedos hinchados, la miró, y se la devolvió.
—Guárdala tú hasta que sea hora —dijo—. Es la única cosa en este castillo que no se ha puesto a mentirme.
Era la segunda vez en tres semanas que Cailean abría las manos delante de todos, y la primera que no le temblaban.
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Anochecía temprano, como anochece en diciembre en el norte, de golpe, igual que una puerta que se cierra.
Detrás del muro, los carboneros cantaban.
Òrd empezó una canción de talar árboles y Òran la corrigió a la segunda estrofa y los dos acabaron cantando versiones distintas con mucha convicción, mientras Beitris les gritaba que el que sabía la letra era ella.
Catriona se había quedado junto al pozo, donde la nieve estaba revuelta y donde se había arrodillado esa mañana. Desde allí vio salir a Hermengarda de la torre.
Iba vestida de camino, con una capa negra, sin joyas.
A su lado marchaba Wymund, que cargaba un fardo pequeño y se esforzaba en no mirarla.
Había una carreta de bueyes esperando en la poterna este, la misma por donde había entrado la fine esa mañana, con dos hombres con antorchas para llevarla a hacer noche en la aldea del valle.
Colm estaba de pie al pie de la escalera, con Seonaid detrás, que le había puesto las manos en los hombros.
La condesa se detuvo delante del niño. Se agachó, a su altura. Le arregló el cuello de la camisa, que ya estaba bien.
—Habla despacio cuando tengas miedo —le dijo—. Y habla claro siempre. Como hoy.
—Madre…
—No. Hoy has hecho lo que hay que hacer. No lo estropees ahora.
Le puso una mano en la mejilla. La retiró enseguida, como si quemara.
Se incorporó, sin mirar a nadie, y echó a andar hacia la poterna, y más allá, sobre la nieve virgen del camino, Catriona vio, sin querer verla, la cruz de clavos que se alejaba, huella tras huella.
Las antorchas dejaban dos manchas anaranjadas en la nieve, y el chirrido de las ruedas tardó mucho en apagarse, porque el aire de diciembre lleva los sonidos muy lejos y no los devuelve.
Llevaba la vida entera leyendo lo que dejan los otros al marcharse: cuánto pesan, si miran atrás, si dudan. Esa noche, por primera vez, no leyó nada. Apartó los ojos. Fue lo más parecido a perdonar que supo hacer.
Colm no corrió tras la carreta. Se quedó con las manos de Seonaid en los hombros, mirando la poterna hasta que la última antorcha se hizo una pepita de luz, y entonces, muy serio, preguntó si podía ir a ver a la perra nueva.
—¿Qué miras? —preguntó Cailean, que se había acercado sin ruido.
—Nada.
—Mientes.
—No sé mentir.
—Pues has aprendido muy rápido. —Se puso a su lado, y callaron un rato mirando la poterna, por donde ya no quedaba nadie.
—¿Te arrepientes de la Vara? —preguntó ella al fin.
—De no haberla soltado antes. Nos habríamos ahorrado dos meses de nieve. —Sonrió de verdad, por primera vez en el día—. Aunque tú habrías tenido menos cosas que leer.
—Me bastaban tus pisadas.
—Eso es lo más bonito que me has dicho. Y lo has dicho de mis pies.
Tenía la cara cansada de quien ha estado hablando todo el día de pie y de puntillas, el costado doblado, y un resto de lágrimas en la barba que no se había limpiado.
—Mi padre me ha llamado hijo. Delante de todos. Me ha llamado «hijo» con las palabras de decir hijo.
—Lo he oído.
—He ido a pedir un sitio y me han dado un nombre. —Se encogió de hombros, un gesto que le dolió—. Ya tengo mi sitio. No es el que quería. Es mejor.