Capítulo 46. Lo que dijo el hijo
Un tribunal de jefes se parece a una olla de caldo: mientras hierve nadie sabe lo que saldrá, y el que más ganas tiene de meter la cuchara es el que menos entiende de fuego.
Cailean no metió ninguna. Se quedó donde estaba, a diez pasos de la condesa, con la Vara en la mano, y vio cómo Catriona, que en dos meses no había pronunciado una frase de más de veinte palabras, hablaba durante un cuarto de hora ante seis jefes, un abad ciego y el patio entero de Dùn Callan.
Lo hizo mal, según cualquier manual de retórica.
Empezó por el final, repitió dos veces el mismo dato, y en mitad de una frase se quedó callada, contando mentalmente, hasta que se acordó de que había público.
Y fue la mejor defensa que él había oído en su vida, porque cada cosa que decía se podía ir a ver.
Ahí está la huella. Ahí está la tablilla.
Aquí el talón, aquí los clavos, aquí el paso.
Que lo vea quien sepa. Lulach, desde la angarilla, se asomó a la nieve con un ojo cerrado y lo declaró a gritos: «¡Por los dientes de mi abuelo, es el mismo pie!
», y se sonó con un estruendo que nadie le reprochó.
Donnchadh Ruadh, el más viejo de los jefes, un hombre largo y colorado con una barba como una paja, se acuclilló, se tentó las rodillas, miró dos veces, y se puso de pie con el gesto de quien traga algo que no le gusta.
—Una huella no es una condena —gruñó.
—No —dijo Catriona—. Es una huella. Lo que no es una huella tiene que decirlo otro.
Entonces Àron bajó de la galería. El patio olía a lana mojada y a aliento de gente que no ha desayunado por no perderse nada.
Venía con la capa torcida y con las manos agarradas por delante, como si las llevara prestadas.
Habló con una voz rota, mirando siempre al suelo.
Las dos copas. La plata con reborde. El olor a tierra mojada y a miel.
La pregunta de Domnall, dos días antes de morir.
Cuando acabó, estaba llorando y no se había enterado.
Seonaid vino después, con un cuenco de madera entre las manos y la cara de una cocinera obligada a servir un plato en público. Lo dejó en una piedra del patio. Estaba lleno de vino claro del barril.
—Este es el vino que hay en su jarra desde hace diez noches, sin nada dentro. Lo que bebe desde entonces es agua con miel, que le sube el niño. Que lo pruebe quien quiera.
Nadie quiso; ni el más sediento de los jefes alargó la mano hacia aquel cuenco. Y entonces, desde lo alto de la galería, dos mozos bajaron una silla con ruedas de madera y un hombre envuelto en pieles de zorro.
A Cailean dejó de dolerle el costado de golpe, y lo notó porque el dolor era lo único que lo mantenía en pie. Era su padre.
Hacía diez días que lo había visto desde el patio, con los ojos de pupila ancha, mirándole sin verle, un abrigo de pieles con nadie dentro.
Este hombre tenía las pupilas pequeñas. Tenía la cara hundida y las manos hinchadas de gota, y el pelo blanco peinado hacia atrás como lo llevaba cuando Cailean era capitán y se sentaba a su mesa.
Los mozos lo dejaron frente al cuenco. El mormaer lo miró, lo olió, lo tomó con las dos manos, y bebió despacio.
Se secó la boca con el dorso de la mano hinchada.
—Vino —dijo—. Qué raro. Hace tanto que no sabe a vino.
Luego levantó los ojos. Recorrió el patio, uno por uno, hasta que dio con él.
—Mac an Fhèidh.
Era el apodo que le habían puesto de crío para burlarse, y que su padre, no se sabía cuándo, había convertido en algo que solo decía a solas.
Lo dijo igual que se dice el nombre de un niño que lleva toda la tarde perdido.
Cailean sintió que algo muy viejo, en el fondo del estómago, dejaba por fin de apretar.
Dio un paso y se arrodilló en la nieve, con la Vara apoyada en el hombro, sin haber decidido hacerlo.
La mano hinchada del viejo le buscó la cabeza y la encontró.
—Padre —dijo, y le salió la voz de los siete años—. Domnall me dijo, al morir: «Padre, no bebas la…».
—La copa —terminó el mormaer. Y lloró sin ruido, mirando a su mujer—. Me decías que era para la gota.
• • •
La condesa no se había movido. Seguía en el mismo sitio, muy erguida, y su rostro no cambió mientras su marido lloraba. Pero la mano que sostenía a Colm se había aflojado, y fue el niño quien se soltó.
Dio dos pasos por la nieve, solo. Era pequeño para sus nueve años, con el pelo rubio rojizo pegado a la frente y los labios azules de frío. Catriona, a un lado, apretó los puños. Cailean vio cómo se obligaba a no moverse.
—Yo… —empezó Colm—. M-mi madre…
Se paró. Se mordió el labio. Cailean, sin querer, cerró el puño sobre la Vara. Lo conocía bien: la zozobra del que tartamudea cuando miente, esa trampa de la lengua que el niño no había aprendido a vencer. El patio entero lo sabía; en Dùn Callan lo sabía hasta el perro.
—Yo quiero decirlo —dijo Colm, con una voz limpia, de golpe, sin un tropiezo—. No es por miedo. Quiero decirlo. La noche que murió Domnall, mi madre volvió de la capilla con la manga mojada. Dijo que era la lluvia. Esa noche no llovía.
Nadie se movió. Un cuervo se posó en el brocal del pozo, miró alrededor y se fue otra vez, con el aire de un pájaro que comprende que ha llegado a una mala hora. Donnchadh Ruadh, a cuatro pasos, se quitó el gorro. Fue el único ruido.
—Ni una vez se ha trabado —murmuró alguien entre los jefes.
—Ni una —dijo otro.
Hermengarda cerró los ojos. Cuando los abrió, miraba al niño, solo al niño, con una expresión que Cailean no había visto en ninguna cara y que no supo nombrar. No lo negó. No miró a su alrededor buscando salida. Levantó la barbilla, y dijo, sin alzar la voz:
—Lo hice por él.
El silencio cambió de forma. Ya no era de espera, sino de cuenta saldada.
—Domnall lo supo. Iba a decírselo a su padre, y su padre habría despertado, y habría sabido lo que yo hacía en su cámara cada noche.
Mi hijo habría sido el hijo de una envenenadora.
—No temblaba—. La daga era tuya, Cailean.
En esta casa todas las llaves de todos los arcones me pertenecen.
No pensé que te colgarían. Fue Odo, y yo se lo permití.
Es lo único que lamento de verdad, y ya no me sirve.
Hubo murmullos. Donnchadh Ruadh se volvió hacia el abad, que no había abierto la boca.
—Pronuncia tú, Angus.
—No pronuncio yo. Pronuncia la fine. —El abad alzó la cara al aire frío—. Hablad, señores.
Hablaron, poco y de pie. Ni un grito. Fue una sentencia seca, de gente a la que le pesaba: la dama de Callan entraría en el convento de Elgin ese mismo mes, tomaría los votos y guardaría silencio; no volvería a ver Strath Callan.
Donnchadh Ruadh lo dijo con la gorra en las manos, y le tembló la voz solo en la última palabra.
Hermengarda inclinó la cabeza. Era la primera vez que Cailean la veía obedecer algo, y comprendió que le costaba mucho menos que mandar.
• • •
Los jefes se desperdigaron en grupos. Catriona se quedó de pie junto a la huella con la tablilla colgando de una mano, mirándola como si no supiera qué hacer con ella. Cailean quiso ir hacia allí, y sintió que le tiraban de la manga.
Colm, con los ojos secos y la cara muy blanca, le tendía una mano pequeña. Cailean la tomó.
—Yo no quiero que se muera —dijo el niño, en un susurro que solo él oyó—. Quiero que se vaya.