TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 45. Las huellas de la condesa
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Capítulo 45. Las huellas de la condesa

La nieve nueva no miente, y por eso la gente respetable procura no ser la primera en pisarla.

Había nevado tres horas antes del alba, sin viento, con esos copos gordos que caen rectos y lo cubren todo igual: los muros, las perreras, el brocal del pozo, el patio de armas entero.

Catriona lo vio desde la poterna este, cuando Wymund descorrió el cerrojo y la puerta cedió con un gemido de bisagra.

Treinta pasos de nieve limpia, de pared a pared, sin una huella.

Una página que nadie había firmado. Olía a piedra mojada y a turba, y por debajo, muy lejos, a cera de cirios: la capilla ya ardía.

Se quedó un momento en el umbral. El corazón le iba al paso de las botas, y no a otro.

Detrás de ella entraba la fine. Venían por el hielo y por el camino, desde Strath Callan y los valles de más allá, en una fila sorprendentemente ordenada para ser gente de armas: seis jefes con sus hombres, la barba cubierta de escarcha y los mantos de lana pegados al cuerpo; los culdees de Loch Dùn en procesión, con Angus el Ciego en una litera que llevaban cuatro novicios; los carboneros de Tom na Croiche, negros contra el blanco, con Beitris la Zorra al frente, que había dejado su taberna a un vecino por primera vez en veintidós años y no paraba de mirar atrás.

Seonaid la Grande cerraba el flanco de los culdees con un cuenco tapado por un paño, sujeto contra el pecho como se sujeta a un recién nacido.

Òrd y Òran arrastraban la angarilla de Lulach, que gritaba órdenes a nadie.

Junto a la angarilla iba Ruari, con el gorro calado hasta las cejas y una expresión de quien intenta no parecer impresionado.

Cailean cerraba la comitiva, a pie, con la Vara Blanca en la mano.

—¿Preparada? —le había preguntado al cruzar la poterna.

—Es nieve. La nieve lo hace sola.

—No era eso lo que preguntaba.

—Lo sé —dijo ella, y siguió andando.

Se la había sacado del tubo de cuero. La llevaba como se lleva un cirio: recta, un poco apartada del cuerpo. Su cara era la de un hombre que se ha despedido de todas sus bromas por unas horas.

—El castillo no tiene brazo —había dicho Wymund al abrir, sin que nadie le preguntara—. Treinta y dos hombres, sin condestable. Mientras no haya orden contraria, abro la puerta a quien convoca la fine. Es la ley, y es lo único que me queda claro.

Nadie le dio las gracias. Él tampoco las esperaba.

• • •

Entraron.

Los jefes se desplegaron a un lado, con los hombres de armas a distancia prudente.

Los culdees se detuvieron al pie del muro norte.

La gente de Dùn Callan fue saliendo de las puertas como se sale de una madriguera: criados, soldados sin casaca, mozos de cuadra, caras pálidas, miradas que iban de la Vara a la fila de forasteros sin saber dónde posarse.

En lo alto de la galería, entre pieles, había una silla con un bulto dentro y detrás una figura de negro: el padre Àron, con las manos entrelazadas. No se atrevió a mirar más.

La puerta de la torre se abrió.

Lady Hermengarda bajó la escalera sin prisa.

Llevaba un vestido negro de lana fina, con el velo recogido en la nuca, y el rostro de quien lleva ocho noches velando a un muerto: ni pálida ni arreglada, sino reducida a lo esencial.

Tenía los ojos azul pizarra enrojecidos.

Le llevaba de la mano a su hijo, que caminaba un paso por detrás, con las orejas coloradas de frío y la boca muy apretada, fingiendo que no veía a nadie.

Catriona había creído que sentiría odio.

Sintió algo mucho más incómodo. Era una mujer de luto de verdad.

Aquel dolor no era teatro. Catriona lo conocía: era el mismo que ella había llevado cuatro inviernos, el de quien come por hábito y camina por costumbre.

Eso no la hacía menos culpable. La hacía, para colmo, más legible.

—Señores —dijo Hermengarda.

Tenía la voz suave, un poco ronca. Se oía en todo el patio sin que ella alzara el tono, porque todos habían dejado de hacer ruido.

—Mi hermano ha muerto. Está en la capilla, y lo entierran a mediodía.

Os ruego, a quienes habéis venido hasta aquí con este frío, que le deis antes la despedida que merece.

Después hablaremos del resto. De todo el resto.

—Hizo una pausa que a Catriona le pareció impecable—.

Quien conoce a mi hermano sabe que no hubiera querido otra cosa.

Era buena. Era muy buena. Con una frase se había puesto del lado del luto, había dejado a la fine sin pretexto para hablar antes de tiempo y había convertido la procesión a la capilla en un acto de cortesía, de manera que negarse sería faltar a un muerto.

Los jefes se removieron. Alguien murmuró un asentimiento.

La condesa descendió el último peldaño y echó a andar sobre la nieve limpia, con el niño de la mano, camino de la capilla de San Miguel.

Y Catriona, que llevaba toda la vida mirando huellas en el hielo, la nieve, el barro y el polvo, y a la que los ojos le obedecían más que las manos, lo vio.

La primera pisada se hundió en la nieve virgen a la altura del último escalón.

Un pie pequeño. Fino. De puntera estrecha, con la forma exacta del cuero de cordobán que no se ensancha para el paso, que se ha cortado para una mujer que no anda por barro.

Tres pasos más allá, otro. Y otro. Parejos, de una longitud que no cambiaba ni una pulgada, el paso corto y pausado de quien camina con la cabeza alta y no teme que la miren.

Y en cada talón, nítido como una firma en cera, el remiendo: tres clavos pequeños, cruzados, como los tres puntos de quien firma sin saber escribir.

—Ahí —dijo en voz baja, y no se dio cuenta de que lo había dicho.

—¿Qué? —murmuró Ruari, a su lado.

Ella ya se había movido. Pasó por delante de los mozos del patio, dejó atrás a los jefes y a la fila de los culdees, y fue a arrodillarse en la nieve junto a la tercera pisada, sin tocarla, con las manos apoyadas en los muslos, mirando.

El frío le entró por las rodillas a través de la lana, y fue casi un alivio: tenía algo que sentir que no fuera miedo.

Junto a las de la condesa corrían otras más pequeñas, de bota infantil, que a veces se adelantaban un palmo y volvían a ajustarse.

Eran las de Colm. Las dejó estar. Algo se le cerró en el pecho, un puño frío.

—Buena página, niña —dijo Lulach desde la angarilla, en lo que para él era un susurro y para el resto del patio una conversación—. Aprovéchala antes de que la pisen los de siempre.

Ruari le dio un codazo para que callara, y Lulach, por justicia, le dio un bastonazo en la espinilla a Ruari.

Sacó el paquete del jubón. Desató la tira.

La cuarta tablilla, la del treinta de septiembre, brillaba un poco, mate de cera vieja.

La puso en el aire, al lado de la huella, sin tocarla, a la altura de los ojos de todos los que pudieron ver.

Sus arañazos de entonces, y debajo, el dibujo del talón: un cuadro pequeño, tres puntos cruzados.

El patio se había quedado en un silencio sin costuras.

Detrás, la fila de la fine, que ya se había puesto en marcha para seguir a la condesa, se había detenido a mitad de paso, con el pie levantado, como esas figuras que los niños congelan en un juego.

Hermengarda se había parado a seis pasos de la puerta de la capilla.

Lentamente, sin soltar al niño, volvió la cabeza.

Catriona se levantó. Le temblaban las rodillas, y se alegró de que la nieve se lo disimulara.

—Señora —dijo, y su voz salió clara, un poco áspera de no usarse—, ¿puede repetir ese paso delante de la fine?