TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 44. La noche más larga
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Capítulo 44. La noche más larga

Hay panes que se hacen para alimentar y panes que se hacen para humillar, y el de Tuathal pertenecía a una tercera familia: los que se hacen para durar.

Cailean lo tenía en la mano, a la luz de una vela de sebo, e intentaba averiguar si era pan o una piedra de río con ambiciones. La corteza no cedía a la uña. Había golpeado con él la mesa de la celda y la mesa había sonado primero.

—Un monje que cuece así —dijo— tiene que odiar a alguien.

La celda era un cubo de piedra con un jergón, un cántaro y una ventana del tamaño de una hogaza. Olía a lana, a sebo y, desde hacía tres días, a nabo hervido que se filtraba desde la cocina por todas las juntas del edificio.

—Se llama pan de vigilia. Es para no tener hambre y no tener ganas de cenar. —Catriona se había sentado en el borde del jergón, con el venablo recostado en la pared y las botas cruzadas a la altura del tobillo, y lo miraba como se mira un animal que está a punto de cometer una tontería—. Dámelo.

—No es para ti. Es una ofensa.

—Dámelo.

Se lo dio. Ella lo partió contra la rodilla con un chasquido de pizarra, se metió un pedazo en la boca, lo masticó con una concentración de juez, y tragó.

—Está bien.

—No está bien. Es un ladrillo. Le falta sal, le falta agua y le falta un horno que no haya sido diseñado por un penitente.

—Tú eres el que no sabe comer cosas que no ha cocinado.

—Eso es difamación. Yo como todo lo que me pongan delante, siempre que lo haya visto nacer.

—Pues esto lo ha visto nacer el hermano Tuathal, y lo mira con cariño. —Le tendió el otro pedazo—. Come. Esta mañana te he visto bajar a la cocina a «enseñarle» a Seonaid cómo se remueve un caldo, y he visto cómo te ha devuelto el cucharón.

—Por la empuñadura. Con mucha delicadeza. Un golpe limpio.

—Te lo has merecido.

La cocina de los culdees llevaba tres días en guerra fría.

Tuathal y Seonaid se habían aliado contra él con la rapidez con que se alían los celosos de un mismo fogón, y le habían concedido, como gran favor, el derecho a pelar nabos y a callarse.

Cailean aceptaba el destierro con orgullo de herido.

Era la primera vez en meses que le prohibían algo tan pequeño, y lo estaba disfrutando más de lo que admitiría ante un tribunal.

—Es verdad. —Mordió. Crujió. Se rió con la boca llena, y con la risa se le soltó un hilo de algo apretado en el pecho que llevaba días allí—. Maldita sea, está mejor de lo que parece.

—Eso lo digo yo desde hace un rato.

—No, no lo dices. Lo dice tu cara. Tu cara dice todo y tú no dices nada. Es lo más honesto que hay en este monasterio. —Se secó los ojos con el dorso de la mano—. Perdona. Es la víspera, y cuando tengo miedo hablo con la boca llena.

—Siempre hablas con la boca llena.

—Cuando tengo miedo, más.

Ella dejó el pan. Fuera, en algún rincón de la isla, los culdees cantaban vísperas con las voces cascadas de los viejos, y el sonido llegaba rebotado en piedra, con la lentitud del agua en un tejado.

• • •

—Mañana —dijo Cailean— mi padre me va a mirar delante de todos.

Se había sentado en el suelo, de espaldas a la pared, con el costado en el sitio donde menos duele. Catriona se bajó del jergón y se sentó junto a él, con las piernas cruzadas, una rodilla contra su muslo. Ese gesto era cosa nueva en ella: había aprendido a tocarlo sin que fuera accidente.

—Hace nueve días no me conocía. Ahora ha preguntado por mí.

—Intentó levantar un lado de la boca—. Y mañana tendrá que mirarme a la cara, con la cabeza clara por primera vez en un año, y decidir si le sirvo.

Hace seis años que me trajo a Callan, y me sentó a su mesa, y nunca me llamó hijo.

Siempre decía «el capitán». Lo hacía con cariño.

Pero decía «el capitán». Y si mañana, con la cabeza limpia, vuelve a decirlo…

—Aunque no te reconozca —dijo ella—, yo sí.

Fue una frase muy corta, como todas las suyas, y cayó entre los dos con peso. Cailean se quedó quieto, la nuca contra la piedra, mirando el techo sin ver.

—¿Y qué más? —preguntó, al cabo.

—¿Qué más qué?

—Qué quieres tú. —Volvió la cabeza—. Llevo dos meses diciéndote lo que quiero yo. Un sitio, un nombre, una cocina, tu opinión sobre la sal. No te he preguntado lo tuyo ni una vez. ¿Qué quieres tú, Catriona?

Ella no contestó. Cailean conocía bien ya sus silencios.

Había el que quería decir no, el que significaba voy a pensarlo y el que era pura mecánica de cazadora, ese de esperar a que el ciervo salga del claro.

Este era otro, nuevo, que no había visto nunca: un silencio de persona que descubre, a los veinticuatro años, que nadie le ha hecho la pregunta antes y que no tiene preparada la respuesta.

Pasó mucho rato. La vela se consumió media pulgada.

—Que me cocines —dijo ella, al fin.

—¿Esta noche?

—Para empezar.

La palabra se quedó en el aire de la celda, tan sencilla como un pan.

—Eso —dijo él, y le salió la voz de otro— es mucho más grande de lo que pensé que me ibas a pedir.

—Lo sé.

—Yo lo hago despacio o no lo hago. Tú pones el paso. Si en cualquier momento…

—Yo marco —dijo Catriona—. Tú pisas.

Se volvió hacia él, y con las dos manos, esas manos de cuerda con callos que le sabían de memoria la espalda y el hombro, le tomó la cara. No tenía nada de dudosa. Tenía el ceño de quien lee un rastro difícil y ha decidido seguirlo.

—¿Puedo? —preguntó él, de todos modos, a un dedo de su boca.

—Puedes.

La vela, a su espalda, se apagó sola, por esa pereza del sebo que se rinde a las horas. Ninguno de los dos se levantó a encenderla.

• • •

Por el pasillo pasaron unos pasos de sandalia que se detuvieron frente a la puerta, deliberaron un rato largo y se alejaron de puntillas. Después, muy lejos, se oyó al hermano Tuathal murmurar algo en latín que Cailean decidió no traducir.

Más tarde, cuando el cielo ya era solo un recorte negro en la ranura de la ventana, ella seguía despierta.

Él lo notaba por la respiración: no era la de dormir ni la de soñar, sino la de contar.

Tenía la cabeza en su hombro y una mano abierta sobre el pecho de él, justo donde latía el corazón, como si le tomara el pulso a un animal.

—No duermes —susurró Cailean.

—Pienso en el patio. En la nieve.

—¿Qué piensas?

—Que si hace buen tiempo estará limpia. —Un silencio—. Que si la nieve está limpia, todo se lee.

Él le besó el pelo, que olía a humo de turba y a lana vieja. Fuera, el hielo del lago crujió con la helada, un tiro largo y seco que se fue perdiendo hacia la orilla.

—Tengo miedo —admitió. Llevaba dos días ensayando el discurso de mañana, y todas las versiones empezaban igual: «Padre, yo no lo hice», y se desmoronaban en la segunda frase—. No sé qué decirle.

—Dirás lo que digas. Hablas sin parar. Algo saldrá.

—Eso es un consuelo muy raro.

—Es mi consuelo.

Él se rió bajito, contra su pelo.

—Se te nota el miedo en los pies, que se te encogen —dijo ella, y levantó la cabeza lo justo para mirarlo en la oscuridad—. Pisa donde piso.

Se lo dijo como se dice una cosa que ya está dicha, un oficio, un pacto viejo. Cailean sonrió contra la almohada de paja, que pinchaba y que a esa hora le pareció la mejor que había tenido.

—Mañana, delante de todos.