Capítulo 43. El capellán
Las confesiones llegan de noche, y casi nunca por el camino que uno ha estado vigilando.
Catriona lo oyó antes de verlo: un crujido ancho, de hielo que se queja bajo un peso mal repartido, y detrás un jadeo de hombre gordo que reza entre dientes.
Eran las tres de la mañana del dieciocho.
Dormía con un ojo desde que pisaba la isla, y salió a la orilla con el venablo y sin gorro, y se quedó en el embarcadero hasta distinguir dos formas negras, una redonda y otra mucho más ancha, que avanzaban en línea recta, que era la peor manera de cruzar un lago.
—¡Pare! —No gritó, lo dijo en voz baja y clara, que en el hielo llega más lejos—. No dé un paso más.
Las formas se quedaron quietas. El hielo gimió.
—¿Quién…?
—Nadie con prisa. Dé la vuelta despacio. Ahora mire mis botas y no mire abajo.
Fue hacia él deslizando la suela, el peso en el talón, donde el hielo era oscuro y limpio, y no el blanco quebradizo de los huecos.
Lo alcanzó a veinte pasos de la orilla. Era el padre Àron, con la capa empapada y una linterna de cuerno apagada que se había guardado en el pecho, para que no se viera desde la torre.
Le tomó el codo. Estaba temblando entero, como un caballo viejo.
Detrás venía Seonaid la Grande, con un cesto a la espalda, resoplando y pisando exactamente donde pisaba el capellán, que era pisar mal.
—Camine donde pongo el pie —ordenó ella.
—Ya lo hago, hija. Ya lo hago desde hace una hora, y ha sido por pura gracia de Dios que no se me haya hundido hasta la cintura.
—Ha sido por la suerte. La gracia no mide el grosor del hielo.
Tardaron un cuarto de hora en llegar. En todo el camino él no soltó ni una vez la linterna apagada, abrazada al pecho como un niño dormido.
• • •
Se lo contó en el refectorio, delante del fuego que Tuathal avivó a golpes de fuelle, con una escudilla de caldo caliente entre las manos que no pudo sostener sin derramar.
Angus se sentó en la cabecera. Cailean, despeinado, de pie, apoyado en la pared con los brazos cruzados sobre el costado.
Y Seonaid, que había cruzado con él y entró en la cocina de los culdees antes que en una cama, se plantó detrás del capellán con un cucharón en alto, como un roble, y de vez en cuando le soplaba el cuenco para que se enfriara.
—Yo escribí la carta —dijo Àron—. La que os trajo Wymund. Me dictó mi señora palabra por palabra. Me temblaba la mano, y ella lo notó, y me dijo: «Padre, sois muy escrupuloso». Y yo pensé: si supiera de qué.
Hubo un silencio largo. Cailean se mordió el labio.
—Dos copas —dijo Àron.
—¿Qué copas, padre?
—Cada noche, a la hora de completas, la condesa entra en la cámara del mormaer con una bandeja.
Dos copas. Una para él. Otra para ella, que se sienta a su lado, con la labor, hasta que el viejo se duerme.
—Se pasó el dorso de la mano por la boca—.
Yo llevaba la bandeja hasta la puerta; es la costumbre, para bendecirla.
La de él es de plata, con un reborde. La de ella, de barro.
Una noche, al dejarla en la mesa, me llegó el olor de la de plata: miel y tierra mojada, y algo dulce y amargo debajo.
Huele a lo que se pone a los dolores de muelas.
Yo he curado mucha gente, hija. Sé reconocer el beleño.
Catriona sintió en la nuca el roce de una mirada, la de Cailean, y no se volvió.
—¿Y lo dijo? —preguntó.
—No. —Àron bajó la cabeza—. Dos días antes de que mataran a Domnall, el señor Domnall me preguntó cuánto beleño hace falta para que un hombre viejo duerma sin soñar.
Yo se lo dije. No me preguntó por qué, ni yo a él.
Y luego… luego estaba muerto, y mi señora me llamó para velarlo, y se agarró a mi brazo, y yo pensé: no puede ser.
Y me lo prohibí. Soy un hombre que se prohíbe pensar las cosas que dan miedo.
Me ha servido para vivir cincuenta años.
—¿Qué ha cambiado? —dijo Angus, sin dureza.
—El viejo. —Los ojos del capellán se llenaron—.
Desde hace una semana le han cambiado la copa.
No lo sé, no sé quién ni cómo; pero el niño sube a verle por la noche, él solo, con un jarro de agua con miel, y se sientan juntos.
Y ayer el mormaer me llamó por mi nombre.
Me preguntó si ya era Navidad. Y me preguntó por el hijo del ciervo.
—Se estremeció—. Tenía los ojos pequeños, hija, negros, como los de un hombre que mira la lumbre. Hace años que no se los veía.
Cailean se despegó de la pared. Se pasó la mano por la cara, de la frente a la barba, y la voz le salió despacio, como si un cacharro que se ha caído al suelo sin romperse pudiera romperse ahora con una palabra.
—¿Preguntó por mí?
—Preguntó si era Navidad y preguntó por ti, en ese orden. —Àron intentó una sonrisa—. No te ofendas, hijo. Es la edad.
—No me ofendo. —Cailean volvió a apoyarse. Tenía los ojos brillantes y la sonrisa-escudo a medio levantar—. Es la mejor noticia que me han dado en tres meses, y viene disfrazada de insulto.
Seonaid carraspeó, y todos se volvieron hacia ella.
—Eso lo cambié yo —dijo la cocinera, con una voz que parecía de otra estatura—.
La noche que el niño me dio la llave, antes de abrir la leñera, vacié el frasco de la señora en el estercolero y rellené la jarra del viejo con vino del barril.
El frasco lo guardaba en mi alacena, con un rótulo que decía «jarabe de la gota».
—Cruzó los brazos—. Y estoy aquí porque con Sir Odo de cuerpo presente y la señora sin salir de la capilla, hace cinco días que en Callan nadie cuenta ollas ni cocineras.
Al guardia de la puerta le dije que acompañaba al capellán con pan de vigilia para los culdees, que rezan por el condestable.
Nadie contó cuántos salíamos. —Se encogió de hombros—.
Llevaba desde San Miguel mirando ese frasco y diciéndome que a una cocinera no la creen.
Y es verdad, no nos creen, hasta que el guiso sale mal. Entonces sí.
—Pues el guiso ha salido mal —murmuró Tuathal.
—Calla, hermano.
• • •
Cuando se acabó, Àron se fue a dormir dos horas, con orden de Angus de volver a Callan esa misma noche por el hielo, para que su ausencia no pasara de lo que dura un rezo largo, y Seonaid y Tuathal se enzarzaron en una discusión sobre cómo hay que tratar un nabo, con una pasión que sirvió para distraer a todos del resto.
Catriona se sentó en un rincón con el paquete de tablillas en el regazo y una púa.
Sacó una tabla limpia. La puso sobre la rodilla.
Escribió cuatro líneas, de arriba abajo, con la letra clara de siempre.
Pie pequeño. Zapato de cordobán, remiendo en cruz.
El capellán: dos copas, el beleño, la pregunta de Domnall.
La cocinera: la jarra, el frasco, los ojos del viejo.
Y la cuarta línea, que no escribió. Dejó la púa levantada, con la punta a una pulgada de la cera, hasta que se le cansó la mano.
En la cuarta línea iba un niño de nueve años, el mismo que había bajado un cesto con pan a un pozo, el que no preguntaba qué le habían hecho a su madre porque ya lo sabía.
Un niño que tartamudeaba cuando mentía y que tendría que decir una verdad, de pie, delante de los jefes del valle y de ella.
—No se puede escribir, ¿verdad? —dijo Angus.
No le había oído acercarse. Estaba a su lado, con las dos manos sobre el bastón, la cara vuelta hacia la lumbre.
—No sé cómo se escribe —respondió ella.
—Porque no es una prueba. Es una persona. —El abad sonrió sin ganas—. Pero hay que ponerla, hija. Ninguna fine condena a una condesa por un zapato.
—Yo no… —Se detuvo.
Había estado a punto de decir que no juzgaba. Llevaba media vida diciéndolo, igual que se dice el nombre de un santo antes de entrar en el bosque. Dejó la púa sobre la rodilla.
—No quiero que sea el niño.
—Lo sé. Nadie lo quiere. —Angus giró un poco la cabeza, atento a algún ruido que solo él oía—. Tenéis una tablilla, un capellán, una cocinera, y quizá un niño. Tenéis lo que hace falta para una fine. Falta lo único que no se puede conseguir: valor. Y no lo digo por vosotros.