Capítulo 42. La dama mueve
Cuando te ofrecen un perdón que no has pedido, es que le urge más a quien lo ofrece, y conviene averiguar por qué.
El mensajero llegó a Loch Dùn el quince de diciembre, a pie, por el hielo, con un trapo blanco atado a una lanza y una expresión de hombre que ha rezado en cada paso.
Cailean lo vio venir desde la orilla de la isla, flaco y diminuto sobre la superficie gris, y tuvo tiempo de contar tres resbalones y un amago de plegaria antes de que el hermano Tuathal bajara al embarcadero con un cucharón en la mano, por si acaso.
—Hospes venit, Christus venit —declaró Tuathal—. Y si trae pollo, doble Christus.
El hombre no traía pollo. Traía un pergamino con el sello de cera verde de Dùn Callan y se llamaba Wymund, sargento de la guarnición, treinta y tantos años y ojeras de dos noches. Hablaba el gaélico del cuartel, torpe, con las palabras muy bien separadas, como si las llevara en fila.
Lo recibieron en el refectorio, que olía a repollo hervido y a lana mojada, junto al fuego, con una escudilla de caldo que Wymund miró antes de aceptar y sostuvo luego con las dos manos, como si fuera a escaparse.
Catriona se quedó de pie junto a la puerta con el venablo apoyado en el hombro, callada, mirándole las botas.
Cailean conocía esa mirada. Se la había visto puesta sobre su propio rastro durante diez días, y todavía le dolía el orgullo.
El pergamino pasó de mano. Cailean lo desenrolló: tenía el sello verde y una letra apretada y temblona que reconoció enseguida, la del padre Àron, la de un hombre que copia lo que le dictan con el pulso en otra parte. Le dio pena, sin saber por qué.
—Mi señora la condesa —empezó Wymund— me manda decir lo que sigue, y me manda decirlo sin añadir nada mío.
—Entonces será corto —dijo Cailean.
—Lo será. —Tragó—. Ofrece, con su sello y su palabra, el perdón del mormaer para vos, Cailean mac Maol Ìosa.
Se retirará la acusación de la muerte del señor Domnall.
Se os devolverá el mando de la guardia. Se pide a cambio la Vara Blanca, entregada en mano a mi señora antes del solsticio, a la poterna este.
—Qué generosa.
—Dice también… —Wymund consultó el pergamino, aunque se lo sabía— que el señor mormaer está delicado, y que los delicados dependen de quien los cuida, y que ella querría seguir cuidándolo con la misma devoción.
Cailean no movió la cara. Se lo había enseñado a hacer su madre, o Lulach, o los dos: dejar la sonrisa puesta mientras por dentro se te hunde la casa. Tuathal, a su lado, se removió con el cucharón.
—Y último —dijo Wymund, bajando la voz—. Dice que el niño Colm pregunta por vos todas las noches y que se le ha prometido que no le faltará un hermano mayor. Que eso depende de vos.
El caldo se enfrió un poco más en la escudilla. Ella no sabía que el niño le había bajado una cuerda; si lo hubiera sabido, no habría puesto su nombre en una carta con tanta calma. Cailean se miró las manos. Eran las de siempre, de cuchillo y cuchara, y tenían la tarea de no hacer nada.
—¿Y si digo que no?
—Mi señora no me ha dicho qué contestar a eso. —Wymund levantó los ojos, y por primera vez habló con su propia voz—. Sir Odo siempre me decía qué contestar. Está de cuerpo presente en la capilla. Ella lo vela desde hace dos días y no habla con nadie.
—Viene solo —dijo Catriona.
Era lo primero que decía desde que entró. Wymund dio un respingo, como si se hubiera movido un mueble.
—Su rastro en el hielo es de uno. Un solo zigzag. Nadie le ha seguido. —Hizo una pausa—. Y viene de buena fe, porque tiene miedo.
—Es verdad —admitió Wymund—. Sigo teniéndolo.
Se lo quedaron esa noche en la hospedería, con otra escudilla y una manta, y Tuathal le contó chistes de cocina en latín hasta que el sargento, de puro desconcierto, se rindió y se durmió.
• • •
Angus el Ciego los esperaba en la capilla vieja, la de los culdees, que era un cobertizo de piedra donde cabían seis personas y el frío entero de una montaña.
Tenía las manos juntas sobre el bastón y la cara vuelta hacia el sitio por donde la puerta dejaba entrar el aire, porque a los ochenta años, decía, uno ve más por la corriente que por los ojos.
—Léeme el mensaje, hijo —pidió.
Cailean lo leyó, despacio, como un mal sermón. Cuando terminó, el abad tardó tres respiraciones en responder.
—Dime qué has entendido.
—Que me ofrece lo que quiero. Un nombre limpio, un sitio. —Tenía la boca seca—. Y que mi padre y el niño son el cebo.
—Eso lo ve cualquiera. —Angus inclinó la cabeza—. Dime lo que no dice.
Cailean se sentó en el banco de piedra. Miró la lamparilla de sebo, que ardía sin prisa, y se obligó a pensar como pensaba cuando le tocaba guisar para cuarenta con la despensa vacía: qué hay, qué falta, qué se puede hacer pasar por otra cosa.
—Que la necesita —dijo—. Que sin la Vara en la fine no hay inauguración, y que no tiene a nadie que la imponga.
Odo era su brazo, y está en un ataúd. Un niño de nueve años no sostiene una Vara delante de los jefes, y ella no puede presentarse sola: es mujer, es normanda, y los jefes la oirían como se oye a un perro ajeno ladrando en el patio.
—Se pasó la lengua por los labios—. Si la Vara se la llevo yo, en mano, es una entrega. Si me la quita, es un robo, y no vale.
—Bien. —El abad sonrió, ese gesto suyo que parecía una arruga más—.
La Vara no se impone, Cailean. Se recibe.
Quien la toma por la fuerza no recibe nada, y quien la entrega por miedo, tampoco.
Hace falta que la dé alguien que pudo no darla, y que la tome alguien que pudo no tomarla.
Por eso mi hermano Tuathal dice que es el único objeto de Escocia que hay que ofrecer dos veces.
—Es un chiste —aclaró Tuathal, desde un rincón, donde pelaba nabos en la oscuridad—. Malo, pero con fundamento.
Catriona no había entrado. Estaba en el umbral, de espaldas, con el cuerpo medio fuera, mirando la nieve que caía sobre el hielo. Cailean la vio sacudirse una brizna del hombro, y le dio por pensar que era la única persona del mundo que podía estar de pie en ese umbral sin que pareciera una huida.
—Ella no te la pide por el niño —dijo Catriona, sin volverse—. Te la pide por ella.
—Lo sé.
—El niño es verdad. Lo del niño no es mentira. Por eso duele.
—Lo sé —repitió él, y la voz le salió más baja de lo que pretendía.
Se levantó. Notó el costado en su sitio, tirante, con la costura torcida de Ruari tirándole la piel. Cruzó el suelo de piedra, y se paró a medio paso de Catriona, de modo que su sombra cayera sobre la nieve junto a la de ella.
Pensó en su padre, con la cabeza pesada y los ojos de pupila ancha mirándole sin verle desde una galería. Pensó en un hermano pequeño que no era hermano, bajando un cesto con pan y queso a un pozo. Pensó en cuántas veces en su vida alguien le había dicho: dame esto, y te daré un sitio.
—Si dices que no, ella puede dejar de cuidarlo —dijo Catriona.
—Si digo que sí, ya no necesitará cuidarlo.
Un viejo con la cabeza en niebla y un niño con una Vara en las manos: nadie le pedirá cuentas de nada.
—Respiró hondo, y el costado protestó—. Wymund volverá con una negativa, y con una negativa se vuelve despacio.
Eso me da días. Los días son lo único que ella no controla.
Se giró hacia el abad, que seguía con la cara vuelta hacia la corriente de aire, esperando.
—No voy a entregarla. Voy a llevarla yo.