Capítulo 41. Lo que queda de un hombre
Un muerto no se mueve, y aun así llena un claro más que veinte vivos.
Odo tardó en morir lo que tarda en enfriarse una olla grande.
Catriona lo vio terminar desde el borde del foso: sentado, con la pierna torcida y las manos abiertas sobre las rodillas, sin pedir agua ni confesor.
De eso hacía seis horas, y desde entonces no había vuelto a mirarlo; sabía exactamente dónde estaba: a siete pasos, al borde del foso, bajo su propio manto y una capa de nieve que ya no se derretía sobre el pecho.
Entre ella y Hobb lo habían sacado de las estacas con dos lazos y mucho cuidado, porque la tierra helada no se dejaba cavar y porque Cailean, sentado en un tronco, había dicho una sola cosa, con la voz de quien pide la sal: «No lo dejéis ahí abajo».
Era todo lo que había dicho en seis horas.
Un Cailean callado era un rastro que ella no sabía leer.
Seguía en el tronco, con los codos en las rodillas y las manos largas de cocinero colgando sin nada que hacer, y miraba el bulto como se mira un cepo que se ha cerrado en falso.
El costado se le había vuelto a abrir. Ella lo había rellenado de musgo y miel, y él se había dejado, y eso la asustaba más que la herida.
Hobb lloraba en un tocón, con el brazo en cabestrillo hecho con su propia cinta. Lloraba sin ruido, como lloran los que han aprendido en cuarteles.
—Me dio mi primera espada —dijo, sin que nadie le preguntara—. Me dejaba mojar el pan en su cuenco cuando hacía frío.
—Y te iba a matar.
—Lo sé. —Se limpió la nariz con el dorso de la mano buena—. Las dos cosas son verdad y no caben en la misma cabeza.
Catriona no sabía consolar. Sabía poner una cosa útil en una mano. Sacó de la bolsa una tira de cecina y se la dejó sobre la rodilla.
—Come. Llorar con el estómago vacío es trabajo doble.
Hobb miró la cecina, y después a ella, y soltó una risa que se le torció por el camino. Mordió.
Ella se apartó unos pasos, de espaldas al claro, y se abrió el jubón.
Bajo la camisa, contra las costillas, llevaba el paquete de tablillas envuelto en tela encerada, y lo palpó entero antes de desatarlo: nueve, atadas con una tira de cuero.
No había soltado ninguna en la huida, ni en el foso, ni cuando el hombro de Hobb se había llenado de sangre.
Aun así las contó dos veces, como si fueran los dedos de una mano que se le hubiera podido quedar atrás.
La del treinta de septiembre era la cuarta.
Inclinó la cera hacia la luz gris que empezaba a entrar por el este y leyó sus propios arañazos, tan limpios, tan seguros, de alguien que aún no sabía lo que escribía: pie pequeño, cordobán fino, puntera estrecha, remiendo de clavos en cruz en el talón.
Entra antes del hallazgo. Sale sin correr.
Dos meses y medio. Un hombre muerto a siete pasos y un pie vivo en alguna parte, con un zapato fino y la cabeza muy tranquila.
—Ahora vendrá ella —dijo en voz alta.
Lo dijo para el aire, pero Cailean levantó la cabeza.
—Vendrá con palabras. —Tenía la voz ronca de no usarla—. Odo traía cuerdas. Ella traerá palabras, y son peores, porque no dejan marca.
—Tú las sabes usar mejor.
—Ya veremos. —Tragó saliva—. Lo de las manos. Fue pequeño.
—Fue exacto.
—Pequeño y exacto. Es mi especialidad. —Intentó la sonrisa-escudo y no le salió; la dejó caer sin rematar—. Gracias por no decirme que no pasa nada.
—Yo habría dicho lo mismo —contestó ella—. Y habría tardado más.
Él asintió despacio, una sola vez, y volvió a mirar el bulto. Catriona se sentó a su lado, no demasiado cerca, de modo que el hombro de él quedara a una palma del suyo. No lo tocó. Esperó a que fuera él quien cerrara esa palma.
Tardó un rato largo. Cuando lo hizo, pesaba como una piedra de río.
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Con la primera luz había salido del pinar el sargento Gisle, con seis hombres sin ballestas y los pies empapados.
Se detuvo a veinte pasos con las manos abiertas y pidió permiso al bulto, no a los vivos.
«Sin él no tengo órdenes. Me lo llevo.» Nadie se lo discutió.
Hobb ayudó a atarlo a una parihuela de ramas, y los siete se fueron hacia el camino de Callan sin mirar atrás, cargando a su condestable con el cuidado de unos mozos de mudanza.
La cabaña de Allt Bàn había perdido media techumbre y conservaba el olor, ese humo agrio de paja mojada que se te queda en el pelo tres días.
Los hombres de Odo habían tirado tres flechas de brea antes de huir de los cepos, y la turba mojada se había tragado el resto.
Dentro, sobre las pieles, Ruari dormía de lado con la boca abierta y un brazo debajo de la cabeza, igual que dormía a los seis años, cuando ella lo traía a casa en la espalda desde la perrera de su padre.
Se quedó en el umbral. Contó sus respiraciones, igual que contaba huellas, una a una, sin apartar los ojos. Iba por trescientas cuando se dio cuenta de lo que hacía, y siguió.
Vivo. Con la lengua larga dormida por una vez, y una costura torcida en el costado de Cailean de la que presumiría hasta que se muriera, cuatro puntos de más incluidos. Vivo, y era Santa Lucía, y el plazo de Odo ya no valía una hebra de lana.
Entonces oyó la discusión.
Venía por el bosque desde el este, tamizada por la nieve, y la reconoció antes de entender las palabras, porque dos voces graves no se pelean con tanta constancia sin años de práctica.
—Naciste después. Lo dijo la partera.
—La partera estaba borracha.
—Estaba borracha porque tú tardaste.
—Yo no tardé. Te dejé pasar.
Salieron del abedular a la vez, con los hombros tan anchos que apenas cabían entre dos troncos: Òrd y Òran, los carboneros de Tom na Croiche, negros hasta las cejas incluso en la nieve.
Tiraban entre los dos de una angarilla de ramas con una carga envuelta en pieles de lobo, y delante de ellos, con las orejas planas y un cabestro roto colgando, marchaba Mala Hierba.
La garrona no los esperó. Se vino derecha por el claro, bufando, y le plantó la frente en el pecho a Catriona con un golpe que la hizo recular un paso. Ella le sostuvo la cara con las dos manos. Olía a establo y a humo de otra casa, a cinco días de camino.
—Me ha mordido cuatro veces —informó Òrd, mostrando una manga hecha jirones.
—Cinco —dijo Òran—. Una en el bocado de pan.
—¿Por qué estáis aquí? —preguntó Catriona, y la voz le salió más baja de lo que quería.
—Porque este —y Òran señaló con la barbilla la angarilla— lleva cinco días insistiendo en que no se va a morir en una cama, y que, si hay que morirse, será en un sitio donde pase algo. Le hemos traído para que no se muera de aburrimiento.
Las pieles se agitaron. Una mano marrón, nudosa, apartó el borde, y apareció primero una barba blanca llena de escarcha, luego un gorro de piel de zorro, y por último un ojo azul muy abierto, del que no se había perdido nada.
—¡Por los dientes de mi abuelo! —gritó Lulach, que seguía sordo de un oído y parecía dispuesto a serlo del otro por solidaridad—. ¿Quién ha hecho este jaleo en mi bosque?
—Es el bosque del rey, abuelo —dijo Òrd.
—Es mío desde que lo pisé primero.
Cailean se había puesto en pie. No supo ella cuándo.
Venía por el claro con el costado doblado y una mano en la herida, y no corría, pero el paso le temblaba.
Se arrodilló junto a la angarilla. Lulach le puso la mano plana en la cara, igual que se le pone a un caballo para saber si tiene fiebre, y estuvo así un buen rato.
—Estás flaco —sentenció—. Y has llorado. Poco, pero has llorado.
—No he llorado.
—Pues has hecho algo parecido con mejor educación. —La mano bajó, buscó el hombro, y se agarró a él—. ¿El del suelo es el normando?
—Sí.
—¿Lo has hecho tú?
—Lo ha hecho el sitio —dijo Cailean—. Lo ha hecho su prisa. Yo solo… estaba allí.
—Bien —dijo Lulach—. Es la única forma que aguanta.
Giró la cabeza hacia Catriona. La miró de abajo arriba, desde una litera de ramas, con la misma gravedad con que se mira una huella en la nieve fresca: sin prisa y sin consuelo, pero sin perder detalle.
—Hoy es Santa Lucía, niña —dijo—, y tu hermano respira. Ahora falta el solsticio.