Capítulo 40. Manos limpias
Un hombre que ha puesto orden toda su vida acaba creyendo que el desorden es una falta de educación del mundo, y que basta tratarlo con cortesía para que se corrija.
Cailean oyó empezar la noche desde el cobertizo de atrás, con el hacha entre las rodillas y el costado latiéndole al ritmo de una campana lejana.
Primero fue un chasquido, hacia el norte, en la linde del bosque.
Seco, metálico, como una puerta de hierro al cerrarse.
Después el grito, y esa clase de silencio asombrado que viene detrás de un grito cuando el que lo oye ha entendido de pronto qué significa «cepo».
Otro chasquido. Otro grito, más largo. Un hombre que llamaba a su madre en normando.
Un caballo, que relinchaba con desesperación de caballo.
Voces dándose órdenes contradictorias. Luego, a lo lejos, un cuerno que tocaba una cosa que él había oído tocar en las guardias de Callan una sola vez, y que quería decir: retirada.
Al replegarse, por puro rencor, alguien soltó tres flechas de brea contra la cabaña.
El techo prendió por el lado del arroyo y la turba mojada lo ahogó solita, pero se llevó media techumbre y dejó un humo agrio que Cailean notó en el fondo de la garganta, a treinta pasos.
Pensó: la mejor cazadora de Escocia, y esta es su obra. Y pensó que había tenido la suerte de que ella estuviera de su lado, y que no pensaba decírselo hasta que fuera de día.
Después, nada.
La luna subió por encima de los pinos. La cabaña, con la mitad del techo humeando, su lumbre y su ventana, parecía a esa luz una casa cualquiera en una noche cualquiera. Pasó un tiempo, tan largo que Cailean empezó a creer que había terminado. Entonces oyó la nieve.
Alguien cruzaba el claro. No corría. Caminaba con paso medido, un pie después del otro, de forma que cada huella caía exactamente donde debía.
Se asomó por la rendija. Una silueta alta, de capa gris, caminaba entre la luna y el suelo sin ninguna prisa. Llevaba la espada envainada y la cabeza ligeramente inclinada, en actitud de lector. Era Odo. Solo. Con la cota de malla bajo la capa, que le daba a la caminata un leve tintineo de monedas.
Cruzó los cuarenta pasos. Se detuvo ante la puerta de la cabaña, igual que se detiene un hombre educado ante la casa de un conocido. Llamó con los nudillos.
—¿Cailean? —dijo en gaélico, con un acento más puro que el de cualquier criado de Callan—. Soy yo. Está todo en orden.
Nadie contestó. Odo empujó la puerta y entró.
• • •
Cailean contó hasta diez. Salió del cobertizo, rodeó la esquina pegado a la pared, con el aliento haciéndole nubes en la cara, y se plantó en el umbral con el hacha en la mano.
Odo estaba de espaldas, ante la pared de tablillas, con una de ellas abierta entre los dedos. La leía. A la luz de la lumbre, la cera brillaba con la huella de un jabalí y un trazo pequeño al margen, a púa, que decía una fecha.
—Tiene mejor letra de la que yo creía —dijo Odo, sin volverse—. Una mujer extraordinaria. Lástima. —Cerró la tablilla con cuidado y la devolvió a su sitio exacto, ni un dedo más a la izquierda—. Ya sabes que no debes salir con un hacha. Es una conducta de mala educación.
—Me criaron sin modales. Un lobero no da para más.
—Una lástima. —Se volvió por fin, y se sacó un paño de lino del cinto, y se limpió las manos con él, aunque no las tenía sucias—. Sé lo que vas a decirme. Que lo sabes. Lo vi en tu cara en el patio. Es una cara muy honesta, la tuya, una de las cosas por las que Domnall te quiso.
—No hables de Domnall.
—Hablo de lo que quiero. —El tono no cambió—. Te ofrezco una cosa. Dime dónde está la Vara y mañana estás en un barco hacia Irlanda, con la cabeza en su sitio. Es más de lo que tendrías en una cuerda. Yo solo quiero que mi hermana, que es lo único que me queda, duerma tranquila.
—Tu hermana —dijo Cailean—. La de la manga. La del pie.
Fue como echar un puñado de sal en el aceite.
Odo no se movió. Pero el paño de lino se le quedó quieto entre los dedos, y algo en la mandíbula, una fibra mínima, se tensó y no se destensó.
—No la nombres —dijo, por primera vez sin una pizca de cortesía.
—Una criada, dijiste. Un pie pequeño. Se lo dijiste tú a la Montera, y ella lo anotó en una tablilla, y tú te lavaste las manos.
—No la nombres.
—Hermengarda. —Lo dijo con calma, saboreando cada sílaba, porque era lo único que le quedaba para pelear, y Cailean siempre había peleado con la lengua—. Hermengarda de Mortain. Que cría beleño entre las coles para que un viejo parezca más viejo. Que le da la copa con las dos manos.
Odo desenvainó.
No hubo transición. La espada salió de la vaina con un siseo limpio y le cortó la frase en dos.
Cailean levantó el hacha por instinto, y el acero se la quitó de las manos con una vuelta de muñeca tan elegante que ni siquiera dolió: el hacha voló, rebotó contra la lumbre, y se quedó girando sobre las losas como una peonza torpe.
—Todo estaba en orden —dijo Odo. Ya no era la voz de monje. Era la de un hombre que ha llegado al final de una cuenta y la ve salir mal—. Un viejo, un niño, un trono. Una familia. ¡Todo estaba en orden! ¿Y tú, bastardo, tú, que no ibas a heredar ni un cuenco de sopa…?
Cailean no esperó. Se agachó, agarró lo primero que tuvo a mano, que era el tazón del caldo sin sal que ella había dejado junto a la puerta, y se lo tiró a la cara.
Odo lo paró con el antebrazo. Fue el medio segundo que necesitaba.
Salió por la puerta trasera con el costado ardiendo y la cabeza vacía de todo salvo de una voz que decía, muy clara, entre el tintineo de la cota: Entre la esquina y el aliso, siete pasos a la izquierda.
Corrió.
Siete pasos. Notó la nieve en las rodillas, el aire rascándole la garganta, el hielo del arroyo brillando al fondo, tentador, mentiroso.
Tres a la derecha. Detrás oyó una zancada, y otra, y una respiración que ya no era de monje.
Odo corría. Corría de verdad, con la espada en alto y la capa suelta, y ni siquiera miraba el suelo. Miraba la espalda de Cailean.
Pisa donde piso.
Cailean saltó al último nudo, el que ella había marcado con una ramita, y sintió el mimbre ceder un poco bajo su peso, quejarse, aguantar. Plantó los dos pies en el borde del hielo y se volvió.
Odo cruzó el callejón en tres zancadas. Puso el pie derecho exactamente donde Cailean había puesto el suyo.
No hubo gritos. Hubo un crujido de mimbre, el sonido de una rama larga que se dobla y se rinde, y la silueta gris desapareció de la nieve como una vela que alguien sopla.
• • •
Cailean tardó en moverse. Tenía el costado empapado y las piernas de agua. Se acercó al borde, a gatas, siguiendo la línea de nudos, y miró abajo.
Odo estaba sentado en el fondo del foso, con la espalda contra la pared de tierra.
No gritaba. Tenía la capa gris cubierta de ramas, y una pierna doblada hacia un lado en una postura que no era de este mundo, y las manos, sus manos largas, pálidas, abiertas sobre el regazo.
Las miraba con gran atención. Estaban manchadas de tierra y de algo más oscuro.
Con un gesto lento, infinitamente cuidadoso, se llevó la derecha al cinto, buscó el paño de lino, y comprobó con desconcierto que ya no estaba. Se le había caído en el camino.
Alzó los ojos. Eran dos ojos gris verdoso, serenos, sorprendidos, sin odio. Los de alguien a quien le han movido un mueble de sitio en su propia casa.
Cailean se acordó de Hobb, ardiendo de fiebre en la senda de cabras: «Nunca ha dejado a nadie vivo, capitán.
Nadie que haya visto su cara limpia». Esa era la cara.
No la del monje ni la del paño: esta, la de un hombre sentado en el suelo sin saber dónde poner las manos.
Y la había visto él, y él era el único de los dos que iba a salir de allí andando.
Cailean se quedó un momento mirándolo. Después alargó el brazo, cogió un puñado de nieve limpia del borde, y la dejó caer al fondo, junto a sus manos.
—Límpiate las manos.