TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 39. La cazadora cazada
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Capítulo 39. La cazadora cazada

Una trampa no se pone, se explica: hay que decirle al terreno qué quieres que haga, y confiar en que sea más listo que quien lo pisa.

El claro de Allt Bàn tenía una sola salida practicable de noche, y Catriona llevaba nueve años sabiéndolo.

Por delante, la cabaña y cuarenta pasos de nieve llana hasta los pinos del norte.

Por detrás, un callejón de treinta pasos entre la pared de turba y el arroyo helado, estrecho, a la sombra, donde cualquier hombre que huye se dirige sin pensarlo al hielo. Era ahí donde tenía que cavar.

—Ya lo estás cavando —observó Cailean, sentado en un tocón con una manta por los hombros y el tazón de caldo sin sal entre las manos.

—Lo estoy pensando. Es lo que más cuesta.

Lo difícil era la tierra, dura como una teja bajo un palmo de hielo, de la que una azada solo sabía rebotar.

Encendió fuego sobre el sitio, una hoguera de leña seca al ras del suelo que Ruari alimentó una hora larga con la cara roja y la lengua fuera, hasta que el suelo cedió y el humo subió blanco entre los troncos.

Era un riesgo. También era un mensaje, y ella pensaba escribirlo con esa tinta.

—¿Esto no los atrae? —preguntó Ruari.

—Les dice que estamos aquí. Es lo que quiero.

—¿Por qué?

—Porque lo que se busca, se encuentra. Y lo que se encuentra, se pisa.

Tenían hasta que anocheciera y no más: Odo no entraría de noche en un bosque que no conocía, y sus hombres, rastreando a paso de procesión por una nieve ajena, tardarían la tarde entera en recorrer media legua. Ella pensaba gastarla toda.

Cavaron los dos hasta que el foso les llegó a la altura de un hombre menos un palmo.

Ella alisó las paredes con la hoja del hacha, de abajo arriba, para que nadie encontrara asidero.

Después, las estacas: seis, de fresno verde, con los nudos dejados a propósito, porque un nudo desgarra donde una punta limpia solo atraviesa, y a ella le importaba que el que cayera se quedara abajo.

Las clavó con el mazo en el fondo, romas, a distintas alturas.

Un lazo corredizo de crin abierto en la boca, pegado a la pared.

Cailean la miraba trabajar desde el tocón.

—Reconozco el modelo —dijo—. Hasta el lazo. Estuve dentro de uno igual.

—De uno peor. Este tiene mejor tapa.

—¿Y qué lleva la tapa?

—A ti, si te equivocas.

Ella se limpió las manos en los muslos.

—Mimbre. Lo entretejes tú, que tienes las manos más finas y estás sentado. Cinco varas de ancho, malla estrecha, los nudos cruzados cada palmo. Encima, ramaje, y sobre el ramaje, la nieve de siempre. Aguanta a un hombre sin hierros, si pisa en los nudos. Una sola pisada fuera y se abre.

—¿Y a uno con hierros?

—A uno con cota de malla, que pesa como un niño de ocho años, no lo aguanta ni pisando en los nudos. —Lo miró—. Odo irá con cota.

Cailean tejió. Mientras trabajaba habló, claro: de los mimbres de Gleann Bàn, de cómo se podían trenzar cestos para los huevos de las gaviotas, de una anécdota sobre Lulach y un cesto que no era un cesto.

Ella no oyó ni la mitad. Oyó, en cambio, el ritmo de su voz, que subía y bajaba sobre los dedos como una canción de faena, y comprendió que esa era su manera de aguantar el miedo: dárselo a las manos.

• • •

Para el resto utilizó todo lo que había.

En el cobertizo, bajo un montón de pieles viejas, encontró los cepos de su padre, cuatro de resorte y uno de oso, todavía untados de sebo, y tuvo que parar un momento con la mano en la boca.

Los colocó en el borde del bosque, donde pisaría ella si fuera un hombre de Odo: la raíz de un abeto, el hueco entre dos rocas, el paso fácil.

Los cubrió con ramas finas. Les echó nieve por encima.

Y ceniza de la lumbre, esparcida con la mano, para que el brillo de la nieve removida se apagara.

Hay quien cree que lo que borra un rastro es la nieve.

Lo que lo borra es el gris: lo que no brilla no se ve.

Colgó lazos de crin en las ramas bajas. Dobló dos abedules jóvenes hasta el suelo y los sujetó con una clavija y un cordel tan fino que casi era una idea: un paso en falso, y el abedul se levantaría con todo lo que tuviera enganchado.

Ruari y Hobb ayudaron como pudieron. Ruari acarreaba ramaje y preguntaba cada cinco minutos si no sería más fácil esconderse, y una vez, con las manos llenas de ampollas, pidió que constara en acta que él también había cavado.

«Consta», dijo ella. «Tienes las ampollas.

» Hobb, con el hombro vendado y un solo brazo útil, aprendió el nudo de la clavija en seis intentos y a sentirse orgulloso de él en el séptimo.

Ninguno de los dos tocó un cepo sin que ella lo viera, y los dos lo notaron, y ninguno se quejó.

Para eso sirve tener miedo: para obedecer con gusto.

—Y ahora el rastro falso —dijo.

—Dime que no es una trampa dentro de una trampa —suspiró Cailean.

—Es un camino dentro de otro.

Se descalzó junto al arroyo. Se calzó las botas al revés, con la punta hacia atrás, y caminó por el cauce de espaldas, con el aire de una bailarina vieja.

Dejó una línea de huellas que parecían venir de la loma hacia la cabaña.

Los que la leyeran de prisa dirían que alguien había llegado del monte.

Los que la leyeran despacio verían que los talones estaban hundidos en el lado equivocado.

Volvió con los dedos amoratados.

—Los hombres de Odo seguirán esas huellas. Entrarán por el bosque. En el bosque están los cepos.

—¿Y Odo?

—Odo lo leerá bien. Se lo enseñé yo. En el patio, el treinta de septiembre, me preguntó qué leía y se lo expliqué con los dedos, como una tonta.

—Se calzó—. Verá que está al revés. Dejará que los suyos caigan.

Y vendrá por el único sitio donde no hay árboles.

Por delante. Dejará el caballo y cruzará los cuarenta pasos mirando la casa.

—Donde yo no estaré.

—Donde estarás en el cobertizo de atrás.

Con el hacha. Cuando él entre y la encuentre vacía, sales y corres hacia el arroyo.

Por el callejón. —Se arrodilló en la nieve y le dibujó con el dedo una línea sinuosa—.

Entre la esquina y el aliso, siete pasos a la izquierda.

Tres a la derecha. Luego recto, hasta el hielo. Solo en los nudos. Pisa donde piso.

—Lo dices como si no lo supiera.

—Lo sabes mal. Antes lo hacías peor.

—Me caí en la cornisa.

—Y te cogí. Esta vez no estaré.

Lo había dicho sin pensarlo. Se le quedó la frase en el aire, como el humo, y él tardó en contestar.

—«No te dejo» —dijo Cailean, en voz baja, aunque no era una voz que supiera ir a ese volumen—. Es tu frase, creo. Me la diste tú. Y ahora me dejas con un hacha y un mimbre.

—No te dejo. Estaré en los cepos, con Ruari y Hobb. Alguien tiene que decirles dónde pisar a los que quedan, y no sois vosotros. —Se miró las manos, sucias de ceniza y tierra—. Te dejo con lo mejor que sé hacer.

—Que es una trampa.

—Que es el terreno.

—¿Y si no cae?

—Entonces te cuento cómo se vuelve a cavar.

Él sonrió. Era la sonrisa de siempre, la de escudo, pero con una grieta en un canto por donde se veía el otro lado.

—Si él pisa donde yo piso…

—Pisará donde has pisado tú, que es donde he pisado yo. Y el mimbre solo guarda un peso. —Se levantó. Dejó que el viento le llevara la ceniza de las palmas, y la vio irse hacia el bosque, ya sin dueño—. Cuando veas que pisa donde piso, ya está muerto.