Capítulo 38. La cabaña de Allt Bàn
La casa de una rastreadora no tiene cerradura, porque no hay quien pueda entrar sin que ella lo sepa, y eso la hace más segura que una torre y más vacía que una tumba.
No recordaba el camino. Recordaba el hombro de ella bajo su brazo, la nieve a media pierna y la voz de Ruari midiendo las leguas en cebollas: «Dos cebollas todavía.
Una cebolla y media». Cailean la vio de lejos, entre los últimos pinos, con la fiebre empezando a hacerle perder las fronteras de las cosas.
Un claro. Un arroyo helado que corría por debajo de su propia costra.
Una cabaña baja, de troncos y turba, con el tejado cargado de nieve y una chimenea que no echaba humo.
Y Catriona delante, quitando con el hombro el tronco que hacía de puerta, sin mirar atrás, como quien vuelve de pasar la noche fuera.
Dentro olía a cuero, a humo viejo, a ceniza fría y a algo dulce que no supo nombrar hasta que lo tuvo debajo de la nariz: cera. En una pared, de suelo a viga, había estantes. Y en los estantes, tablillas de boj. Cientos. Pequeñas, oscuras, apiladas de canto como libros sin lomo.
—Ese es mi padre —dijo ella, siguiendo su mirada—. Y esas de abajo, yo.
—Son tus huellas.
—Son todo lo que he pisado.
Cailean pasó la yema del dedo por el borde de una. Cera finísima, líneas apretadas como surcos de arado, nombres de bichos y de días. Era la cosa más íntima que había visto en su vida, y no entendió ni una raya.
—Siéntate —dijo ella.
—Me estoy sentando. El suelo se mueve, nada más.
Se sentó. El suelo siguió moviéndose. Alguien le quitó la camisa pegada de sangre a la piel, con un tirón que le hizo decir cosas que no sabía que sabía, y una voz de muchacho, a su lado, comentó con interés científico:
—Se le ha abierto como un odre.
—Hierve agua —dijo Catriona.
—¿Y yo qué hago?
—Tú, la aguja.
—¿La aguja?
—Cosiendo.
—Yo no sé coser.
—Nadie sabe. Se aprende cosiendo.
Cailean pensó que le gustaría saber en qué momento había empezado a delirar, para comparar.
La luz de la ventana tenía una forma líquida.
Los troncos del techo le hablaban en el idioma de Lulach.
Se oyó decir, con una claridad que lo sorprendió, algo sobre el punto exacto de sal de un caldo de gallina, y se oyó callarse a media frase porque no recordaba si ya la había dicho entera.
Una mano le sujetaba la nuca. Fría, callosa, firme.
—Cailean. Mírame.
La miró. Tenía las pecas más apretadas de lo que recordaba, o él se había olvidado, y una raya de hollín en la mejilla. Los ojos, esos ojos pardos de oro viejo, estaban demasiado cerca y demasiado serios.
—Ruari te va a coser el costado. Yo le digo cómo. Duele.
—Todo duele. Es la ventaja de estar vivo.
—Muerde esto.
Era un trozo de correa. Olía a perro. Lo mordió con el respeto que merece el cuero bien curtido.
Lo que vino después fue una colección de pequeños episodios sueltos, ninguno de los cuales hubiera querido contar.
El agua hirviendo con enebro. El musgo y la miel, de los que ella entendía, extendidos con el dedo, tan despacio, con tanto cuidado que no parecía la misma que lo había tirado a un foso con el mango de un venablo.
La aguja de hueso, la hebra de crin. Y la voz de ella, muy baja y muy clara, dirigiendo los dedos de un chico de quince años que no había cosido jamás otra cosa que su propia vanidad.
—Más junto. Un dedo de separación, no más. El nudo, a un lado. Así se cierra una piel de ciervo. Con tirón, pero no tanto.
—Me tiembla —dijo Ruari.
—Pues que tiemble mientras cose.
—Es que le salen los puntos torcidos.
—Torcidos pero cerrados. Lo torcido se aguanta. Lo abierto no.
—Parece un surco de arar —dijo Ruari, orgulloso, ladeando la cabeza como un pintor ante su obra.
—Es un surco de arar. Sigue.
—¿Esto es una puntada o un insulto?
—Cuando termines te lo digo.
Cailean cerró los ojos. Notaba el tirón de la crin al atravesar la piel como una mano que tira de una cuerda de arpa a lo lejos. No dolía exactamente. Se convertía en un hilo. Un hilo que subía hasta el techo y que él, desde dentro, miraba con curiosidad, preguntándose quién tenía el otro extremo.
• • •
Cuando abrió los ojos era de tarde. La luz entraba por la rendija de la puerta, anaranjada y corta, y la cabaña olía a caldo.
Alguien había hecho caldo. Con un jabalí viejo, a juzgar por el olor. Con ninguna sal.
Estaba tumbado sobre un montón de pieles, con el costado vendado y limpio.
Ruari roncaba a su lado, con la aguja prendida en la solapa y una sonrisa de héroe satisfecho.
Murmuró entre sueños, solemne, que cuando se lo contase a los de Tom na Croiche lo harían cirujano de la corte y le pagarían en vino.
En un rincón, Hobb dormía de lado con el hombro envuelto.
Y Catriona, en cuclillas junto a la lumbre, removía algo en una olla con la cara de quien ha perdido una apuesta con su peor enemigo, que es la sal.
—No sé hacer caldo —dijo, sin volverse.
—Ya lo noto desde aquí.
—Está caliente.
—Eso es todo lo que se le pide a un caldo cuando uno se desangra. Sal.
—No tengo.
—Es el mejor caldo que he bebido en mi vida.
—Mientes.
—Sí. Pero con cariño. —Tosió, y le dolió—. Ven aquí.
Ella dejó la cuchara. Tardó en acercarse, y lo hizo de lado, sin prisa, con las manos a la vista, como se acerca uno a un animal herido que además es amigo.
Se sentó a su lado, sobre los talones, con las manos colgando entre las rodillas.
No lo tocó. Pasó un rato largo en el que solo se oyó el chasquido de la leña y la respiración del chico.
—Tengo miedo —dijo él.
—¿De los normandos?
—De mi padre.
No sabía de dónde le salía. De la fiebre, de la crin, de haber dicho en voz alta tantas tonterías que le quedaba sitio para una verdad.
—No me conoció. En la galería. Me miró y preguntó quién era ese hombre.
Y yo me he pasado la vida, Catriona, toda la vida, esperando que él me mirase y dijera mi nombre.
Y lo que me aterra no es que no lo dijera.
Es que, en algún rincón de lo que le queda de cabeza, se haya creído lo que le han contado.
Que yo maté a Domnall. Que su bastardo mató a su hijo.
Llevo seis años ensayando a solas cómo suena esa palabra, «hijo», y nunca se me ocurrió ensayar el silencio.
Ella tardó en contestar. Cuando lo hizo, hablaba despacio, como quien traza un rastro sobre piedra.
—Un hombre que pregunta quién eres no te ha juzgado. No te tiene dentro. Eso es una hierba, no un veredicto. Y las hierbas se quitan.
—Eso es peor.
—No. Es una cosa que tiene arreglo. —Lo miró—. Yo te sigo. No te dejo.
No era la primera vez que lo decía. Sí era la primera que él la creía entera.
Cailean le cogió la mano. Ella lo dejó. Tenía los dedos de cuerda, ásperos de nudos, y por una vez estaban quietos.
De pronto ella levantó la cabeza.
Husmeó el aire como una zorra. Se puso en pie sin ruido, fue hasta la rendija de la puerta, y por un momento no hizo nada más que mirar el bosque oscuro, el arroyo helado, la loma de enfrente.
—Huele a humo.
—Es la lumbre.
—La mía tira hacia el norte. Esta viene del lado de la loma, y es leña de pino verde, de la que encienden los que no han aprendido a hacer fuego.
—Se volvió. Tenía la cara tranquila, como la de los animales cuando ya no queda sitio adonde correr—.
Ya vienen. Están a media legua. Va a ser un buen sitio.