Capítulo 37. La poterna este
Un guardia borracho es el mejor aliado de una fuga y el peor de una pelea, y lo malo es que no avisa de cuál de las dos ha elegido ser.
La llave giró sin ruido. Catriona tuvo que apoyar la frente contra el hierro, un momento, para dar las gracias a un niño de nueve años. Después empujó, y la puerta de la poterna cedió hacia dentro con un quejido de bisagra que le erizó el cuello.
Un pasadizo de piedra, estrecho, con olor a humedad, a sebo quemado y a cebolla de cena, porque hasta los pasadizos de un castillo huelen a lo que se come arriba.
Veinte pasos hasta el otro extremo, donde, tras otra puerta, estaba el patio.
A mitad de camino, una garita con un brasero.
Dos hombres. Uno dormía sentado, con la barbilla contra el pecho.
El otro, de pie, con el odre en la mano y la lanza apoyada en el muro, se volvió despacio, con los ojos de alguien que ha bebido lo justo para no entender lo que ve.
—¿Ya es hora de relevo? —dijo Wat.
—Ya es hora —dijo Hobb detrás de ella, con voz de escudero de buena casa, y se adelantó con la linterna tapada—. El sargento Gisle os quiere a los dos arriba.
—¿A mí? ¿Por qué?
—No lo sé. Gisle no da razones. Da órdenes.
Wat se quedó pensando. Se le notaba en el cuello. Después, despacio, dejó el odre, y fue entonces cuando miró a la figura que había entrado detrás de Hobb, con el gorro de piel hasta las cejas y un venablo corto.
—Esa no es de Gisle —dijo.
Catriona no le dio tiempo a más. Le lanzó el lazo a los tobillos, tiró, y el hombre cayó de espaldas sobre el brasero con el estrépito de una cacerola.
El otro se puso en pie de un salto y sacó la espada.
Ella le metió el asta del venablo en las costillas, y lo vio doblarse, pero no sin antes soltar un tajo al azar que le abrió a Hobb el hombro como se abre un saco.
Hobb ni se enteró. Había visto a Wat levantarse entre chispas, con la lanza ya de través.
Y Hobb se interpuso.
No supo luego si fue valor o torpeza. Hobb dio un paso de lado, con el cuchillo que le habían puesto al cinto cuando le hicieron escudero, y lo clavó en el pecho de Wat con una brusquedad tan inexperta que pareció que no lo había hecho él.
Wat lo miró, sorprendido. Dijo «Ah», como alguien que descubre que no tiene el monedero. Y se sentó.
Hobb retiró la mano. Se quedó mirándola.
—Yo no quería —dijo, con una vocecita de muchacho—. Quería que no te tocara.
—Lo sé.
—Es que le llevaba los recados.
—Lo sé. Hobb, mírame. —Le agarró la cara con las dos manos, bruscamente, porque no había tiempo de ser delicada—. Después. Ahora, camina.
Hobb se dobló y vomitó, discreto, contra el muro, y se limpió la boca con la manga buena como si hubiera sido un estornudo.
Pero ya sonaba el cuerno.
El segundo guardia, con una mano en el costado, había encontrado fuerzas para soplar. Un bramido ronco, de vaca en mal parto, que subió por la torre y se repitió en lo alto como un eco de lobo. Alguien gritó en el adarve. Pasos de botas sobre madera.
La puerta del fondo se abrió de golpe.
Entró primero Seonaid la Grande, con una espumadera en la mano y el delantal torcido, empujando delante de sí a un muchacho flaco con los ojos desorbitados. Detrás venía otro, más alto, con los dos brazos pegados al costado izquierdo y la camisa negra de sangre.
Catriona lo había visto por última vez con una soga al cuello, entre diez jinetes, y se había figurado a lo largo de diez días que sabía qué cara tenía en él el miedo.
No era esa. La cara de Cailean mac Maol Ìosa, sangrando por el costado, con una torre de normandos a la espalda, era la de alguien que acaba de oír una lechuza.
—Has tardado —dijo él.
—Diez días.
—Diez días enteros. Tuve tiempo de pensar un discurso. Era largo.
—Calla y corre.
—Qué bien lo has dicho. Estaba temiendo que me quitaras la costumbre.
Ella no se permitió mirarle el costado. Lo vio igual: la camisa negra, el paso corto, la mano abierta sobre las costillas, igual que se sujeta una puerta que quiere abrirse.
—¡Cat! —chilló Ruari, y se le colgó del cuello con los pies en el aire.
—Después —dijo ella, aunque lo apretó con el brazo libre un segundo más de lo necesario—. Seonaid.
—Yo no he visto nada. —La cocinera se atusó el delantal con el empaque de una abadesa—. Tengo masa en el fuego. Si preguntan, voy a mi cocina y no sé de qué hablan. Si me matan, ya sabré lo que dicen.
Se dio la vuelta y desapareció por la puerta de la leñera. Se oyó el cerrojo.
• • •
Fuera, la noche seguía quieta, con las estrellas fijas.
Al otro lado de la poterna se abría un foso seco, hondo de dos estaturas, relleno de nieve hasta la mitad, y el borde donde acababa el pasadizo era un escalón de piedra sin rampa.
Catriona había dejado atada a un pino una cuerda de cáñamo por el lado de fuera.
Pero la cuerda no llegaba a lo hondo, y a sus espaldas los de la torre ya bajaban gritando.
Sacó de su cinto el lazo de crin, dos vueltas, un nudo corredizo. Se lo tendió a su hermano.
—Salta. Sujétate con esto cuando caigas. Ábrete de piernas.
—Yo no sé…
—Sí sabes. Te lo enseñé a los nueve años en el cobertizo.
Ruari miró hacia abajo. La nieve del foso brillaba, azulada, con el color de la leche a la que le cae un chorro de tinta, sin una huella. Quince años. Cualquiera hubiera dado un paso atrás, y él dio uno hacia delante, con la barbilla alta, que era su manera de tener miedo.
—Si me rompo la pierna, lo cuentas como que me caí con elegancia.
Saltó. La nieve lo tragó con un golpe amortiguado. A los dos latidos, una cabeza negra de pelo apareció en lo hondo, escupiendo nieve y riéndose con un alivio histérico.
—¡Estoy vivo! ¡He volado!
—Has caído —dijo Catriona.
—He caído volando.
—Ahora tú —dijo Catriona a Cailean.
—No sé si me gusta cómo lo has dicho.
—Hobb primero. Está herido. —Había una mancha oscura creciéndole en el hombro; Hobb la miraba con curiosidad mansa, como si fuera de otro—. Pisa donde piso. No hagas dos huellas en el borde.
—No soy un ciervo.
—Todavía.
Hobb bajó agarrado a la cuerda, con una mueca que quería pasar por sonrisa. Cailean saltó el último, con el brazo sano por delante y el otro pegado al cuerpo, y cayó en la nieve con un gruñido que no era solo de dolor.
—Anotado —dijo desde abajo—. Me gusta volar menos que cocinar.
Ella se asomó al borde y le tendió la mano. Él la tomó con la suya, pegajosa, caliente, y durante un latido nadie hizo nada más que sostener.
—Sube —dijo ella.
—Sí, sabuesa.
Subieron por el otro lado con la cuerda, y luego estaban entre los pinos, corriendo, con la nieve a media pierna y el frío entrándoles en los pulmones a cuchilladas, y por primera vez en doce días a Catriona no le pareció mal.
Catriona iba detrás. No miró atrás hasta que Cailean tropezó, y entonces se detuvo y se volvió.
A lo lejos, bajo el arco de la poterna, el brasero de la garita seguía dando su resplandor rojo sobre un hombre sentado, y decidió no mirarlo otra vez.
En lo alto de la torre se había encendido una ventana. Una silueta alta, recortada contra la luz, sin capa, con las manos cruzadas por delante. No gritaba. La voz de monje bajó en la noche con la limpieza con la que baja el agua de un tejado, sin prisa, y llegó entera hasta el pie del muro.
—Que no los maten. Que los sigan. Ella los llevará a todos.