Capítulo 36. El tragaluz
Una cuchara es un arma pobre, pero tiene la ventaja de que nadie se la quita a un preso, y con un día de paciencia hace más que una espada con prisa.
Habían pasado el once entero royendo el mortero del tragaluz.
Primero Ruari, que lo descubrió a las pocas horas de leer la tablilla de su hermana y entendió el «aguanta» con la libertad de quien tiene quince años.
Después Cailean, desde que lo devolvieron del patio con las marcas de la cuerda todavía en las muñecas.
La cuchara de boj que Seonaid les había bajado junto con el mensaje se astilló a mediodía.
Siguieron con el mango, que tenía mejor filo del que merecía.
El mortero se deshacía en un polvo fino que les cubría los antebrazos y se les metía en el pelo, y a media tarde parecían dos panaderos agotados.
La argolla era el problema: una pieza de hierro del tamaño de un puño, empotrada en el borde, con la reja del tragaluz sujeta a ella por una cadena corta. Si cedía la argolla, cedía la reja, y con la reja, cuatro palmos de cielo.
—Si salimos de esta —susurró Ruari—, lo primero que como es una cebolla. Cruda. Con sal.
—Lo primero que comas será lo que Seonaid te ponga delante, y se lo agradecerás de rodillas.
—Mi hermana nunca ha hecho nada por nadie —añadió, escupiéndose en las palmas—. Ha seguido. Ha cazado. Y ahora se mete en un castillo con cuarenta normandos y nos manda una cuchara.
—Es el mensaje de alguien que sabe que no tenemos otra cosa.
—Lo dices como si te gustara.
—Me gusta. —Cailean rascó otra vez, con la mejilla pegada a la piedra, y un grano de cal le cayó en el ojo—. Hay cosas peores que querer a alguien que contesta a los problemas con cubiertos.
Ruari calló un momento. Luego, muy bajo:
—Yo creo que ya estás en su cuenta.
—Me lo ha dicho ella. Con nudo y todo.
—Pues entonces no pierdas la hoja de la cuenta.
Cailean no se había permitido pensar en la soga en todo el día.
Había hablado de guisos, de lobos, de cómo se atan los zapatos de un hombre que aún no sabe que va a morir.
Cuando se hace de noche, los pensamientos que uno ha ido apartando vuelven a la fila de uno en uno, educados, y el último en llegar es siempre el que más pesa: que nadie bajaría a buscar a un bastardo.
Ya no era del todo cierto. Había una lechuza cerca. Eso cambiaba el tamaño de la noche.
A la hora de maitines, cuando el campanario soltó doce golpes que se perdieron en la nieve, se apagó el último rescoldo de ruido en el patio.
Habían hecho un rollo con la manta, lo habían pasado por el ojo de la argolla y anudado como palanca, y esperaban.
El guardia de la trampilla tenía fama de dormir como un cerdo cebado, y la tenía bien ganada: se le oía desde abajo.
Entonces lo oyeron.
Un sonido grave, largo, con un temblor al final, muy lejos, hacia la poterna. Una lechuza. Dos. Tres.
Cailean se quedó quieto. Hay animales que cantan en diciembre, pero ningún búho de buen juicio canta con ese compás tan seguro, ni deja tras el tercer grito un silencio tan bien puesto.
Algo le subió por el pecho que no tenía nada que ver con la herida.
Había vivido treinta años sin saber que una lechuza podía decir su nombre.
—Es ella —dijo Ruari.
—Es una lechuza.
—Es ella. Mira cómo te has puesto.
—Cállate y tira.
• • •
Tiraron los dos, pegados a la manta, con los pies contra el muro.
El hierro rechinó. Una lluvia de cal y de herrumbre les cayó en la cara.
Cailean contó hasta tres. A la tercera cedió la argolla con un chasquido seco, la reja se descolgó, y por un momento sostuvieron entre los dos el peso de algo que podía haber despertado a todo Callan.
La bajaron al suelo despacio, como una olla caliente.
Sobre ellos se abrió un cuadrado de noche. Estrellas, un cielo de hielo.
—Arriba —dijo Cailean, y se agachó.
Ruari se le subió a los hombros con agilidad de gato y un pie en la oreja, y una rodilla que no sabía dónde dejarse.
Eran dos varas hasta el borde, y el borde, de pronto, parecía la cima de un monte.
Cailean sintió el peso del muchacho cargarle el costado izquierdo, y algo cedió dentro, muy hondo, con un tirón húmedo de tela y carne que no hizo ruido.
Un calor repentino le empapó la camisa. Apretó los dientes.
Había aprendido en siete semanas con una mujer de pocas palabras que lo más útil que se puede hacer con un dolor es negarle audiencia.
—¿Estás bien?
—Perfecto. Sube.
Ruari se agarró del borde, pataleó, se izó. Un segundo después solo quedaba el cuadrado de cielo con una sombra moviéndose arriba. Cailean se quedó solo en el hoyo con la manta, el mango de la cuchara y una mancha tibia que le bajaba por la cadera.
Cayó una cuerda. Delgada, de cáñamo, con un nudo cada tres palmos. Alguien había pensado no solo en que bajara, sino en que pudiera subirse con las manos de un hombre cansado. Colm.
Subió con los codos y con los brazos. Cada nudo era un escalón, y cada escalón costaba una brasa.
En el tercero se acordó de que se había pasado seis días quejándose del aburrimiento del hoyo, y retiró la queja con efecto inmediato.
Fue contando recetas para distraerse: el aceite caliente, la cebolla en rodajas finas, la sal cuando la cebolla se vuelve de oro.
En la quinta, una mano pequeña y fría le agarró la muñeca y tiró con todas sus fuerzas, que eran pocas, y bastaron.
Rodó sobre la nieve del patio. Olía a ceniza fría y a orín de perrera, y era el mejor aire que había respirado nunca. Tenía el aire helado en la cara, el costado húmedo y encima el cielo, y no recordaba haber estado tan contento nunca en un charco de su propia sangre.
Ruari estaba agazapado junto al pozo, mirando hacia la leñera. Allí asomó un resplandor de lámpara y se escondió. Una puerta, abierta un dedo, y una silueta enorme con delantal que hacía señas con un cucharón.
Desde el pozo se veía el patíbulo, un travesaño negro con dos sogas muertas. Ruari le dedicó una mirada larga, de comprador de caballos.
—Pino verde —susurró—. Os lo dije.
—Luego lo discutes con él. Ahora, a la leñera.
—Un momento.
Colm había atado el cabo de la cuerda a la argolla de amarre de las bestias, junto a la pared, con las dos manos y los dientes.
Estaba de pie junto al nudo, con una manta de capa, descalzo en la nieve, muy pálido, mirando el hoyo vacío.
A Cailean le vino a la cabeza que acababa de cumplir, con nueve años, la hazaña más seria de su casa, y que tenía que estar en la cama antes de que lo echaran de menos.
Pensó que le debía a aquel niño unos zapatos, una perra con nombre y una madre, y que solo podía pagarle lo primero.
—La cuerda es de las perreras —murmuró el niño, tocándola—. La perra nueva no se ha quejado. —Y añadió, con un temblor de orgullo—: Existe, ¿sabes? La perra nueva. Hay una de verdad.
—Lo sospechaba. ¿Y cómo se llama?
—Todavía no tiene nombre. Estoy esperando a que me caiga bien.
Se arrodilló delante de él, con la mano en el costado, y el patio dio una vuelta lenta alrededor.
—Colm. Ven con nosotros.
—No puedo. Madre me busca de noche. Si no estoy, sabrá.
—Entonces dime qué hago.
El niño miró la reja caída, la cuerda, las huellas en la nieve que ya nadie podría borrar. Su cara, por un instante, fue la de un hombre mayor, estrecha de tanto callar.
—Si me llevan —dijo Colm—, diré que me asusté. Tú no me hagas caso.