Capítulo 35. Tres ululatos
Una muralla tiene costumbres como una persona, y para entrar en ella basta con ser más paciente que sus costumbres.
Catriona pasó el once de diciembre tumbada en lo alto del Cerro de la Atalaya, con un manto de lana verdosa por encima y la nieve entrándole por los codos, aprendiendo las de Dùn Callan.
Desde allí se veía todo: el promontorio, el loch helado alrededor, la poterna este abierta en la base de la torre como una boca a la que le faltan dientes.
Ocho hombres en el adarve, con las capuchas caladas y las manos bajo los sobacos, como una bandada de cuervos con frío.
Cada uno daba cuarenta y dos pasos hacia el norte, cuarenta y dos hacia el sur, y se paraba a escupir por el lado del viento.
Cuando el campanario tocaba tercia, relevo.
Cuando tocaba sexta, otro, más lento, porque a esa hora la cocina mandaba olor a puchero.
Rascaba las cuentas con la púa en la corteza de un abedul y reservaba las tablillas para lo que mereciera cera. Rondas. Relevos. Una puerta de hierro en la poterna, dos hombres detrás con un brasero, y uno de ellos, a juzgar por cómo se apoyaba, bebía.
Su padre decía que un jabalí y un castillo se parecen en una cosa: los dos creen que lo peligroso viene de fuera. Un jabalí nunca mira a su espalda; un castillo, tampoco. Por eso se les entra siempre por donde se cansan.
A media mañana se levantó un rumor de patio. Desde la roca no se distinguían caras, solo puntos oscuros que se movían sobre la nieve, y en medio, junto al pozo, una raya negra horizontal con dos hilos colgando.
Dos.
Se quedó mirando hasta que se le secaron los ojos.
Tenía una tira de cecina que no se atrevía a masticar por el ruido, y los dedos tan fríos que la púa se le caía de ellos.
No gritó. Hizo lo que sabía hacer cuando algo dolía demasiado: contar.
Una raya, dos hilos. Veintisiete horas hasta el mediodía siguiente.
Ocho hombres. Cuarenta y dos pasos. Él estaría ahí abajo, atado, hablando.
Seguro que hablaba. Seguro que estaba convenciendo al guardia de que el nudo estaba mal hecho.
Cuando se le pasó el temblor de las manos, rascó una última marca en el abedul: esta noche. Mañana ya era tarde.
• • •
—Te sigo desde Loch Dùn —dijo una voz a su espalda—. Si cuentas el tiempo que he pasado perdido.
Catriona no se volvió. Lo había oído hacía rato, a cincuenta pasos, bajando por el pinar con la elegancia de un buey que se cae por una escalera.
Hobb llegó a su lado a cuatro patas, con la nariz roja y una rama de pino enganchada en el gorro, y se dejó caer en la nieve.
Se quitó la rama del gorro, la miró y se la guardó.
—Me quedé exactamente hasta que te perdí de vista —aclaró—. Luego fui detrás. Me he caído tres veces. Una, a un arroyo. En el arroyo había un zorro. Creo que nos hemos respetado mutuamente.
—Te dije que vigilaras la Vara.
—Vigilé a los monjes. Los monjes vigilan la Vara. Es una cadena, Catriona, no una cuerda tonta. —Resopló, miró hacia el castillo, y se le fue la sonrisa—. Ya han puesto la horca.
—Ya.
—Los de Odo cenan a vísperas, en dos turnos.
En el primero, el sargento Gisle los cuenta, y luego se echa a dormir en la garita.
—Hablaba deprisa, de un tirón, como se arranca una espina—.
El de la poterna es Wat, que bebe un poco más de lo que debe desde que murió un primo suyo en la Lairig.
Lo sé porque le llevaba los recados. Mi pasadizo favorito era el de la leña. Huele a gato.
—¿Y Robert?
—Muerto. —Se encogió—. Ya no manda. Mandan Gisle y los otros. Dicen que Odo no lo ha llorado, que dijo que era un hombre eficaz y que los hombres eficaces se reponen. Con esas palabras.
Catriona lo miró de reojo. Diecisiete años, y la cara de quien ha descubierto que una lealtad pesa más de lo que parece y la carga igual. Le tendió un trozo de tocino.
—Come. Esta noche hay que correr.
—Yo ya corro bastante.
—Hacia delante.
—Ah. —Hobb masticó con aire pensativo—. Eso es nuevo. Me va a costar.
• • •
A la caída de la tarde la reja de la huerta tenía la misma cara de la víspera. La hogaza de centeno había desaparecido de la nieve. En su lugar, en la sombra de la cocina, había una figura enorme con delantal.
—Señora…
—Seonaid. —La cocinera se acercó a los barrotes.
Tenía la cara roja de fogón y los ojos pequeños de quien no se ha permitido una lágrima en treinta años de servicio—.
Tu tablilla llegó. Se la bajé a tu hermano por el desagüe del hoyo, atada a una cuchara con un cordel.
Por ahí llega todo lo que no debe llegar. Nadie me preguntó.
—¿Pudo leerla?
—Le rascó la cera con la uña y se echó a reír. Me dio las gracias en voz baja y me pidió una cebolla. —Se pasó el dorso de la mano por la nariz—. Un chaval que pide cebollas a las cocineras estando a un día de la soga. Eso es sangre de montero.
Catriona intentó decir que sí.
—No hables, que no te sale. Esta noche, a la hora de maitines, el patio queda vacío un rato. Yo abro la puerta de la leña. Hay un pasadizo hasta la poterna, y por el pasadizo vais.
Lo que sacó del delantal era un pan largo, caliente. Lo partió con las manos. Dentro, envuelta en un trapo, había una llave de hierro del largo de un dedo, negra de uso.
—Es de la poterna. Me la dio el niño. Dijo que no preguntara de quién. —Hizo una pausa—. Yo nunca pregunto. Llevo la vida en una cocina y sé que lo que no se pregunta no se derrama.
Ya tenía la mano en la puerta, y la dejó donde estaba.
—Otra cosa. Esta noche, antes de abrir la leñera, hay una jarra de vino en la cámara del señor que va a saber a vino y a nada más. Es cosa mía. No me preguntes eso tampoco.
Catriona no preguntó. Pensó en las moras del abad, en las pupilas anchas y el sueño de plomo, y comprendió que una cocinera había decidido, con una jarra y sin consultar a nadie, lo que ni una fine se atrevía aún a decidir.
—Gracias —consiguió decir.
—No me las des. Tu padre me traía el mejor lomo del bosque y jamás me pidió el precio. —Retiró la mano—. Y si se te acerca una mujer grande con una espumadera, no la mates: soy yo.
Se fue. La puerta de la cocina se cerró con un golpe mudo.
Catriona se quedó con la llave en la palma.
Nadie le había dicho de quién era la mano, pero ella preguntaba al suelo todo lo que no preguntaba a las personas, y el suelo contestaba claro.
Una llave de poterna cuelga del cinturón de quien manda en la casa.
Y hay una sola mano en Callan, pequeña, que sabe soltar ese nudo mientras la dueña duerme, y a la que nadie registraría jamás.
Tenía nueve años. Se le puso un peso nuevo en el pecho, el de una deuda que no se paga con venablo.
La noche salió limpia y sin viento. Desde el cerro, Catriona vio la torre apagarse piso a piso, ventana a ventana, hasta quedarse con una sola rendija encendida, en la capilla.
Bajaron al amparo de los pinos, ella delante, Hobb detrás con los pies más en silencio que nunca.
Al pie del muro, a sesenta pasos de la poterna, donde la sombra de la torre cubría la nieve, ella se arrodilló y se llevó la llave a los labios un momento, sin saber por qué.
Después se ahuecó las manos contra la boca y soltó al aire helado el grito de una lechuza, grave, largo, tres veces.