Capítulo 34. El plazo adelantado
Una horca se monta en una mañana y se anuncia en una hora, y las dos cosas son más rápidas que cualquier justicia que Cailean haya visto.
La oyó antes de verla. Desde el alba, sobre el techo del hoyo, alguien clavaba tablas con entusiasmo de carpintero bien pagado: martillazos cortos, una pausa para escupirse en las manos, otra tanda.
Ruari llevaba una hora sentado con la oreja contra el muro y el gesto de quien asiste a una conferencia técnica.
—Pino —dictaminó—. Y verde. Eso no aguanta ni a un cerdo.
—No es para un cerdo.
—Es para mí, ya lo sé. Solo digo que si van a ahorcarme, que lo hagan con algún respeto a la madera.
Cailean se rio, y el costado le devolvió una puñalada de aviso. La risa se le cortó, pero no las ganas. Pensó que la mitad del valor de un hombre está en cómo se ríe en el último rato, y que al chico no había que enseñarle nada.
La trampilla se abrió a media mañana. Entró luz de nieve, un frío limpio, y detrás unos brazos de guardia que los subieron por la escala de uno en uno, sin violencia y sin ceremonia.
A Ruari le temblaban las rodillas y se negó a que se le notara.
A Cailean le ataron las muñecas con un nudo de los que se aprietan solos cuanto más se tira.
Era buen nudo. Seguramente de marino. Lo apreció, a su pesar.
—¿Se dice algo en estos casos? —susurró Ruari, mirando al frente.
—Lo que sea, pero largo. El mediodía no llega mientras uno sigue hablando.
• • •
Arriba, el patio de armas era un mar blanco lleno de gente.
No de fiesta. Cocineras con las manos escondidas bajo el delantal, mozos de cuadra con el gorro estrujado, soldados de Odo en filas, pastores bajados del valle.
Nadie hablaba. La nieve crujía bajo los pies como huesos pequeños.
Olía a humo de leña y a pan recién cocido, porque ni una ejecución consigue que una cocina deje de cocer.
En el centro, junto al pozo, un travesaño nuevo sobre dos postes, y de él colgaban dos sogas quietas, blancas de escarcha, que el viento mecía apenas.
Dos. Alguien las había medido a ojo. Una se quedaría algo corta para Ruari.
Odo esperaba al pie del estrado, impecable. Capa gris, botas sin una mancha, el pelo ceniza peinado hacia atrás, las manos cruzadas delante con la serenidad de un monje a punto de empezar una letanía. A su lado, un paje sostenía una jofaina de agua humeante y un paño de lino doblado.
—Cailean mac Maol Ìosa. Ruairidh mac Fhionnlaigh.
—La voz de monje llegó hasta las perreras—.
Por mandato del mormaer, cuyo sello obra en mi poder, y en ausencia de un heredero que pueda juzgar, esta curia ha dictado sentencia.
El primero, por el homicidio de Domnall mac Maol Ìosa en la capilla de San Miguel.
El segundo, por la caza de un ciervo del rey. Se ejecutará mañana, al mediodía.
Un murmullo cruzó el patio como el viento por un pajar.
—Salvo —prosiguió Odo, sin alzar el tono— que antes de esa hora se entregue a esta curia la Vara Blanca de Callan, sustraída al heredero muerto.
Quien la traiga, o sepa dónde está y hable, salvará dos vidas y tendrá el reconocimiento de esta casa.
—Una pausa de buen orador—. El orden es el orden. No sé hacerlo de otra manera.
—¿Puedo decir algo? —preguntó Cailean.
Hubo un instante de silencio puro, de los que se oyen. Odo ladeó la cabeza, interesado, como ante un insecto que habla.
—Que hable. Es costumbre.
—Gracias. —Cailean alzó las manos atadas, como un predicador—.
Soy Cailean, el que os ordenaba las guardias de noche.
A algunos os he bajado la sopa a las cuatro de la mañana.
A uno de vosotros le presté el cuchillo y no me lo devolvió, y lo recuerdo, no pasa nada.
Yo no he matado a nadie. Eso lo sabe una persona de este patio, y no soy yo.
Ahora lo oiréis cada uno a su manera y os iréis a comer. Que Dios os dé buena memoria.
—Basta —dijo Odo con suavidad, y el guardia le tiró de la cuerda.
Pero se había quedado un silencio distinto, y Cailean lo notó con la piel. Cuarenta personas con la vista clavada en el suelo es otra cosa que cuarenta personas con la vista clavada en él.
Fue entonces cuando levantó la cabeza hacia la galería.
Estaba en lo alto, al abrigo de un alero de pizarra.
Dos pajes sostenían una silla con respaldo, y en la silla, envuelto hasta la barba en pieles de lobo, estaba su padre.
Se había encogido. Hacía tres meses era un hombre con gota y mal genio.
Ahora era un montón de huesos que respiraba.
La barba blanca le caía sobre las pieles sin peinar, y alguien, con mucho cariño o con mucha prisa, le había abrochado mal el manto.
A su lado, de pie, con una mano sobre el respaldo y un vestido azul oscuro, la condesa, que no había dormido: tenía la cara de quien ha pasado la noche haciendo cuentas, y los ojos, de vez en cuando, se le iban a la tapia de la huerta.
Delante de ellos, sobre el pretil, una copa de cuerno con aro de plata, vacía, con un poso gris en el fondo.
Un criado la recogió y se la llevó con la lentitud de quien traslada un pájaro.
—¡Padre! —gritó Cailean.
No pensó. Salió de él de donde salen las cosas que uno no sabe que lleva dentro. El patio entero volvió la cabeza, y el viejo alzó la cara.
Ruari, junto a él, murmuró sin mover los labios: «Eso no estaba en el plan». «No había plan», contestó Cailean. «Pues por eso lo digo.»
El viejo tenía los ojos abiertos, enormes.
Las pupilas, anchas, tan negras que el color había quedado reducido a un anillo fino.
Esos ojos, que habían sido grises y duros, recorrieron el patio sin posarse en nada, como el ciego que busca la puerta.
Al llegar a Cailean se detuvieron. La boca se le entreabrió.
—¿Quién es? —dijo, con voz de niño que despierta de la siesta, y llegó abajo a pedazos—. ¿Quién es ese hombre?
—Nadie, esposo. —La condesa le puso la mano en el hombro—. Tienes frío.
Se lo llevaron por la puerta de la torre, entre pajes, como un fardo que no debe mojarse. Cailean se quedó con el grito todavía dentro y sin sitio donde ponerlo.
Algo se dobló dentro de Cailean como una rama bajo demasiada nieve, y no era dolor.
Era lo contrario del dolor: una pieza que encaja.
Las pupilas. Las noches. La copa que ella sostenía con las dos manos bajo la barbilla del viejo, cada noche, con tanto cuidado.
Y Domnall, que había dejado de reír en las comidas dos meses antes, sin que nadie preguntara por qué.
Padre… no bebas la…
—La copa —dijo en voz baja.
En la puerta de la cocina, pegado a las faldas de Seonaid, había un niño pálido que lo miraba con ojos que ocupaban toda la cara.
Colm. Se mordía los labios, y cuando Cailean lo miró, tragó saliva y no se movió.
Al lado, una mujer grande con harina hasta los codos fingía amasar con una atención sospechosa.
Una mano se posó en su hombro.
No hizo falta volverse. Olía a jabón y a cera, y su dueño había aprendido a andar sin ruido sobre todos los suelos del mundo. Odo se había acercado mientras el patio miraba la galería, y se inclinó junto a su oreja con la cortesía de un confesor.
—Me alegra que lo veas —murmuró, con la voz más cálida y más baja del mundo, tan baja que el guardia de la cuerda no la oyó—. Prefiero que la gente entienda. Es más limpio. —Sonrió, apenas, con dos dedos de cara—. Ahora sí lo sabes, ¿verdad? Pues no hay nadie a quien contárselo.