Capítulo 33. El jardín de la condesa
Un jardín de simples es el único sitio de un castillo donde nada disimula, y por eso conviene entrar en él con los ojos más abiertos que en la sala del trono.
Catriona llegó a la huerta de Dùn Callan con la última luz del diez de diciembre, por la senda de caza que su padre había abierto cuando ella tenía doce años para sacar corzos sin cruzar el patio.
Nadie la había vuelto a pisar. Fue a la parte trasera del muro, donde el cobertizo de la leña tapaba la vista de la poterna, y allí esperó, pegada a los troncos y con el frío subiéndole por las botas, hasta que el campanario dio vísperas y se oyeron cerrarse las puertas de la cocina.
Después fue hasta la reja y dejó la cesta.
Era una cesta cualquiera, con una hogaza de centeno dentro.
Bajo la corteza, metida en un hueco con su trapo, iba la tablilla de Ruari.
Dos golpes de nudillo en los barrotes. Una mano grande, enrojecida por el agua de los fregaderos, salió de la sombra, cogió el pan y se retiró sin que nadie hubiera visto a nadie.
Seonaid la Grande no encendió luz ni dijo palabra.
Cerró la puerta con tanto cuidado que el cerrojo no sonó.
A Catriona se le aflojaron las rodillas. Aguardó a que volvieran a su sitio, porque lo que venía ahora no se hacía con las rodillas flojas.
Subió. La soga con gancho, la piedra que sobresalía en la esquina, el brazo y luego la rodilla. Pasó la pierna por lo alto de la tapia y se dejó caer entre las parras desnudas, que a esas horas tienen más brazos que cualquier ladrón.
• • •
No venía a hablar con nadie. Venía a por una raíz.
La cuenta era sencilla. Si el mormaer dormía por beleño, el beleño crecía en algún sitio.
Pero un viejo que dormita no es una prueba, y una condesa que cuida su jardín tampoco.
Una planta, en cambio, es una planta: con su flor sucia de venas púrpura, su cápsula cerrada como un cáliz, su olor a establo mal aireado.
Con una en la mano, Angus el Ciego podría decir lo que decían los ciegos de las hierbas, y los ancianos del rito lo escucharían.
Los senderos estaban barridos para que una señora no se mojara el pie, y los bancales conservaban la nieve en el borde.
A la luz de la luna parecían una cuadrícula de tumbas pequeñas.
Olía a tierra helada y, por debajo, a algo dulce y espeso que no era de la estación: la memoria de las matas, como el olor que guarda un cuenco después de la leche.
Acónito, con el capuchón azul marchito. Cicuta.
Digital. Y al fondo, al abrigo del muro, unas matas grises y pegajosas ya sin flor, con las cápsulas secas abiertas como bocas.
Estaba a tres pasos de ellas cuando oyó el cuchillo.
No un arma. Un cuchillito de podar que se hundía en la tierra helada con un sonido corto y paciente. Había alguien de rodillas junto al último bancal, en una capa de lana oscura con capucha. Cuando se volvió, la luna le dio en la cara.
—Es mejor sacarlas de raíz —dijo Lady Hermengarda, sin levantarse—. La cápsula sola hace ruido. La fuerza está abajo. Como casi todo.
Tenía las manos pequeñas, con tierra negra bajo las uñas cortas. Catriona se las miró un momento de más: eran las manos de alguien que sabía exactamente lo que hacía con cada planta.
Catriona no se movió. Un animal sorprendido en el sendero sabe que, si corre, quien lo mira corre detrás. Los ojos de la condesa tenían el color del pizarral después de llover. La voz, la suavidad de una colcha.
—Sabía que vendrías. Los rastreadores vuelven a donde empezó el rastro. Mi hermano lo dice, y mi hermano rara vez dice lo que no sabe.
—Yo no… —La lengua se le trabó—. Yo no he venido a nada, señora.
—Por supuesto. Has venido a por una planta. Siéntate, Catriona. El banco de piedra está seco. Tu padre me trajo una vez un cervatillo vivo para Colm. Tenía las patas como juncos. Colm lo llamó Domnall, y no por casualidad. Lo tuvo en la cocina un invierno entero, y comía en su mano.
La había nombrado dos veces, la segunda sin necesidad, y Catriona entendió que era para amansarla. Se sentó en el borde del banco con la mano en la bolsa. Allí dentro, bajo el pan de repuesto, estaba la tablilla de boj del treinta de septiembre. No la necesitaba. Se la sabía de memoria.
—Tu hermano está bien. Le subo yo el caldo, a escondidas de mi hermano. Es listo, como tú. Con la lengua suelta, como no eres tú.
Catriona se miró las manos.
—No voy a preguntarte nada. —La condesa se puso en pie por fin, despacio, sacudiéndose las rodillas—.
Dicen que no sabes mentir, que te tartamudea la lengua como a mi hijo, y no pienso someterte a eso: es un mal favor que se le hace a cualquiera.
Te propongo, en cambio, algo claro. Tu hermano sale esta noche por la puerta mayor con una capa y diez monedas, y mañana está en el bosque del rey con su arco.
Tú serás guarda mayor de la Coille na Rìgh, con casa de piedra y paga, que tu padre habría dado un brazo por ver. Lo único que te pido es que te apartes.
—¿De qué?
—De este rastro.
No había amenaza en su voz. Había cansancio: el de una mujer que lleva diez años remando contra una corriente que nadie más ve.
—Mi marido tiene gota. Le duele hasta el aire. El beleño, en poca cantidad, le quita lo que duele. No le hago daño. Le ayudo a olvidar. Hay quien prefiere a un viejo despierto antes que a un viejo tranquilo, y esa gente no ha pasado una noche con él.
Sacudió la raíz contra el borde del bancal, dos golpes secos, y la envolvió en un trapo con el cuidado con que se envuelve lo que se piensa regalar.
Catriona no miraba su cara.
Miraba el suelo. Donde la condesa había hincado la rodilla para cavar, la capa se le había recogido hacia atrás y los pies asomaban hacia ella, vueltos.
Y en la nieve del sendero quedaban las huellas de la ida y de la vuelta: pequeñas, estrechas, con la puntera afilada como una hoja de sauce.
En el talón, cuando la señora se incorporó, la luz dio de lleno en la suela.
Tres clavos cruzados. Un remiendo de zapatero, no de gran casa.
Lo había visto el treinta de septiembre en el umbral de la capilla, una vez de entrada y otra de salida, con el mismo hundimiento, sin alargar el paso. Sin correr.
No era una criada. Era la mujer que tenía delante, con una capa de lana y un cuchillito de podar.
No lo dijo. Era lo más difícil que había hecho jamás con la boca, no decirlo. Apretó el borde del banco con las dos manos hasta que la piedra le dejó el frío en los huesos.
—Piensa en tu hermano —dijo Hermengarda, con una dulzura que le recordó la de su propia madre, y eso fue peor que todo lo demás—. Es lo único que puedo ofrecerte. Y lo único que me queda a mí es mi hijo.
Tardó en notar que le dolían los dientes de tanto apretarlos.
La luna había cambiado de sitio. Catriona se levantó, y le sorprendió que las piernas la sostuvieran.
A sus pies yacía una cápsula seca, caída de la mata.
La recogió con el gesto de quien se sacude la falda y la hundió en el guante.
Pesaba lo que pesa una cosa seca, es decir, nada, y era lo más pesado que había cargado en su vida.
—Gracias, señora. Lo pensaré.
—Piénsalo hasta mañana. —La condesa recogió el cuchillo y la raíz, y cuando se volvió ya era una sombra más entre las tapias—. Pasado mañana serán dos los que cuelguen.