Capítulo 32. Lo que vio el niño
Un hoyo no tiene reloj, y por eso los presos aprenden a medir el tiempo en comidas que no llegan.
Cailean llevaba tres días midiéndolo en pan.
La cesta de Colm había bajado ya dos noches seguidas, atada a una cuerda de cáñamo que se descolgaba por el tragaluz con la lentitud de un anzuelo, y en cada ocasión traía lo mismo, el pan, el queso, y un pellizco de miel envuelto en una hoja de col, que era contrabando de verdad.
—Hay que racionar —dijo en voz baja, mirando el pan—.
Cuatro días de pan y queso son un mes de guiso, si uno sabe imaginarlo.
Esta noche, cordero con ajos tiernos y vino tinto.
Primero se dora la carne en su propia grasa, a fuego flojo, sin prisa, hasta que se le pone la piel de color de castaña.
Luego los ajos, enteros, con su camisa, y solo cuando la cocina entera huele a ellos se echa el vino, y se tapa, y se espera, que es la parte que nadie sabe hacer.
—Cállate —dijo Ruari desde su rincón—. Estoy durmiendo.
—Estás despierto. Roncas con otro ritmo cuando duermes. Roncas con la dignidad de un fuelle.
—Pues me estoy muriendo de hambre.
—Pues mejor, porque al cordero le falta el vino. Para eso hace falta que te calles.
Ruari se calló. A los quince años se calla uno cuando le hablan de cordero y no cuando le hablan de hermanas. A los cinco minutos roncaba de verdad.
Cailean se dejó caer contra el muro. Le dolía el costado de un modo sordo, de herida que ha aprendido a no pedir nada.
El frío del hoyo no era de nieve sino de piedra: un frío viejo, que subía desde la roca de la isla y se quedaba a vivir en las rodillas.
Sobre su cabeza, en el tragaluz, la luna dibujaba una reja de sombras sobre las losas.
Ruari se lo había dicho la primera noche: no será Santa Lucía, será ya cuando llegue.
Todo en aquel castillo sabía el calendario menos él.
Pensó en ella. Era lo que hacía cuando pensaba en cualquier otra cosa para no pensar en ella, y por lo tanto había dejado de ser un descanso.
En el valle blanco, en la cabaña de Lulach, en el altillo.
Ahora estaba en una isla de ancianos, a una jornada de hielo, y él en un pozo, y entre los dos, un lago que se podía cruzar por una sola vez.
Un arañazo sonó en la reja.
• • •
No vino con cesta esta noche. Vino él solo, un bulto pequeño arrodillado junto al tragaluz, con una manta por capa y el pelo pegado a la frente, y por un momento a Cailean le pareció que Domnall, de niño, había vuelto a esperarlo a la salida del establo.
—¿Estás despierto? —dijo Colm, con una vocecita de resfriado.
—Siempre. Soy capitán de la guardia. Es lo único que se me da mejor que a un búho.
—No has comido la miel.
—La estoy guardando. Es lo que se hace con la miel, la guardas hasta que ya no puedes más.
Colm se rio, una risa breve y sin soltar. Se tumbó boca abajo junto a la reja, con una prudencia de gato al que han regañado por trepar. Desde el fondo, a un par de varas de distancia, Cailean le veía un ojo, un mechón y el vaho.
—No debería estar aquí —dijo el niño—. Me voy a las pe-pe-perreras. A ver a la perra nueva.
Cailean esperó. Lo había visto mentir tres veces en tres años y siempre igual: la voz se le quedaba atascada en la primera sílaba, como un carro en un surco, y no avanzaba hasta que desistía.
—Claro —dijo—. La perra nueva.
—Sí.
—Y yo estoy aquí por conspirar contra el rey de Escocia. Es mentira, pero al lado de lo tuyo me sale con mucho aplomo.
Se hizo un silencio. Colm tiró del flequillo.
—No iba a las perreras.
—Lo sé.
—Venía a verte. Domnall me contó una vez que tú le hacías las tortitas de miel cuando madre decía que no. Que eras bueno, aunque fueras bastardo. Lo dijo así, «aunque», y se rio, pero era de cariño.
—Domnall decía «aunque» como quien pone sal. —Se le atascó algo en el pecho que no era la herida—. ¿Te dolió, Colm? ¿Cuando murió?
—Sí. Mucho. —El niño hablaba ahora de corrido, sin tropiezos, con esa llaneza que tiene la verdad en los labios de la gente muy joven—. Era mi hermano. Tú también eres mi hermano, pero medio. Madre dice que no, que tú eres otra cosa. Pero es una cosa de medio.
—Medio y medio hacen uno entero. Tú y yo, con eso nos apañamos.
—Entonces somos uno.
—Más o menos. Yo soy la parte que huele a guiso.
Colm volvió a reírse. Duró menos. Se apoyó la barbilla en las rodillas y miró hacia el patio, hacia lo que fuera que no se veía desde abajo.
—Puedo contarte una cosa —dijo—. Es un sueño. Pero no me hagas caso, porque los sueños no se saben.
—Cuéntamelo.
• • •
—Esa noche no podía dormir. Había mucha gente en el salón, y cantaban, y a mí me pone la cabeza mal el ruido, y madre había dicho que subiera.
Pero me escapé y me asomé por la ventana de la escalera, la que da a la capilla.
—Hablaba despacio, mirando las propias manos, contando las palabras igual que se cuentan las piedras de un vado que no se conoce—.
Vi que salías corriendo por la poterna. Y vi después a madre.
Venía del lado de la capilla. Despacio. Andaba muy tiesa, como cuando se pone el vestido bueno.
Y tenía la manga mojada. Del puño hasta el codo. Así, pegada.
Cailean no se movió. Sintió el pulso en las muñecas, en la sien, en el costado vendado.
—Yo le dije que se había mojado. Y madre dijo que era la lluvia. —Colm levantó la cara—. Pero esa noche no llovía. Yo lo sé porque se veían las estrellas y yo las cuento cuando no duermo. Y no había nubes.
No dijo nada más. No pidió perdón ni explicó. Lo había soltado igual que se vacía un bolsillo donde una piedra lleva demasiado rato, y se había quedado esperando a ver qué ruido hacía al caer.
Cailean comprendió, y comprender fue como oír a alguien contar hasta tres detrás de una puerta, despacio, y no poder salir.
La capilla. La daga con tres muescas que no había visto en una semana.
Una manga mojada hasta el codo: la que se moja al lavar una daga en la pila de agua bendita.
Una mujer tiesa, con su vestido bueno, que cruza un patio sin correr.
Le habría gustado romperlo todo. Tenía un niño de nueve años sentado en lo alto, tumbado en el frío, y un niño de nueve años que acaba de soltar una piedra necesita que alguien no la recoja con la cara.
Alargó el brazo. No llegaba al tragaluz, pero sí a la cuerda de la cesta, que colgaba rozando el suelo, y tiró de ella con suavidad dos veces, como se tira de la trenza de una hermana pequeña.
Arriba, el niño sintió el tirón en la muñeca, donde se había enrollado el cabo por costumbre, y apretó el puño.
—Es un sueño, Colm —dijo—. Los sueños no se saben. A mí me han salido muy bien, por cierto.
—¿De verdad?
—De verdad.
—Tú no mataste a Domnall, ¿verdad?
—No.
—Ya lo sabía. —Colm soltó un aire largo, como si lo hubiera tenido guardado desde San Miguel—. Lo sabía yo solo. Es que nadie me preguntaba.
Cailean pensó en todos los interrogatorios que había habido en aquel castillo desde la noche del banquete, y en que a nadie se le había ocurrido preguntar al único testigo que no sabía mentir sin atascarse.
Se incorporó con la manta arrastrando. Se quedó un momento mirando hacia abajo, un rostro blanco recortado en el cuadrado de cielo.
—No se lo digas a mi madre.
—No.