TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 31. Colm
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Capítulo 31. Colm

El hielo tarda un mes en cuajar y una noche en cambiar de idea, y los culdees de Loch Dùn preparaban el solsticio con la misma calma, como si el día más corto del año fuera a esperarlos.

Catriona llevaba cuatro días en la isla y no había conseguido que nadie tuviera prisa.

Lo intentó otra vez esa mañana, en la cocina, donde el hermano Tuathal fregaba con arena una palangana de piedra tan vieja que tenía el fondo gastado en forma de dos manos.

Era para lavar la Vara. Lavarla, ungirla con aceite de enebro, devolverla al saco de lino.

Tres ancianos, uno de ellos dormido en el banco, pasarían el día discutiendo en qué orden.

—¿Y si hubiera que llevársela antes? —preguntó ella.

—Entonces se lavaría deprisa, y lo que se lava deprisa se lava mal. —Tuathal alzó la palangana al trasluz, como si esperase ver algo dentro—. Festina lente, hija: date prisa despacio. Lo dijo un emperador, y lo dijo con el estómago lleno.

Ella no contestó.

—Es latín. Nadie se ríe nunca. El abad dice que es por respeto.

—El abad es ciego.

—Por eso lo dice con tanta seguridad.

Lo encontró al final del embarcadero, de pie, con la cara vuelta hacia el lago y la cabeza ladeada.

Angus el Ciego escuchaba el hielo. Se oía: un gemido largo, lejano, y después un chasquido seco que cruzaba la superficie como una cuerda de arco.

Ella había cruzado por ese hielo hacía cuatro días y no pensaba volver a hacerlo hasta que pesara menos el miedo.

—Padre, ¿qué hace el beleño?

El abad no se volvió.

—Las preguntas sobre hierbas las hace quien tiene una hierba delante, o una persona. ¿Cuál es?

—Un hombre que duerme mucho. Que no reconoce a sus hijos. Que sonríe adonde no hay nadie.

—¿Los ojos?

—No lo vi de cerca. Vi que la mirada se le iba. —Buscó una palabra de oficio—. Como un ciervo cuando ya no huele el viento.

—Pupilas anchas, entonces, como moras. Sed.

Un sueño de plomo por la tarde y voces por la noche.

Los viejos que no se mueren, sino que se van yendo, poco a poco, sin molestar.

—Angus sonrió con la boca sola—. El beleño es una hierba honrada: da lo que promete.

Lo da quien quiere que alguien parezca viejo.

Algo se le acomodó dentro, con el chasquido de un cepo que cierra.

Había pasado dos meses sin ver lo que tenía delante, y lo vio entero mientras el hielo gemía.

El banquete de San Miguel, la víspera. El mormaer en su sitial, gordo de pieles, con la gota en el pie.

Y la condesa de pie a su lado, sosteniéndole la copa de cuerno con aro de plata como se sostiene la de un niño enfermo: una mano en la base, la otra bajo la barbilla, por si caía una gota.

Él bebía con los ojos cerrados. Ella le limpiaba la comisura con el pulgar.

A Catriona le había parecido ternura. Era la escena más tierna del banquete.

Y la voz de Cailean, una noche en casa de Lulach, contando con gracia fingida lo que no tenía gracia. Cuatro noches sin oírlo hablar y se lo sabía de memoria: Padre… no bebas la…

—La copa —dijo.

—¿Cómo?

—Nada, padre. Que me faltaba una palabra, y era esa.

Angus no preguntó. Los ciegos no preguntan lo que ya han oído.

—A un hombre que parece viejo se le puede nombrar un sucesor sin que proteste —dijo despacio, repartiendo las palabras como hogazas—. A un hombre muy viejo, el sucesor que le susurren. Yo no acuso a nadie. Hablo de hierbas.

—Yo tampoco juzgo.

Se detuvo. Hacía semanas que no usaba esa frase, y le supo a pan de ayer.

—Yo solo sigo —corrigió.

—Es lo mismo que decir «yo solo camino» y no llegar a ninguna parte —dijo Angus con dulzura—. Anda, hija. Mira qué hay al final del rastro.

• • •

Al final del rastro había un niño.

Lo supo cuando se sentó en el banco de piedra, bajo el alero de la hospedería, y dejó que el frío le trabajara los dedos.

Si el viejo dormía, alguien despertaba mejor: un hijo de nueve años, legítimo, delicado, que a esa edad no podía ser elegido por ninguna fine del mundo y a quien algún adulto había decidido convertir en heredero a la fuerza.

Lo había visto una sola vez. La mañana del banquete, junto al ahumadero, un chiquillo flaco y de ojos grandes se le había plantado delante a mirar cómo clasificaba pieles de venado.

Había preguntado por las tablillas. Ella se las había enseñado, y le había dejado seguir con la yema del dedo la huella de una liebre, y el niño había dicho «ah», con una vocecita de descubrimiento puro, el «ah» de quien por primera vez ve escrito lo que siempre estuvo allí.

Luego Seonaid lo había sorprendido con la mano en un cuenco de miel y el niño había jurado que no, que él no, que había sido el ga-ga-gato.

No había gato. Catriona lo había visto a la legua. Un niño que no sabe mentir no es un niño peligroso. Es un niño al que van a romper.

Alguien tendría que quitarle de las manos el cuenco antes.

• • •

Hobb la esperaba en la puerta de la hospedería con aire de haber ensayado, y de haber ensayado también la cara de no haber ensayado nada.

—Te juro lealtad —dijo, y se echó atrás un mechón rubio—. Lo he pensado bien. Soy tuyo. Digo suya. De él y tuyo. Vuestro.

—Eres de Odo.

—Era. Me prometió un caballo y me dio cuatro mentiras.

Las mentiras pesan menos, pero no se montan.

—Se miró la pierna, ya sin tablillas, aunque todavía la movía con un respeto exagerado—.

Además, en Callan ahorcan a los que andan en tu compañía, y yo he andado mucho.

Ya no tengo adónde volver. Digo que es una buena razón.

—Es una razón.

—Entonces, ¿qué hago?

—Vigilas la Vara.

—La vigilan tres monjes y un lago.

—Pues vigilas a los monjes.

Entró sin esperar réplica. Hobb se quedó en el umbral, con la cara de quien ha jurado algo grande y le han dado a cambio una tarea de cuidador de ovejas.

Ella se sentó en el jergón, sacó una tablilla de boj en blanco, la púa, el cabo de cera.

Sabía lo que hacía: iría sola por el monte, dos días, y entraría en Callan por la senda que su padre le había enseñado a los doce años para llegar sin ser vista a la huerta de la condesa, a la hora en que se mondaban las hortalizas de invierno.

Pero antes había que sacar a un chico de un hoyo, y para eso hacía falta un mensaje que no leyera nadie más que él.

Rayó despacio. Su padre había tenido un código para los hijos: muescas, no letras.

Tres rayas cortas, espera. Una flecha con la punta partida, quiebra.

Un círculo con un punto, lechuza. Ruari lo sabía de memoria desde los ocho años, cuando jugaban a cazar sin cazar nada.

Escribió: aguanta. Una cuerda bajará. Tres ululatos de lechuza: sal.

Lo releyó. No decía quién la mandaba. No hacía falta: en todo Callan solo había un niño que supiera leer ese idioma de rayitas, y estaba abajo.

Cubrió la tablilla con cera nueva, la envolvió en un trapo y la guardó pegada al pecho. Quedaba lo difícil: una persona de dentro que no hiciera preguntas.

Seonaid la Grande. Media vida cocinando en Callan y no le había preguntado nada a nadie, ni siquiera cuando Catriona, a los veinte, había llegado con la cara rota de llorar a pedir un cuenco de caldo después del entierro de su padre.

Seonaid se lo había puesto delante. Se había quedado de pie junto a ella, de espaldas, mirando la lumbre. Y eso era toda la conversación.

La reja de la huerta daba a la cocina por detrás. Allí se dejaba, a la caída de la noche, la cesta del pan.