Capítulo 30. El libro de los linajes
La primera regla de un calabozo es que ya hay alguien dentro, y casi siempre es peor educado que uno.
Lo bajaron por la boca del hoyo con una soga bajo los brazos, entre dos hombres que lo soltaron la última vara, sin cuidado, de modo que Cailean cayó de rodillas sobre una paja que olía a pie ajeno y a miedo guisado a fuego lento.
Arriba, el rectángulo de la trampilla se cerró con un golpe de madera.
Quedó un único rayo gris, de un tragaluz del tamaño de un pan, que daba sobre una argolla de hierro en la pared y sobre un montón de mantas.
El montón de mantas se movió.
—Si eres el verdugo, llegas pronto —dijo una voz de muchacho, ronca de no hablar, o de hablar demasiado—. Yo había pedido a la cuarta hora.
—No soy el verdugo. Soy el de las novedades. —Cailean se sentó con la espalda contra la piedra y esperó a que los ojos se hicieran a la penumbra—. Cailean mac Maol Ìosa. Para servirte, aunque ahora mismo sirvo poco.
—Ruari mac Fhionnlaigh. —El montón se incorporó y resultó ser un chico flaco de quince años, con el pelo castaño hecho un nido, una barbilla que no se había rendido y unos ojos pardos dorados que Cailean habría reconocido en cualquier cárcel del mundo—. Tienes cara de bastardo.
—Y tú de bocazas. Será de familia.
—¿Familia? —El muchacho se quedó mirándolo, con la manta a medio hombro—. ¿Conoces a mi hermana?
—Tengo ese honor y esa herida.
—Entonces eres el novio.
—¿Perdón?
—Un guardia dijo que mi hermana andaba por el monte con un preso, y que el preso hablaba hasta por los codos. —Ruari le echó un ojo clínico—. Hablas mucho, estás flaco, y tienes la nariz como si te la hubiera torcido alguien con mala idea. ¿Eres el novio de Cat?
Cailean abrió la boca. La cerró. Por primera vez en cinco días, se le escapó una risa verdadera, que le dolió en el costado.
—Todavía no he tenido ocasión de preguntárselo —dijo.
—Pues date prisa, que tienes cara de que te quedan pocos días.
Y le tendió, sin más, una manta. Olía a rata mojada y a muchacho, y Cailean se la echó por los hombros con más gratitud de la que le habría dado a un manto de marta.
—¿Sabes cocinar? —preguntó Ruari, que no dejaba un silencio sin ocupar.
—Es lo único que sé hacer sin que me cuelguen.
—Pues aquí te van a colgar igual, así que practica. —Señaló un rincón con la barbilla—. Hay media cebolla. Es mía. La guardo desde hace nueve días y no la pienso compartir contigo, pero puedes mirarla.
• • •
El hoyo medía cinco pasos por cuatro; Cailean los midió esa noche, como se mide una despensa ajena, y llegó a la conclusión de que quien lo había cavado era un hombre sin imaginación y con mucho tiempo.
Pasó el primer día sabiendo lo que todo preso sabe: que lo importante no es lo que se ve sino lo que se oye.
Por el tragaluz entraban los pasos del patio, la voz de los mozos de cuadra, el chirrido de una polea.
Por el desagüe del rincón subía a veces el rumor del agua de la cocina, y con él el olor del caldo de Seonaid.
Ruari llevaba setenta y seis días y los contaba con muescas en la pared.
Hablaba como su hermana debería haber hablado: todo de golpe, y de lado.
Le contó la cierva. No fue por la cierva, dijo, fue porque lo vio un guardabosques que era primo de un hombre al que había ganado a los dados.
Le contó que el guardia de turno tenía un perro que lo quería más que a su mujer, y que a veces, de madrugada, se oía llorar al perro.
Que el mormaer no salía de su cámara desde San Miguel.
Que la condesa lo cuidaba ella sola, noche y día, y no dejaba entrar a nadie.
—Una mujer buena, esa señora. Todo el mundo lo dice. —Ruari se encogió de hombros—. Sube con el crío, con Colm. Se le oye toser por la escalera.
Cailean no dijo nada. Ahora le tocaba a él callar, y descubrió que no le resultaba tan difícil como se había temido.
Por el desagüe subía el olor del caldo de Seonaid, y lo analizó con la nariz, por costumbre: puerro, hueso de cordero, poca sal.
Seonaid estaba distraída, o asustada. Con esa mujer era lo mismo.
—¿Y Odo? —preguntó al rato.
—Odo ha cambiado la fecha. —Ruari bajó la voz, aunque no había nadie—. Al principio se hablaba de Santa Lucía. Ahora, nada. El guardia ha dicho que Sir Odo va diciendo «cuando llegue». Cuando llegue, no cuando sea. Nadie sabe qué es lo que tiene que llegar.
—La vara.
—¿Qué vara?
—Nada. Una vara que no existe, por si preguntan.
El chico lo miró con la inteligencia fiera de los menores de veinte años que han descubierto que los adultos mienten, y no insistió.
La segunda noche, Cailean le habló del libro.
No sabía bien por qué: porque la oscuridad ayuda, o porque le hacía falta que alguien lo oyera.
El libro de los linajes, que Padre Àron guardaba en un cofre de la capilla: el registro de las casas y de las fines, con las bodas y los nacimientos y las palabras del mormaer cuando reconocía a un hijo.
Allí estaba, o debía estar, la hoja donde el viejo había escrito su voluntad.
Reconocido. Mac Maol Ìosa. Un nombre de padre en la tinta, con la fecha del verano pasado.
—Hay una guardia nueva en la capilla —dijo Ruari—. Que el cura está de rodillas desde hace un mes y no se atreve a salir. Que el libro lo ha mirado Odo, con un paño en la mano para no mancharlo.
—Entonces la hoja ya no está.
—No sé. Yo escucho. No leo.
Cailean cerró los ojos y se quedó muy quieto. Pensó en un padre que quería reconocerlo, y en una hoja de vitela que se corta con un cuchillo pequeño, bien afilado, por un hombre que no se mancha.
—¿Estás bien? —preguntó Ruari.
—Me estoy acordando de que no tengo nombre, y que me vendría bien uno.
—Tienes dos. «Bastardo» y «el que va a colgar». Yo te los respeto.
—Gracias.
—No hay de qué. Es lo único que tengo, y la cebolla.
Cailean le miró las manos, que descansaban sobre las rodillas, blancas y quietas. Temblaban, muy poco, solo en las puntas. El chico se dio cuenta de que lo veía y las escondió bajo la manta con un orgullo tan idéntico al de Catriona que Cailean sintió, por un instante, un cariño inmenso e inútil.
—Escucha, Ruari. Tu hermana no te ha dejado. Está haciendo lo que mejor sabe hacer.
—¿Que es?
—Aparecer donde nadie la espera.
• • •
Era el atardecer del tercer día cuando oyeron los pasos.
No eran de guardia. Eran ligeros, inseguros, de alguien que se detiene cada dos pasos para escuchar. Se pararon sobre el tragaluz. El rayo gris se interrumpió por una sombra pequeña.
Alguien carraspeó. Una voz de niño, fina, sin muda de voz, cortada por un acento normando mezclado con el gaélico de las criadas.
—¿Es... es el nuevo? ¿El que habla mucho?
Ruari miró hacia arriba, con una sonrisa de dientes.
—Es Colm —le dijo a Cailean—. El hijo de la condesa. Baja pan. No se lo cuentes a nadie.
—Que no estoy —añadió la voz, ya más baja, rápida—. Si alguien pregunta, yo no he estado aquí. Mi madre dice que a los presos no se les da de comer más que lo justo. Yo creo que lo justo es pan.
Cailean abrió la boca para dar las gracias y se dio cuenta de que, para variar, no le hacían falta las palabras.
Y por el tragaluz, balanceándose en la punta de una cuerda, descendió despacio una cesta con pan, un queso y un envoltorio de paño.