TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 29. La isla de los culdees
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Capítulo 29. La isla de los culdees

El hielo es el único testigo que declara siempre la verdad, y la declara un instante antes de abrirse.

Catriona llevaba una hora tendida boca abajo sobre el lago, con una cuerda atada a la cintura y la otra punta a un trineo de ramas de avellano en el que Hobb viajaba sentado, con la pierna entablillada tiesa y la cara del color del sebo.

Habían dejado la orilla al despuntar el día.

La isla era una mancha oscura al fondo de la bruma, a media milla, y entre ella y las botas de Catriona se extendía el Loch Dùn entero, blanco, mudo, con un brillo de acero mojado.

—¿Va a aguantar? —murmuró Hobb.

—No hables. Pesas más cuando hablas.

—Eso no es posible.

—Compruébalo.

Se calló. Ella golpeó el hielo con la contera del venablo y escuchó.

Un sonido sordo, de madera mojada, quería decir hielo blanco y mal cuajado, nevado por encima, de fiar a medias.

Un tañido seco, de campana pequeña, quería decir hielo negro y limpio, el del primer frío.

En ese iría. Lo había leído desde la orilla: las franjas oscuras que subían por el lago como senderos, entre manchas grises que se habían helado con nieve encima.

Y los ojos: círculos de hielo más fino, de un color de pizarra mojada, donde la corriente de un manantial alimentaba el fondo y no dejaba cuajar el agua.

Había tres. Los rodeó todos. Su padre le había enseñado el hielo en el estanque de las perreras, con una vara y una paciencia que ella entonces confundió con desgana: «El hielo se explica solo, hija.

Lo difícil es escucharlo sin querer que diga otra cosa.

» Llevaba ocho años intentándolo con las personas, y con las personas no le salía.

Dos veces oyó el lago hablar. La primera, un bramido largo que corrió de orilla a orilla como si alguien arrastrara un mueble por una sala enorme.

No era nada: el hielo se asentaba. La segunda, un chasquido seco, muy cerca, a la derecha.

Se quedó muy quieta. Contó diez latidos con la mejilla pegada a la nieve.

Nada. Se desvió dos pasos al norte, tiró de la cuerda con una suavidad de pescador, y el trineo la siguió.

El tubo de la Vara se le clavaba en las costillas. Pesaba menos que Hobb y la preocupaba más.

—Si me hundo —dijo Hobb, sin poder callarse—, la vara...

—Si te hundes te saco. Y la vara me importa bastante menos que tú.

Hobb no contestó. Pero se quedó un buen rato mirándole la espalda, con el aire de un perro que ha cambiado de amo sin que nadie se lo comunique, y cuando llegaron a la orilla de piedra, donde el hielo se volvía grueso y cabía una persona de pie, tenía los ojos brillantes y los labios apretados, y parecía que había decidido algo.

• • •

La isla era un montón de piedras con tres casas, una capilla y un huerto cubierto de escarcha. Los culdees salieron a recibirlos con una lentitud que no tenía nada de prudente: era la lentitud de un reloj de sol.

Eran seis. Tres ancianos que parecían tallados en el mismo tocón, con la barba blanca hasta el cinto y las manos metidas en las mangas; un hombre grueso, de mejillas encendidas y delantal de cocina sobre el hábito; un mozo flaco que no abrió la boca; y delante de todos, apoyado en un bastón de fresno, un viejo diminuto con los ojos cubiertos por una nube blanca.

—Soy el hermano Tuathal —dijo el del delantal, con una reverencia que le hizo temblar la papada—. Cocinero, sacristán y víctima. Ora et labora, y lava ollam, que significa: reza, trabaja y friega la olla. Que nadie diga que no enseñamos latín en esta casa. ¿Cuál de los dos es el herido?

—El de la pierna —dijo Catriona.

—¡Qué suerte! Tenemos un cabrito.

—¿Le vais a curar con un cabrito?

—Lo vamos a comer, hija, y el herido se alegrará de verlo. Pasa. Dominus vobiscum.

—Y con tu espíritu —murmuró Hobb, que había ido a misa de pequeño.

—Y con el caldo —respondió Tuathal, encantado.

Catriona no entendió el chiste, y por una vez no le pareció necesario entenderlo: hacía tres días que nadie le ofrecía un cabrito, ni en broma, ni en ninguna lengua.

Los llevaron a la cocina, que era la única habitación caliente de la isla y olía a cebolla requemada, a lana mojada y a un humo de enebro que se pegaba a la garganta.

Les dieron todo lo que había: pan duro, un cuenco de potaje, una manta de lana sin teñir.

Catriona no se quitó el tubo del cinto. Se sentó con la espalda a la pared, donde se viera la puerta y todos los pies, y comió con la lentitud de quien guarda fuerzas.

El viejo ciego se sentó frente a ella. No había dicho nada. Giraba lentamente la cara, como una flor hacia el sol, hasta dar con el lado de la que hablaba.

—Soy Angus —dijo por fin. Era una voz sorprendentemente joven, de bajo cantor—. Me han dicho que has cruzado el hielo. Con un trineo y un muchacho. Tengo ochenta años y llevo veinte años sin ver un lago, pero sé lo que significa. Eso no lo hace cualquiera.

—Lo hace quien sabe leerlo.

—Es lo mismo.

—No tengo mucho tiempo —dijo ella.

—Nadie lo tiene. Por eso se pregunta lo que importa. —El viejo ladeó la cabeza—. Tienes en el cinto algo que ha hecho ruido en mi isla desde que entraste. Una vara. Lo oigo en el cuero.

Se hizo un silencio. Los tres ancianos, que estaban junto al fuego como dormidos, abrieron los ojos a la vez.

—Dámela —dijo Angus—. Es lo único que se te pide.

Catriona se levantó despacio. Había aprendido de su padre algunas cosas sobre cómo se trata a un hombre que sabe más que tú, y la primera era no darle lo que pide antes de saber para qué lo pide.

—Primero, preguntas.

—Es justo.

—¿Qué hacéis con ella, si os la doy?

—Guardarla hasta el solsticio y ponerla en la mano que la fine nombre. Es lo único que hace un culdee con una vara: no tocarla más de lo debido. —Angus sonrió—. Pregunta lo que quieras.

—Para que un hombre pueda hablar ante la fine en el solsticio sin ser oído como asesino, ¿hacen falta doce jurados, o basta la palabra del abad de Loch Dùn?

—Con la palabra del abad basta, si el abad la da con la vara en la mano.

—¿Y vos la daríais, sin haber oído cuál es la verdad?

—No. Por eso te la voy a pedir. Primero la verdad. —Alargó una mano flaca, con las uñas largas y amarillas, hacia donde sonaba el cuero—. Después, la vara. En ese orden.

—¿Seréis de Odo?

Tuathal soltó una carcajada tan limpia que tuvo que apoyarse en la mesa. Angus, en cambio, no se movió. Ella contó las manos de los tres ancianos del fuego: seis, y las seis quietas. Los que mienten mueven las manos; los que esperan no.

—Odo de Mortain ha sido mi huésped dos veces —dijo con suavidad—. La primera vez me trajo vino. La segunda, una lista de las tierras que esta isla debía devolver a Callan. No le di ni lo uno ni lo otro.

Catriona midió la voz, el pulso en el cuello, las manos. Ni una mentira en nada de aquello. Se desató el tubo del cinto y se lo puso en la mano, y sintió el peso soltarse como un hueso que vuelve a su sitio.

Angus lo sostuvo un momento sin moverlo. Después lo destapó, sacó la vara blanca con el anillo de plata, y la acercó a la cara, despacio, y aspiró.

Cerró los ojos, que ya eran cerrados desde hacía tiempo.

—Pez de abeto —murmuró—. Cuero de cabra y pez de abeto. De niño se escondía en nuestro cobertizo de barcas cuando su madre lo buscaba para peinarlo, y salía oliendo así, igual. Domnall. —Abrió los ojos blancos hacia ella—. Lo conocí de niño. Está muerto, ¿verdad?