TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 28. Camino real
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Capítulo 28. Camino real

Los carceleros educados son los peores, porque obligan al preso a ser educado también, y entonces ya no queda nadie con quien enfadarse.

Cailean llevaba dos días tumbado sobre un lecho de leños de abedul, con las muñecas atadas a la baranda del carro y la soga del cuello enrollada al eje de modo que cada bache le recordaba su situación jurídica.

Cada cinco leguas le daban agua. Cada diez, pan.

Cuando hacía falta que bajara a lo que bajan los hombres, un soldado lo acompañaba a una distancia respetuosa y miraba para otro lado, como un criado discreto.

Y a su lado, a paso de caballo, siempre, iba Odo.

El carro olía a savia fría y a resina, y Cailean había aprendido a leer la hora en la dureza de cada tronco bajo las costillas. A media mañana, abedul: blando, casi cortés. Por la tarde, roble, que no perdonaba nada.

—¿Está cómodo el carro? —preguntó la primera mañana, con voz de monje que pregunta por la salud de un hermano.

—He dormido en sitios peores. En la cuadra de Domnall, por ejemplo. Allí había un caballo que roncaba y no me dejaba oír mis propios pensamientos. —Cailean se removió contra los troncos—. Aquí los troncos al menos no opinan.

—Es una diferencia importante.

—¿Os parezco gracioso?

—Me pareces ruidoso. Hay un modo de hablar que sirve para decir cosas y otro que sirve para no oírlas. —Odo sacó del arzón una bota de cuero, vertió un chorro de agua sobre sus manos, y se las secó con un paño bordado—. El tuyo es el segundo. No te lo reprocho. Es un oficio.

Cailean calló, por irritación, medio día. Después empezó otra vez.

Le habló de las perdices que se asan con tomillo y corteza de pino, de lo que cuesta un buen cuchillo en Perth, de lo mal que cocinaba Seonaid cuando se enfadaba, de cómo se hacía un pan de cebada que no sabía a pienso.

Odo escuchaba. De vez en cuando, sin interrumpir, asentía, o preguntaba un detalle, como un hombre al que le interesaran de verdad las perdices.

Cuando Cailean se quedaba sin saliva, le pasaba un trago de agua.

Era, pensó Cailean, el primer interrogador de la historia que se aprendía las recetas del interrogado.

Y entonces, al segundo día, a media tarde, en una revuelta con un chopo muerto, dijo:

—No te quiero muerto, Cailean. Te quiero silencioso. Hay una diferencia.

—¿Cuál? Desde el carro, no la noto.

—Que de lo primero no se vuelve. Lo segundo se puede arreglar. —Hizo una pausa—. Hay algún anciano de la fine, cualquiera que quiera hablar por ti. Mientras tú no estés para hablar, no hay a quién pedirle que hable. Y si hablas, aun entonces, habrá que preguntarse si te creen.

—Han creído peores cosas. Os han creído a vos.

—Sí —dijo Odo, sin ofenderse—. Por eso funciona. Porque hay un orden, y mientras haya orden hay a quien creer. Es todo lo que pido, Cailean. Que cada cosa esté donde debe.

—¿Y yo dónde debo estar?

Odo lo miró de lado. Un hombre cansado, rubio ceniza, con un manto que ni el barro del real se atrevía a tocar.

—Ya lo estás —dijo—. Es lo que más te cuesta aceptar.

Cabalgaron un rato en silencio. Una corneja los siguió de árbol en árbol, con curiosidad profesional.

—La vara la tiene la rastreadora —dijo Odo, como quien comenta el tiempo—. No te lo pregunto. Se pregunta a quien se quiere engañar, y tú y yo hemos pasado ya esa etapa.

—Qué vara.

—Eso. Muy bien. —Y Cailean vio, por primera vez, una chispa de algo parecido a la simpatía en aquellos ojos gris verdoso—. Es una virtud en un capitán. Una pena que lo sea de nadie.

• • •

Acamparon la tercera noche en un robledal, a media jornada del Strath. Encendieron fuego. Alguien hizo gachas con tocino, y el mozo de la cara hundida, ahora con un nombre, Tibault, y una tos de niño, le acercó un cuenco y se le quedó mirando las manos atadas.

—No sé si debo —murmuró.

—Si lo dejas ahí, yo me lo tomo igual, a lamidas. Tú decides cuál de las dos humillaciones prefieres presenciar.

Tibault soltó una risa por la nariz, se echó atrás, y desató la mano derecha del carro, nada más. Después se puso a mirar las estrellas con exagerado interés.

Cailean comió. Por primera vez en tres días, sentía el cuerpo como suyo.

Pensó en Catriona, en la peña vacía, en el collado del norte.

Cuatro días de carro le habían enseñado que el miedo es un oficio más que una emoción, y que se lleva mejor con las manos ocupadas; las suyas llevaban atadas desde el vado.

Le asaltó un miedo concreto, sin retórica: el miedo a que ella no hubiera hecho caso.

Y otro, más hondo y más pequeño: el miedo de que sí lo hubiera hecho.

Odo se sentó al otro lado del fuego, sin invitación, con la espalda muy recta. Despidió con un gesto a los hombres y quedaron los dos solos con el chisporroteo.

—Tu padre está muy enfermo —dijo.

—Lo sé. Me lo han hecho saber con mucha delicadeza.

—No es una pena que invento. Hace semanas que no reconoce a nadie. —Se limpió las manos otra vez, con el paño, aunque no había tocado nada—. Lady Hermengarda lo cuida noche y día. Es una mujer extraordinaria, mi hermana. Hace todo por la casa. Lo hizo todo por el niño.

Cailean tenía un trozo de tocino a medio camino de la boca. Dejó que se enfriara. Por primera vez en cuatro días no tenía hambre.

—¿Por Colm?

—Por Colm. Una madre... —Odo se quedó mirando las brasas, y por un momento no era un condestable ni un hombre de orden, sino un hermano mayor que se ha criado entre cuentas y plegarias y cree que lo único sagrado es lo que se hace por los suyos—.

Cuando nació, el médico dijo que no pasaría de los dos años.

Mi hermana lo veló quinientas noches. Hay gente que cree que el amor es ternura.

Es otra cosa. Es una decisión que se toma cada día, a oscuras, por alguien que no sabe lo que cuesta.

—Hablas de ella como si ya hubiera hecho algo.

—Hablo de ella como se habla de un hermano. —Odo se levantó. Se sacudió el manto—. Descansa. Mañana pasaremos el Strath.

Se fue. Cailean se quedó mirando el hueco que dejaba su espalda.

Había dicho «lo hizo todo». En pasado, sin proponérselo, igual que se cae un vaso.

Y cada cosa que Cailean sabía se colocó en su sitio, una tras otra, con un clic de lazo: la daga robada del arcón.

La condesa que sonreía a Domnall en el salón y le servía el vino a su marido con sus propias manos.

Una huella pequeña, fina, con tres clavos en el talón, de la que la sabuesa no había querido hablar hasta esa noche del altillo.

No sabía todavía el nombre del pie. Le bastaba con saber de qué casa era.

• • •

Llegaron al amanecer del quinto día, por el camino alto sobre el Loch Callan helado. El carro dio un último bandazo en la cuesta, y Cailean, que llevaba cuatro días sin ver más que cielo y leña, se incorporó, medio colgado de la soga, y miró.

Dùn Callan estaba allí. El promontorio sobre el lago blanco, la torre normanda como un diente nuevo entre las almenas viejas, el humo de cien chimeneas subiendo recto en el aire sin viento.

Los tejados de la aldea. La capilla de San Miguel, con su techo pequeño de pizarra.

En alguna parte, bajo todo aquello, el hoyo.

Había tardado seis años en llamarlo casa. Y ahora lo veía desde un carro de leña, con una soga al cuello y un secreto entre los dientes. El aire olía a turba quemada y a pan de la mañana, y su estómago, el muy traidor, contestó antes que su cabeza.

—Ahí está mi casa —murmuró—. Otra vez.