TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 27. Los pasos de Odo
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Capítulo 27. Los pasos de Odo

Hay una impotencia que solo conoce quien sabe hacer muchas cosas: la de tener las manos llenas de oficio y no poder usar ninguna.

Catriona lo vio todo desde el abetar que cerraba el valle por el norte, tumbada en la nieve bajo una rama baja, con el tubo de la Vara apretado contra el vientre como si pudiera calentarse con él.

Había bajado de la peña en cuanto vio arder el techo, y se había ido al único sitio donde el instinto le decía que podía seguir siendo útil: el que no se ve.

Tenía las manos tan frías que ya no sentía los dedos.

Diez hombres. Los había contado tres veces. Contra diez, ella tenía un venablo corto y una flecha cada cuatro latidos, y sabía que ese saber era lo único que impedía que se levantara y bajara la cuesta gritando.

Vio cómo Cailean soltaba las armas en la nieve. Vio cómo le ataban las manos a la espalda con una correa mojada y le pasaban al cuello una soga gruesa de cáñamo, y cómo el mozo que sostenía el cabo, uno de cara hundida y ojeras, tiraba de ella un poco más fuerte de lo necesario.

Él no se defendió. Levantó la cara y miró, un largo instante, hacia el abetar. No podía verla: ella se había asegurado de ello. Pero asintió una sola vez, apenas, como se asiente a un hombre que ha entendido una orden.

«No te dejo», le había dicho ella, a un palmo, con los pies abiertos. Y ahora estaba tumbada en la nieve viendo cómo se lo llevaban de una cuerda.

Se mordió la lengua hasta notar la sangre.

Dejaron al viejo contra el muro del establo, como se había prometido, con el muslo ceñido por un trapo puesto deprisa y sin crueldad, como se venda un animal que ya se ha comprado.

Odo no miró atrás. Montó el caballo blanco sin apoyarse en el estribo más de lo preciso, como lo había montado diez mil veces, y desde allí, mirando la linde de los árboles, dijo casi sin alzar la voz:

—Rastreadora.

Ella no movió un pelo.

—Sé que me oyes. Sé que lo has visto todo, porque eres buena. No te diré lo que le he dicho a él: no quiero a nadie muerto. Quiero que cada cosa vuelva a su sitio. Piénsalo con calma.

Silencio. Una urraca salió de un pino, indignada, y se fue.

Notó que se había incorporado sobre los codos.

Que la mano derecha había ido sola a la cuerda del arco y que no había cuerda.

Se obligó a tumbarse otra vez. Su padre le había enseñado dos cosas sobre los cazadores que se levantan antes de tiempo: que acaban de cebo, y que en el bosque no hay entierros.

Odo esperó el tiempo exacto en que alguien habría contestado. Nadie contestó. Entonces sonrió, apenas, igual que se acepta un precio sin regatear, y dio la vuelta al caballo.

• • •

Hobb estaba en el arroyo, a cien pasos del humo, con el agua a la cintura, tiritando y abrazado al cuello de Mala Hierba. La yegua, que había mordido a dos soldados antes de aceptar que el arroyo era mejor idea, miró a Catriona con una mezcla de reproche y de alivio.

—No he salido —dijo Hobb, castañeteando—. Cuando oí que llamaban a otro, no he salido.

—Lo has hecho bien.

—Me he orinado en los pellejos.

—Lo has hecho todavía mejor.

Padre Abad había atravesado la batalla pastando y se presentó en la puerta de Sìleas con el hocico lleno de heno y cara de dar el pésame.

Entre los dos arrastraron a Lulach hasta la casa de Sìleas, la del cerro de abajo, la del mantón rojo, que los recibió en la puerta con una exclamación y una torta de avena, sin hacer preguntas, porque en Gleann Bàn nadie preguntaba hasta tener a mano lo que había que atender.

Lo tendieron junto al fuego. Sìleas le cortó la pernera con unas tijeras de esquilar.

—La saeta ha pasado limpia —dijo—. Lo que me preocupa es la sangre, y esta sangre es de un buey viejo, que aguanta.

—Os oigo —murmuró Lulach, con los ojos cerrados—. Soy sordo del izquierdo. Del derecho, oigo hasta lo que se calla.

Cuando Sìleas salió a por agua caliente, Catriona se arrodilló junto al jergón. El viejo tenía los labios azules y sudaba. Y sonreía.

—Lo has dejado ir —dijo.

—No lo he dejado. Se ha ido él.

—Eso es lo que se dice cuando se deja. —Abrió un ojo, clarísimo, sin delirio—. Escúchame, muchacha. Ese chico no sabe callarse y lo querrán silencioso, que para un hombre como él es peor que la soga. Eso lo mantiene vivo un tiempo. Hasta Santa Lucía, o hasta que Odo se canse. Es todo lo que tienes.

—Voy a seguirlos.

—Vas a ir a Loch Dùn. Con esa vara que se te ha puesto cara de querer dármela a mí.

—Le agarró la muñeca con una mano de lobero, seca como un cuero—.

Yo me quedo. No me muevo de aquí, ni podría.

Tengo una vecina que cocina y una pierna que todo el mundo odia.

Ve. Y vuelve. Y no llores, que me mojas el jergón y Sìleas me lo cobra.

—Te lo juro.

—No jures a un viejo. Los viejos nos morimos y dejamos los juramentos colgados. Júraselo a él.

Catriona miró el fuego un momento. Después lo dijo, sin retórica, con la frase entera, sin saltarse ninguna huella.

—Vuelvo a por él. Lo juro por mi padre. Con la vara o sin ella.

—Con ella. —Lulach cerró el ojo—. Llévate a Hobb. Y deja a la garrona. Si cruzas el hielo con una yegua, el hielo te dirá lo que piensa.

• • •

Salió esa misma tarde, mientras quedaba luz, a ver adónde se lo llevaban. El tubo de la Vara le golpeaba la cadera a cada paso, un golpe corto y regular, de reproche: había prometido no dejarlo, y llevaba el recordatorio colgado del cinto.

No hacía falta ser Fionnlagh para leerlo.

Diez caballos, un carro de leña requisado en el valle, y el rastro de la bota de Odo, siempre el mismo paso, el de quien no tiene que mirar el suelo.

Bajaban por la ribera, cruzaban el vado, remontaban hacia el camino real.

Sin trucos, sin desvíos. Una línea recta marcada en la nieve hacia el sur, hacia Callan, que casi parecía trazada con regla.

Hubo un sitio, en el vado, donde pararon: la nieve pisoteada, la orina de un caballo, el sitio donde habían bajado al preso de la carreta para que hiciera sus necesidades.

Y entre todas, una pisada de bota con la punta vuelta hacia fuera, y encima, justo encima, otra igual, hundida con más peso.

Alguien había plantado la bota dos veces en el mismo sitio, a propósito, con la terquedad de quien dice «estoy aquí».

Cailean. Pisa donde piso. Se agachó y puso la mano abierta sobre la huella, y por un momento no hizo otra cosa que estar. Junto a la doble huella había una brizna de tomillo seco, del que él llevaba siempre en el bolsillo para el guiso. Se la guardó en el guante.

Era un camino que Odo le dejaba para que lo leyera. Una cortesía. Un gesto de dueño.

Siguió dos leguas. En el cruce donde el sendero del valle desemboca en el real crecía un abedul solitario, desnudo, de ramas bajas. De la más baja colgaba una soga.

Era nueva, de cáñamo, con una lazada de horca hecha con toda la limpieza del oficio: siete vueltas, tensas, parejas. Bajo ella, clavado en el tronco con un cuchillo de mesa, un trozo de pergamino con letra firme y redonda, de escriba.

Lo desclavó. Dos palabras.

«Santa Lucía.»

No llevaba firma. No hacía falta. Se miró las manos y vio que temblaban. Después, despacio, deshizo el nudo con las uñas, vuelta a vuelta, hasta dejar la soga recta como un hilo, y se la enrolló al brazo.

No iba a dejársela a nadie más.