Capítulo 26. La batalla del cepo
Una batalla bien preparada dura la mitad de lo que costó prepararla, y la otra mitad se la queda el enemigo, que siempre tiene un plan que no entraba en el tuyo.
La primera media hora fue de Catriona. Cailean lo vio desde detrás del muro bajo del establo, con la espada fuera y el costado hablándole, y pensó, sin tiempo para más, que nunca había visto a nadie hacer tanto con tan pocas cosas.
Antes del primer grito había llegado el olor: sebo de caballo, cuero mojado, el aliento agrio de quince hombres que han madrugado sin desayunar.
Cailean lo clasificó como se clasifica una despensa la víspera de un banquete, para no pensar en lo que venía.
Arriba, en el tejado del establo, Lulach afilaba un cuchillo de pan contra la suela y canturreaba una canción de ordeño con una letra que no era de ordeño.
El primer jinete tomó la cuesta al galope, con la ballesta al hombro, porque era joven y quería llegar antes que el Bachiller.
La soga de escarcha lo cogió por el pecho.
No lo mató: lo sacó de la silla hacia atrás y lo dejó sentado en la nieve, con cara de preguntarse quién le había movido el suelo.
Antes de que se pusiera en pie, una flecha de pluma de urogallo le entró por el hueco de la gola.
El segundo caballo pisó las estacas y se arrodilló gritando.
El tercero se negó a seguir al segundo. El cuarto, un bayo con un caballero detrás, se metió en los lazos, y el abedul doblado se soltó con un chasquido que se oyó en media Escocia y dejó al jinete colgado por una bota, bamboleándose boca abajo, con la espada colgando del cinto como la lengua de un perro.
—¡Cuatro! —gritó Lulach desde el tejado del establo, ya con la honda girando—. ¡Cuatro, muchacha! ¡Por los dientes de mi abuelo!
—¡Tres! —protestó Cailean—. Uno sigue vivo.
—¡Ese cuenta de media!
Y sonó la cuerda de la peña otra vez. Cuatro. La rastreadora disparaba sin prisa, con el codo muy alto y la trenza cruzada sobre el hombro, y cada vez que soltaba la cuerda su cara no cambiaba. Cailean tuvo que mirar a otro lado, por una especie de respeto.
Los demás se habían detenido al pie de la cuesta. Quince menos cuatro, once, contando al Bachiller. Hablaban poco. Un hombre alto, a lomos de un caballo blanco, los observaba desde atrás.
Entonces vio a Robert.
El Bachiller había decidido que lo que no podía hacerse a caballo se haría a pie.
Subía por el lado derecho del camino, entre las peñas, con un escudo redondo y el aliento de ajo, un hombre prudente y sonriente que no se fiaba de una huella demasiado limpia.
Buscó con la lanza. Buscó con la bota, el borde, la piedra: el único sitio donde cualquier hombre pone el pie cuando ya no se fía del medio.
Cailean no oyó el cepo cerrarse. Oyó el grito.
Las mandíbulas de hierro habían tomado la pierna del Bachiller por encima del tobillo con la fuerza de un yunque, y el hombre se quedó de rodillas en la nieve, mirando aquello como un tendero al que le han pagado con moneda falsa, y por primera vez no sonreía.
—Qué mala suerte —dijo, con un tono de reproche tranquilo, como se le diría a un cocinero que ha quemado el asado.
La sangre salía oscura y a golpes: el hierro le había cogido la vena. Robert tardó lo que se tarda en rezar un padrenuestro. Se fue sentado, con la cortesía de quien espera turno, y lo último que le salió de la boca fue un diente de ajo.
Cailean no sintió alegría. Sintió el principio de la peor parte, la que llega cuando el enemigo ha aprendido.
• • •
Los hombres de Odo no volvieron a subir. Se quedaron donde estaban, fuera del alcance de la peña, y prepararon algo con una calma de panadero. Cailean lo vio demasiado tarde: ataban pellejos empapados en brea a las puntas de las flechas.
Fue cosa de un momento. Las flechas silbaron en arco, sin apuntar a nadie, y se clavaron en el techo de turba, en la puerta, en la leñera.
Las llamas treparon con avidez por las vigas de la casa de Lulach, ese sitio de pieles y cráneos donde Cailean había comido, y dormido, y reído por primera vez en mucho tiempo.
—¡El viejo! —gritó alguien. Era él.
Lulach había bajado del tejado de un salto con la pierna mala, y al caer una saeta le dio en el muslo.
Cayó rodando dentro de la casa. Cailean llegó antes de pensar, lo agarró por los sobacos y lo sacó arrastras hasta el patio, entre la humareda, mientras Lulach le insultaba con una larga serie de agradecimientos.
—Déjame, imbécil. Por los dientes de mi... ¡Ay! Mi abuelo... ¡mi abuelo no me habría salvado!
—Tu abuelo está muerto.
—Por eso.
La saeta le salía por detrás del muslo, y la sangre le corría oscura por la bota.
Cailean le apretó la pierna con el cinto, y lo recostó contra el muro del establo, donde el humo aún no llegaba.
Se oyeron, en la cámara de las pieles, un golpe sordo y un relincho.
Hobb, Mala Hierba. Salían por el arroyo. Eso quería creer.
La peña, arriba, estaba vacía. Ni un arco. Ni una trenza. Cailean sintió que algo le soltaba un nudo en el pecho. No sabía dónde estaba, y eso era lo mejor que podía saber.
—¡Cailean mac Maol Ìosa! —dijo desde abajo una voz suave, educada, con un gaélico más correcto que el suyo, sin gritar.
Se oyó por todo el valle como una campana—.
Soy Odo de Mortain. Lo sabes. Tengo diez hombres, una casa que arde y un viejo que ha perdido mucha sangre.
La casa no puedo salvarla. El viejo, sí.
Con un vendaje, un carro, y que tú salgas con las manos vacías.
Lulach le agarró el brazo con fuerza de torno.
—No —dijo, sin gracia—. Es una trampa.
—Es una trampa —dijo Cailean—. Pero es una trampa con una puerta abierta.
Se levantó. Pensó en ella, una sola vez y con todo el cuerpo: la peña vacía, el tubo de cuero al cinto, el collado del norte. Le había ordenado marcharse y ella había contestado que no. Ojalá, por primera vez, hubiera mentido con la lengua.
Se quitó el cinto de la espada, con calma, y lo dejó caer en la nieve.
La espada, lo mismo. Lo último fue la daga prestada.
Abrió las manos y las mostró, vacías, delante de la casa que ardía.
Eran manos de cocinero, con una quemadura de cada oficio, y nunca le habían parecido tan inútiles ni tan suyas.
Un buen cocinero no sabe rendirse; sabe retirar la olla del fuego a tiempo. Eso fue lo que hizo.
Salió por la cuesta que ella había minado. Caminó por el borde donde ella le había enseñado a pisar. Ni una estaca, ni un lazo. Iba pisando donde ella había pisado, con los pies de ella en la memoria.
Los diez hombres se apartaron. Odo lo esperaba al pie, a caballo, sin una sola mancha en el manto, con un paño de lino doblado en la mano. No llevaba arma a la vista. Parecía lo que se había propuesto ser: un hombre que ha venido a poner orden.
—Registradlo —dijo.
Lo registraron. El cinto, las botas, la camisa, la cintura. Nada de cuero largo, nada de tubo.
—¿Dónde está la vara?
—Ardió con la casa.
—Lo dudo —dijo Odo, con una sonrisa muy pequeña—. Un hombre como tú no deja ardiendo lo único que tiene.
Descabalgó. Se acercó a Cailean con las manos limpias y le sujetó la barbilla con el pulgar y el índice, y giró su cara hacia la luz, hacia un lado, hacia el otro, como se examina la fruta en un mercado.
Duró un instante. Después retiró la mano, tomó el paño y se secó los dedos uno por uno, con la meticulosidad de quien se quita algo de encima.
—Bien —dijo—. El orden es el orden.