TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 25. El humo en el valle
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Capítulo 25. El humo en el valle

Catriona no sabía mentir con la lengua, y mentía con las manos mejor que nadie en Escocia: un cepo bien puesto es una mentira que el suelo cuenta con total seriedad.

El humo lo vio ella antes que nadie, desde el umbral, con el aliento colgándole delante de la cara.

Una columna gris y recta en el fondo del valle, donde estaba el redil de abajo.

Los pastores no queman un redil en pleno invierno.

Lo queman los que quieren que alguien suba a mirar.

El olor llegaba hasta el umbral, a lana chamuscada y a grasa, un olor de cocina de pobres.

Lulach tenía razón. Cielo limpio, frío de cuchillo, ni una nube que tapara el humo. La rodilla no se había equivocado.

—Catorce —dijo detrás de ella la voz de Cailean.

—Quince —corrigió ella—. Uno va a pie, el Bachiller, que no se fía de los caballos. Y Odo cierra la fila, en el blanco.

Él se puso a su lado sin tocarla. Se miraron un instante de reojo. La noche anterior no había sido un sueño. A ella le subió el color a las mejillas, y por una vez no se lo escondió a nadie.

—Ni una palabra, Lulach —dijo Cailean, sin volverse.

—Yo no he dicho nada —contestó el viejo desde la puerta, cargando un haz de lanzas.

—Lo estás diciendo con las cejas.

—Las cejas son de mi abuelo. Yo respondo del resto.

• • •

Les quedaba la mañana. Catriona lo supo por las sombras y por el paso de los jinetes, que remontaban el arroyo con la calma de quien no tiene prisa porque ya ha ganado. Dos horas. Tres, si el redil ardiendo los entretenía.

Habló poco y mandó mucho, que era su manera de estar a gusto.

Hobb, con la pierna entablillada, a la cámara de las pieles, bajo cuatro pellejos de lobo y un olor a sebo que tumbaba. Se resistió. Quiso un cuchillo, quiso un arco, quiso un pergamino firmado que dijera que no era un cobarde. Ella le puso en la mano la cuerda de Mala Hierba.

—Si oyes que me llaman, no sales. Si oyes que llaman a otro, no sales. Si oyes que se acaba, esperas a que se vaya el humo y sales por el arroyo. Es una orden.

—Soy escudero de Odo —murmuró.

—Eras. Ahora eres lo mejor escondido de Gleann Bàn. Y la garrona te morderá a ti el último.

Lo demás fue trabajo. El camino de la casa subía treinta pasos entre dos peñas, y allí puso lo que sabía hacer.

Estacas aguzadas bajo la nieve, a la altura de la rodilla de un caballo.

Lazos de crin a ras de suelo, atados a un abedul doblado.

Una soga tensa a la altura del pecho de un jinete, cubierta de escarcha que fabricó ella misma con agua y paciencia.

Y un cepo de oso, de los grandes, que Lulach guardaba en un arcón desde el año del hambre, hecho un ladrillo de óxido: lo limpió con arena y grasa, lo armó con una piedra y lo hundió en la huella del medio, donde un hombre a pie pone el pie cuando busca el borde del camino.

Y el foso. Lulach lo había cavado hacía veinte años tras el establo, para un lobo que le mataba los corderos: dos varas de hondo, estacas romas, ramas finas y nieve limpia por encima.

Ella lo reparó y lo borró, y encima dibujó con el canto de la mano las pisadas de un ciervo caminando hacia atrás, como se enseña a los cachorros de caza.

Con las manos ocupadas dejó por fin de oír dentro de la cabeza lo que se había dicho en el altillo.

No era un mal ruido, pero no servía para tender un lazo.

Cailean la miraba trabajar apoyado en el hacha, sin capa para tener libres los brazos, con la barba escarchada y los ojos muy abiertos, como si mirara hacer un pan por primera vez.

—Ni una huella tuya —murmuró—. En todo esto no hay una sola huella tuya.

—Las borro con nieve de arriba. Tú anda por donde yo te diga y como te diga.

—Con gusto. Y si me dices que ande hacia atrás, ando.

—Hacia atrás no. Hacia atrás yo.

Él le puso una mano en el hombro, un instante, y la retiró, sin que ninguno supiera quién había empezado.

• • •

Faltaba menos de una hora cuando Lulach reunió a su ejército en el patio: él, un muchacho coxo en un sótano, un capitán sin ejército y una rastreadora.

—Mi abuelo —anunció, mientras repartía las lanzas— mató a nueve normandos con un cucharón. Tres con la cuchara, seis con el brazo. Yo, de viejo, pretendo igualarlo. Si me matan, el ciervo es vuestro.

—¿Tres con la cuchara y seis con el brazo? —dijo Cailean—. Es una proporción muy rara.

—Es la que dejó escrita.

—Padre Abad no es mío —dijo Cailean.

—Pues de nadie. Hay cosas peores que ser de nadie. —Se echó la honda al hombro—. Os lo digo yo, que he sido de muchos.

Ya se oían los herrajes en la boca de la senda. Un caballo resopló, y Mala Hierba, desde la cámara, contestó con un relincho de odio.

Catriona trepó a la peña con el arco y se tendió en la nieve, y los vio asomar entre los abedules, uno tras otro, como cuentas en un hilo.

Los caballos echaban vaho por los ollares y en el silencio se oía crujir el cuero de las sillas, un ruido doméstico, de despensa, que le heló más que los herrajes.

Mallas oscuras. Ballestas cargadas sobre el arzón.

Robert, el único a pie, mascando algo que de lejos parecía un puño de ajos.

Y al fondo el caballo blanco, y sobre el caballo un hombre sin una mota de barro en el manto, ni a las diez de la mañana, ni a una legua de su cama.

Odo detuvo el caballo al pie de la cuesta y no miró el suelo.

No miró las estacas, ni la escarcha de la soga, ni el cepo hundido en la huella del medio.

Miró la casa, la puerta, el humo de la chimenea.

Después alzó la cabeza, despacio, hacia la peña donde ella estaba, y sonrió como se sonríe a alguien a quien se conoce de siempre.

Le dio un escalofrío que no tenía que ver con el frío. Bajó de la peña sin ruido.

Cailean la llamó junto a la peña que daba sombra a la puerta.

Se había quitado el cinto. De él colgaba el tubo de cuero pardo, gastado, del largo de un antebrazo y medio, que ella había visto en el cinto desde el primer día y solo una vez de cerca, entre los dos, en el abrigo de la Lairig, y que ahora le tendía con las dos manos como se tiende a un recién nacido.

—Llévala a Loch Dùn.

—No.

—No te he dicho todo.

—No me hace falta.

—Escucha, sabuesa. —Hablaba despacio y sin una sola broma—.

Si Odo me coge con esto, la tiene. Y con la vara en la mano, la fine ya no tiene por qué esperar al solsticio.

Tú sales por el collado del norte, que Odo no ha cerrado porque no sabe que existe, y bajas a Loch Dùn por el hielo.

Al abad Angus. Él sabrá qué hacer con ella. Yo sé a quién se la confío.

—Es tuya.

—Es de quien la lleve viva. —Y por primera vez en un mes y medio la sonrisa-escudo no apareció—. Tú te escapas de todo. Me lo has demostrado tres veces.

Ella miró el tubo. Pesaba menos de lo que parecía y le quemó en las manos. Detrás, Lulach había dejado de silbar.

Se lo ató al cinto, junto al cuchillo. Y se plantó delante de él, a un palmo, con los pies abiertos, exactamente como se planta ante un jabalí que no quiere dar la vuelta.

—No te dejo.

—No te lo pido. —Le sostuvo la mirada, verde como un charco de musgo—. Te lo ordena el capitán de nadie.