TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 24. El altillo
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Capítulo 24. El altillo

Cailean llevaba treinta años hablando por no oír lo que callaban los demás, y esa noche descubrió que tenía un único silencio de reserva y que se lo habían gastado en el establo.

No dormía. El altillo olía a hierba seca de verano, a ratón y a lana de oveja, el mismo olor exacto de los inviernos en que él tuvo ocho años y una gata imposible.

Tumbado en el heno, con la manta de lobo hasta la barba y el costado quejándose del frío, repasaba las cuatro palabras que le había dicho a ella y la sola que ella le había devuelto.

Debajo, el hogar agonizaba con un resplandor naranja que subía por el hueco de la escalera.

Lulach roncaba. Padre Abad masticaba algo en sueños.

Y una mujer, abajo, no se movía con tanto cuidado que se oía.

Subió la escalera a las tantas.

Lo supo por el tercer peldaño, que crujía bajo todos los pies, y bajo los de ella crujió como quien pide perdón.

Apareció por el hueco primero la trenza, después los ojos, grandes, pardos, y después ella entera, con el manto sobre los hombros y una tablilla de boj pegada al pecho como se lleva a un niño enfermo.

—No duermes —dijo.

—Duermo muy mal desde que me acusan de asesinato. Y desde ayer, mucho peor.

No contestó a eso. Se sentó en el heno, a una distancia que habría podido medirse con una vara, y se puso a hablar sin mirarlo. Le salía en frases cortas, pisadas una a una.

Le contó el patio. El treinta de septiembre, el alba, Odo junto al pozo.

El pie pequeño que entró en la capilla y salió sin correr.

La suela dibujada, la cruz de clavos. Cómo había dicho aquello en voz alta, a un hombre que se lavó las manos, y cómo el hombre no pidió ver la tablilla.

Cómo comprendió, esa noche, a las doce, mirando un cráneo de lobo, quién la había contratado.

—Lo que Odo quería no eras solo tú —dijo—. Era también la que había visto el pie. Dos por el precio de uno. Un solo viaje, y los dos callados.

Cailean escuchó sin una sola broma. Se asombró de poder.

—Después, el recado —siguió ella—. No fue lo que pensaste. No fue ingenuidad. Sabía que el tratante iba y venía de Callan, lo sabía antes de dárselo. Pensé: si Odo cree que cumplo, no tocará a Ruari. Era mi cuenta. El hoyo contra tu cabeza. Y la hice con los ojos abiertos.

—Catriona.

—Déjame terminar. —Se pasó las manos por la cara—.

Mi padre decía que lo que se rastrea y no se dice es un cepo escondido.

Yo te traje a esta casa sabiendo que te seguían, y te dejé coser mi crin y dormir a mi lado y reírme con Lulach, y no te lo dije.

Eso es lo que hice. Dilo tú, ahora. Dilo como quieras.

Cailean sintió subirle por dentro la lista entera de lo que habría podido decir: el insulto exacto, la frase que cierra, la burla que da tiempo. Las tenía todas, afiladas, ordenadas por tamaños como los cuchillos de una cocina. Las dejó en la tabla.

La lámpara de sebo alumbraba mal y era todo lo que tenían. Cailean la miró un rato largo. Tenía las pecas oscurecidas por la luz, el labio partido de morderlo y una cara que no pedía nada: ni perdón ni castigo. Pedía solamente que alguien lo apuntase.

—Dices siempre «yo no juzgo, sigo» —dijo él por fin.

—Es verdad. Es mi oficio.

—No. Es lo que te dices. Yo te he visto seguir.

—Se incorporó sobre un codo—. Cuando eliges si pisas piedra o brezo, ¿qué haces?

Juzgas. Cuando decides que el rastro viejo miente y el nuevo no, juzgas.

Quien sigue juzga, sabuesa. Cada paso es una elección.

Tú has elegido todos los pasos de este viaje, y la mayoría eran buenos.

Una vez, por tu hermano, elegiste uno malo.

Un paso. No te lo voy a negar, porque me estaría negando que tengo ojos.

Pero tampoco voy a decir que lo malo es todo lo que has hecho.

—Podrías haber muerto.

—Podría. Sigo enfadado, para que lo sepas.

Voy a seguir un poco enfadado, y es probable que mañana te lo diga con cuarenta adjetivos.

Pero escúchame bien. —Hizo una pausa. Había tanto silencio en la casa que se oía la brasa—.

Yo habría mandado ese recado, Catriona. A la hora y por la cuenta que tú tenías.

Y tú me has cosido las heridas del cuerpo, y esta noche has subido a coserme la otra, la de saber a quién tengo que odiar.

Eso no es una cuenta que se salde con un recado.

Ella se quedó muy quieta. Después respiró hondo, de una forma que él no le había oído nunca, como si le hubieran aflojado un lazo de las costillas.

—Estás en mi cuenta —dijo, con la voz rota por el lado de la risa.

—Estoy en tu cuenta.

—Siempre he sabido contar. Con esto no sé.

—Te advierto que yo, con esto, tampoco.

Y fue ella quien acortó la vara de distancia, sin prisa, arrastrándose sobre el heno con la torpeza de un animal cauto. Le puso la mano sobre el pecho, donde le golpeaba el corazón, como había puesto la palma tantas veces en el costado herido: para comprobar que seguía latiendo.

—Cailean —dijo—. Yo no sé hablar de esto.

—No hace falta.

—Sí hace. Si no hablo, lo hago mal. Dime si tengo que parar.

Él le cubrió la mano con la suya. Le temblaba ligeramente. Había decidido, por primera vez en su vida, medir cada palabra antes de decirla.

—Mañana, o pasado, Odo estará en este valle. Lo sabes. Sabes que quizá me cuelguen en una semana. No quiero que lo hagas por culpa, ni por miedo, ni por esta noche. Si lo haces, que sea sabiéndolo todo. Elige sabiéndolo.

—Ya lo he elegido —dijo ella—. Desde la carbonera. Desde el cuenco que me diste con la liebre. Lo que no sabía era cómo se pedía. ¿Puedo?

—Puedes.

—¿Y tú?

—Yo llevo un mes esperando que me lo preguntes. —Sonrió, la sonrisa-escudo, pero sin el escudo—. Y si hay que parar, lo dices tú, y paramos.

—Callas.

—Me callo.

Se apagó la lámpara.

• • •

Aún no cantaba ningún pájaro, que en noviembre no madrugan, cuando abajo, en la oscuridad azulada, alguien se puso a subir la escalera con la prudencia de una carreta con los ejes sueltos.

Primero un golpe de bastón contra el primer peldaño. Después una tos de enfermo imaginario, tres, cuatro. Luego un carraspeo más largo y una voz que tenía el don de atravesar paredes.

—¡Que subo a por heno para el ciervo! ¡Que es mi heno y mi ciervo! ¡Y mi escalera, que para algo la hizo mi abuelo con sus dientes!

Catriona, a su lado, se sentó de un salto y empezó a buscar en el heno una bota, un cinto, la vergüenza. Tenía el pelo suelto y la trenza deshecha. Cailean la contempló con tal contento que habría escandalizado a cualquier sacerdote.

—Lulach —dijo, sin gritar.

—¡No oigo, que soy sordo del izquierdo!

—Pues sigue subiendo despacio.

—¡Subo con una pierna! ¡Con una pierna tardo lo que tardo!

Ella le lanzó una de las miradas que reservaba para los lazos mal hechos. Después se le torció la boca, y por fin se echó a reír con la cara contra el pecho de él, sin ruido, sacudiéndose entera.

—Es el hombre más discreto que he conocido en mi vida.

—Está dando tiempo. Es una forma de bendición.

Cailean, con la cara contra su pelo, que olía a humo de abedul y a nieve, pensó que el pecado de la sabuesa era haber contado con los ojos abiertos, y que había pecados peores, entre ellos casi todos los suyos.

Se vistió despacio. Se hizo la trenza, volvió a hacerla. Cuando ya tenía un pie en la escalera, se detuvo, se dio la vuelta, se agachó y le dijo al oído una cosa de las pocas que decía sin pensar:

—Pisa donde piso.

—Siempre.