Capítulo 23. La huella pequeña
Lo que no deja dormir se acaba poniendo en orden, y Catriona llevaba tres horas poniendo en orden el patio de Dùn Callan.
La casa de Lulach respiraba a su alrededor.
El viejo roncaba en su cama de pieles con un silbido de fuelle roto; en el altillo, Cailean daba vueltas de vez en cuando, y el heno crujía como si alguien aplastara una gallina.
Padre Abad dormía de pie junto a la puerta, que era como dormían los ciervos y los centinelas.
Ella estaba tendida junto al hogar, con las brasas a un palmo de la cara, mirando las vigas negras de las que colgaban cráneos de lobo ensartados en cuerdas.
Doce mandíbulas abiertas, todas con la misma sonrisa.
Las brasas movían sus sombras, y a ratos parecía que los lobos se turnaran para reírse de ella.
No pensaba en el recado. Se había prohibido pensar en el recado. Pensaba, en cambio, en una cosa que había dicho Hobb: que Robert daba por hecho que Sir Odo, al saberlo, se lavaría las manos.
Se las lavaba siempre. Siempre después.
Se incorporó. Sacó del zurrón el atado de tablillas, las láminas de boj enceradas que llevaba sujetas con una correa de gamo, y fue pasándolas con el pulgar a la luz de las brasas hasta dar con una de borde chamuscado, de cuando se le cayó en un fuego. La del treinta de septiembre.
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La había rayado en el patio de Callan, de pie, con el pulso tranquilo, mientras el sol subía por las almenas y los mozos aclaraban con cubos el barro de la noche.
El patio olía a agua fría sobre piedra y a pan de la primera hornada, ese olor de una mañana corriente que a ella le pareció una burla.
Una huella de caballo grande y cargado, hacia la poterna este.
Y debajo, apretada, una suela. Puntera estrecha.
Tacón corto. En el talón, tres clavos puestos en cruz, de remiendo, de los que mete el zapatero cuando alguien no quiere tirar un par bueno.
Cordobán fino, se notaba por cómo mordía el barro, sin hundirse. Zapato de rezo o de visita. Zapato de quien no anda por el patio.
Cerró los ojos y puso el sitio delante, como se extiende un mapa en una mesa.
El condestable junto al pozo, con la camisa blanca y el manto sin una arruga, a las seis de la mañana de una noche en la que había muerto el heredero de su señor.
Eso ya lo había notado, y lo había guardado entre las cosas que no encajan, porque no era asunto suyo.
Le había contado lo del jinete. Él había escuchado con la cabeza ladeada.
Después, lo del pie pequeño, de dama o de muchacho.
Se había quedado quieto. Menos que un parpadeo.
—Una criada, sin duda —dijo entonces, y sonrió, y metió las manos en el cuenco que le tendía un paje, y se las secó con un paño, dedo por dedo.
Una criada. Qué deprisa había llegado a esa palabra. Como quien la tiene preparada en la boca, calentándola.
Ella lo había dado por bueno. Se había dicho: una criada, claro. Hasta que se había puesto a mirar el rastro, y ahí era donde siempre se había detenido.
El pie entra en la capilla. Hay un muerto con una daga en la espalda. El pie sale.
Y no corre.
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Se echó el manto sobre los hombros y salió al umbral, esquivando las patas del ciervo. Fuera hacía un frío limpio y la nieve daba una luz sin dueño. Mala Hierba, en el cobertizo, resopló al oírla. Abajo, en el valle, no se movía nada.
Se sentó en la piedra de la puerta con la tablilla en las rodillas y se obligó a hacer lo que hacía su padre en el umbral de su casa: el día entero, en orden, sin saltarse una huella.
Él decía que quien cuenta el día entero acaba encontrando el sitio donde se torció.
De niña lo había odiado por pesado. Esa noche, con la nieve dándole una luz sin dueño, le habría dado las gracias, y también le habría pedido que no hubiera tenido razón.
Había corrido todo el mundo aquella noche.
Los criados que acudieron al grito. El capellán, con la estola mal puesta.
Cailean, con la vara en el cinto, porque oyó gritar «¡el bastardo!
» sin haber hecho nada. Cuando hay un muerto se corre, y el miedo deja un rastro que cualquiera lee: zancada larga, punta hundida, tierra levantada hacia atrás.
El pie pequeño había entrado con paso corto, parejo, el de quien camina por su casa. Había estado dentro lo que dura un padrenuestro y medio. Y había salido igual.
Probó otra salida, porque un rastreador desconfía de la primera explicación como de la primera nevada.
Una criada que se asusta no corre y se queda paralizada: pero entonces el pie se queda marcado, hondo, en el mismo sitio.
Allí no había nada de eso. Una dama que reza: pero a medianoche, sin escolta, en pleno banquete.
Un muchacho: pero los muchachos no remiendan el cordobán.
Quedaba lo que quedaba. Un pie que cruza una capilla donde hay un muerto y no corre no es el de quien llega a ver. Es el de quien sabe lo que va a ver. El de quien ya ha estado allí antes de que ocurra, o vuelve a limpiar.
Se le enfriaron las manos sobre la cera.
Llevaba dos meses diciéndose que ella no juzgaba, que le habían encargado seguir y no preguntar de quién eran los pies.
Y por no preguntar le había dado a un hombre, de pie y a las seis de la mañana, la única cosa que no debía darle nadie: la prueba, contada en voz alta, a quien más convenía callarla.
Entonces le vino lo otro. Despacio, como sube el frío por una bota.
Odo no le había pedido ver la tablilla.
Cualquier hombre de ley, al oír que una montera anota lo que ve, habría dicho: «Enséñamelo».
Habría querido la cera entre los dedos, la fecha, la forma exacta.
Odo contaba los botones de sus hombres. No lo pidió.
Ofreció el trato: tráelo vivo y tu hermano sale.
Y ella había pensado, qué cortés, qué hombre tan educado, que no me trata como a un sabueso.
No pidió verla porque no necesitaba verla. Ya sabía de quién era el zapato.
Se dobló sobre las rodillas, sin ruido, porque quien vive de seguir animales aprende pronto a sufrir sin hacer ruido, y esperó a que le volviera el aire.
Todo lo demás encajó de golpe, con ese clic de un lazo bien armado.
La ballesta en lugar de la cuerda. El ayudante que debía saber dónde dormía el preso.
El orden de traerlo vivo, que no era piedad: era un plazo.
Un hombre que no quiere un preso, sino una noticia.
Y una rastreadora que, sin saberlo, había dejado de ser contratada para convertirse en testigo.
Arriba, tras la puerta, el heno volvió a crujir. Un hombre que no duerme tiene un ruido propio, y ella lo había aprendido en un mes mejor que el de la lluvia.
Tenía que contárselo. Eso era lo peor. Hacía unas horas había dicho «sí» a la pregunta más corta que le habían hecho nunca, y él había contestado con el silencio de quien guarda una cosa para después, y no con un grito, que habría sido más fácil.
Ahora tenía en la mano la prueba de que su hermano seguía en un pozo por un trato que nunca había sido un trato, de que el hombre del altillo estaba condenado y de que ella misma había sido usada, todo por cuenta de quien no debía.
Miró la suela dibujada en el boj, tan pequeña, tan inocente.
—Un rastro no miente —dijo a las mandíbulas que colgaban dentro—. Miente el que lo lee en voz alta.
Le salió ridículo y verdadero. Pasó el pulgar por el borde chamuscado.
—A Odo —susurró—. Se lo dije a Odo. Y él se lavó las manos.