TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 22. Lo que dijo Hobb
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Capítulo 22. Lo que dijo Hobb

Hobb llevaba ocho días en el jergón del establo, que olía a paja, a ciervo y a la fiebre que se le iba, con la pierna entablillada en alto sobre un saco de cebada, y Cailean le cambiaba los lienzos con el hocico de Padre Abad empujándole el codo.

El ciervo manso había descubierto que el vendaje viejo sabía a miel y a sal, y venía a comérselo con una devoción que habría conmovido a cualquier abad de verdad.

—Quita —dijo Cailean, y le apartó el morro—. Vete a rumiar tu propio pecado.

—No muerde —informó Hobb—. Solo lame. Es como tener un perro con cuernos.

—Es un ciervo con ideas. Y tú cuéntame lo que llevas callando desde Tom na Croiche, que se te ve en la cara como a un crío con una ciruela robada.

El muchacho tragó saliva. Tenía diecisiete años y el rostro de quien ha llegado a los diecisiete de golpe, a la fuerza, por una cornisa.

—Sir Odo me llamó a mediados de octubre, cuando la Montera llevaba más de una semana sin dar noticia.

Dijo que a la rastreadora había que darle un ayudante, que era costumbre, y que el ayudante tenía que saber siempre dónde dormía el preso.

Yo creí que era una orden como otra. Usted me conoce de la guarnición, capitán.

Sabe que no me fío de nadie hasta que me fío de todos.

—Sé que cuentas mal los dados. Sigue.

—Tenía que dejar aviso cada vez que pudiera, en un hueco de roca que me enseñó Robert, o por el tratante de pieles de Tom na Croiche. Dejé uno. La primera noche, la del queso: dónde dormíamos, cuántos éramos. Nada más. —Se mordió el labio—. Lo de la ruta no lo mandé yo. Eso ya lo tenía Odo.

—¿Y por qué no dejaste más?

—Porque en el Allt una saeta se clavó a un palmo de mi cabeza y entendí para qué servían mis avisos. Se me acabó el oficio de espía en ese río. Tengo el don de elegir mal los oficios.

Cailean siguió enrollando el lienzo viejo, despacio, con las dos manos, para que no se notara que una había dejado de obedecerle.

—La ruta la sabíamos tres, Hobb. Tú también estabas en la cueva, haciendo como que no mirabas.

—Y no la mandé. Lo supe después, en Tom na Croiche, desde el establo, por la rendija de un tablón.

Robert se lo decía al del bigote, en francés: que el recado de la rastreadora en persona había llegado por el tratante, y que no había más que esperar.

Que Sir Odo lo sabría esa misma semana y que se lavaría las manos.

—¿Y lo demás?

—Que cuando la nieve deje de cerrar el paso, el Bachiller baja por las bocas del valle con la mitad de la hueste. Que a usted no se le trae. Se le espera.

El ciervo bufó. Fuera, una gallina cacareó sin ganas. Cailean se puso en pie y se sacudió la paja de las rodillas con una exactitud de sastre.

—Gracias, Hobb. Descansa.

—¿Me va a odiar?

—Estoy decidiendo a quién. Tengo una lista, y tú vas bastante abajo.

—¿Delante de Robert?

—Delante de Robert, un par de puestos. Descansa, he dicho.

• • •

Lulach estaba sentado en el umbral de su casa con la pierna estirada, mirando el cielo como un tendero mira a un cliente que debe dinero.

—La rodilla dice despejado —anunció, antes de que le preguntaran—. Pasado mañana, a más tardar. Esta rodilla no se equivoca desde la hambruna del año veintiocho.

—¿Y si se equivocara?

—Entonces tendremos un día más para el guiso.

Lulach lo miró de arriba abajo, con el oído bueno vuelto hacia él.

—Traes cara de haber pisado una trampa tuya.

—De haber pisado una ajena, Lulach.

—Peor. Esas no tienen dueño al que culpar. —Y volvió a mirar el cielo, para dejarle el silencio entero.

Cailean le dio las gracias con un gesto y se fue a desollar la liebre que había colgada junto a la leñera, porque cuando no sabía qué hacer con las manos las manos sabían qué hacer con una liebre.

Cortó. Peló. Sacó. Las tripas humeaban en la nieve.

Pensó en un mes de mañanas: ella levantándose antes que el sol, el cuchillo en la bota, el modo de ponerle la mano en el costado, sin mirar, para ver si seguía abierto.

No le salía ninguna cuenta. Se quedó quieto, con la piel de la liebre colgando de la mano como un guante vacío.

• • •

La encontró en el cobertizo de Mala Hierba, peinando la crin de la garrona con un cardo seco.

El sitio olía a heno y a pelo caliente, y la luz de la tarde caía por las rendijas del tablón en barras, de modo que parecía que fueran a hablar dentro de una jaula.

La yegua dejó de masticar al verlo entrar, por si acaso.

Catriona no volvió la cabeza. Siguió con el cardo, y él supo por ese solo gesto que había oído la puerta, había sabido su paso, y había decidido esperar.

—Hobb ha hablado —dijo ella.

—Hobb ha hablado.

—Odo tenía la ruta.

—Desde que el tratante le llevó tu recado.

—Sí.

—Por un recado —dijo Cailean—. Tuyo.

Ella dejó el cardo en el pesebre y se volvió. No hubo gritos. Los llevaba él preparados desde el establo, uno por cada paso del patio, y se le quedaron todos en la garganta, ocupando sitio.

—Se lo di yo. De palabra, al tratante, en el cruce de las pieles, el día que os dejé a media legua. Seumas conocía a mi padre. —Hizo una pausa—. Iba a decírtelo ayer, en el sudadero. Vino Sìleas con los huevos.

—Lo sé. Ahora lo sé. —Lo dijo sin burla, y vio que a ella le dolía más así que con burla.

—En Tom na Croiche pensé que el tratante te había vendido. —Tomó aire—. Te dije que Robert sabía la Lairig y tú dijiste «ya lo sé». Y yo pensé: claro que lo sabe, es la mejor rastreadora del bosque, lo habrá leído en las caras de los carboneros. No se me ocurrió que lo supieras de antes.

—Lo supe de antes.

—¿Cuánto de antes?

—Desde que entramos en Tom na Croiche. Cuando Beitris no sabía nada y los hombres de Odo lo sabían todo. —Tenía los brazos cruzados con tanta fuerza que no los sentía—. Yo dejé ese rastro. Nadie más.

—¿Por Ruari?

—Por Ruari.

Él se pasó la mano por la cara. Olía a establo y a sangre de liebre, y eso no pegaba nada con la escena, y le pareció, de repente, lo más injusto de todo.

—No te pido el porqué. Tu hermano en un pozo y un hombre que te ofrece sacarlo si le llevas un cuerpo. Yo habría mandado ese recado. Pregunto lo otro. Un mes. Cruzamos la Lairig, Hobb se rompe la pierna, me sacas de debajo de una cornisa. Me coses con tu crin. Y sabías.

—Sí.

—¿Me has traído tú?

Cuatro palabras, y las dijo en voz baja. Catriona las recibió como se recibe una vara en la espalda: sin moverse, mirando al frente, con las pecas ardiendo en una cara que se había quedado sin sangre.

—Sí —dijo.

Fuera, Padre Abad empujó la puerta con la cabeza y se quedó en el umbral, mirando a uno y a otro con aire de intendente.

Cailean sintió algo que se parecía a quedarse sin suelo, y que no se arreglaba con ningún chiste. Pasaron dos latidos de yegua. Tres. En ninguno de ellos ella apartó los ojos. No miraba a otro lado cuando se había equivocado: se quedaba mirando el error, sin parpadear, hasta saberlo de memoria.

Él retrocedió un paso, no más. Tragó la rabia, porque no había nadie a quien tirársela, y de todo lo que tenía a mano escogió lo más útil.

—Lulach dice dos días de cielo claro.

—Sí.

—Odo no viene a negociar. El Bachiller baja por las bocas del valle en cuanto se abra el paso.

—Sí.

—Entonces —dijo Cailean, y no la miró al decirlo—, tienes dos días para sacarnos de aquí.