Capítulo 21. El cobertizo de sudar
Lulach llevaba desde el alba calentando piedras junto al arroyo, apiladas con pulcritud de panadero, y no había querido decir para qué, salvo con una tos.
—Por la nieve —dijo, y no dio más explicaciones.
Era el octavo día en Gleann Bàn y Catriona ya había aprendido que «por la nieve», «por los dientes de mi abuelo» y «por la buena salud del ciervo» eran las tres razones que Lulach daba para todo, en el orden en que le venían a la boca.
El taigh-allais estaba junto al arroyo: una choza baja de piedra y turba, sin ventana, con una puerta de mimbre y pieles.
Dentro, a oscuras, una hoguera había calentado desde el amanecer un montón de cantos redondos.
Lulach los sacó con una horca de madera y los metió en una pila con agua.
El vapor salió por los rincones como una bestia con prisa.
Olía a piedra quemada y a brezo húmedo, y la oscuridad tenía un sabor tibio, de pan recién salido del horno con los ojos cerrados.
—Cuando salgáis, ni el catarro os conoce —sentenció—. Cada uno en su banco. El mimbre está para algo.
Había, en efecto, un cañizo atravesado en medio, a la altura del pecho. Catriona lo miró como se mira un cepo mal puesto.
—Yo prefiero lavarme en el arroyo.
—En el arroyo hay hielo.
—Ya.
—Pues eso. —Lulach le tendió un paño de lino grueso—. Aquí dentro solo se ve vapor. Yo me he sudado con tu padre, muchacha, y con el rey de Escocia, y de ninguno de los dos me acuerdo de nada que no fuera la sed.
Salió. La puerta cayó. Se quedaron los dos de pie en la oscuridad tibia, con los paños en la mano, mirando cada uno hacia una pared distinta con una rigidez que se notaba hasta en los hombros.
—Yo me vuelvo de espaldas —anunció Cailean—. Es lo que haría un caballero. No lo soy, soy un bastardo con frío, pero quería ofrecértelo igualmente.
—Calla.
—Callo.
Duró tres respiraciones.
—Es que el vapor me pone nervioso. Es como estar dentro de una olla. Y yo, dentro de una olla, solo he estado... no, nunca he estado. He estado fuera, con la cuchara.
—Respira por la nariz —dijo ella—. Y piensa en un prado.
—Ya estoy en un prado. Me miran todas las ovejas.
Ella se quitó la ropa de espaldas a él, rápido, como quien arranca una garrapata, y se envolvió en el paño. Subió al banco de arriba. La madera quemaba. Detrás del cañizo oyó el crujido del otro banco, un gruñido, un «ay» sincero, y por fin un silencio de hombre que se resigna al calor.
Echó un cazo de agua sobre las piedras. Siseó. El vapor subió blanco y espeso, y la lámpara de sebo de la repisa se quedó en una mancha amarilla sin bordes. Desde allí arriba, la cabeza de él era una sombra con coleta.
No lo miraba. Había decidido no mirarlo, y se notaba el esfuerzo, como se nota una pata atada. Le llegaba a través del cañizo el olor de él, ajo, humo y jabón de ceniza, mezclado con el vapor hasta volverse casi un guiso.
• • •
—Mi madre se llamaba Aoibhinn —dijo él de pronto, sin la voz de contar anécdotas—. Lulach te lo habrá dicho. Era pastora. Subía a las majadas en mayo y bajaba en octubre, y cantaba a las ovejas para que no se espantaran. Cantaba muy mal. Las ovejas, en cambio, la adoraban.
Catriona no dijo nada. Esperó. Esperar era su oficio.
—Se murió de unas fiebres un invierno que yo tenía siete años.
Fue rápido. Tres días. El último día me mandó a por agua al arroyo, y cuando volví con el cubo ya no estaba.
—El agua de las piedras chisporroteó—. Lo del cubo es lo que más recuerdo.
Que no lo solté. Estuve horas con el cubo en la mano, en la puerta, hasta que vino Lulach y me lo quitó con mucho cuidado, como se le quita una trampa a un zorro.
—¿Y ahora?
—¿Ahora qué?
—Que si lo sueltas.
Hubo una risa breve al otro lado del cañizo, como si él no esperase la pregunta ni la risa.
—Ahora lo cambio de mano de vez en cuando. Es todo lo que puedo prometer.
Ella se miró las palmas. Tenía las manos rojas de calor y el callo de la cuerda blanqueado.
—Mi padre se llamaba Fionnlagh —dijo, y le sorprendió oírse—. Tenía una manía. Cada vez que volvíamos del monte, antes de entrar en casa, se sentaba en el umbral y me hacía repetir el día entero. Lo que habíamos visto, en orden. Cada huella. Si me saltaba una, me mandaba otra vez al principio.
—Qué pesado.
—Sí. —Hizo una pausa—. La mañana del jabalí yo me paré a seguir un rastro que no era mío. Un rastro. Si no me hubiera parado, habría llegado antes.
—Catriona.
—No es una queja. Es el orden de los hechos.
El vapor se había hecho tan denso que ya no distinguía el cañizo. Oyó, muy cerca, cómo él se movía en el banco, y cómo se detenía.
—Eso que dices —murmuró Cailean—, lo del orden de los hechos...
Mi padre decía lo mismo de mi madre. Que no fue su culpa, que fue el orden de los hechos.
Y que él había tardado en reconocerme porque «había que esperar el momento».
Llevo treinta años esperando ese momento.
Y «hay que esperar» es lo que se dice cuando alguien llega tarde.
No era una acusación. Era una cosa puesta en el suelo entre los dos, con cuidado, como una trampa descargada que se enseña. Catriona la miró un rato largo en la oscuridad.
—Sí —dijo—. Es eso.
Fuera, Lulach canturreaba. Una tonada sin letra, desafinada, de esas que se dicen para que alguien sepa que uno no escucha.
Pasaron un tiempo sin hablar, sudando cada uno a su lado del cañizo.
Se oía caer el agua de la bóveda, una gota, su siseo en la piedra, y el crujido de la madera cuando uno de los dos se movía y el otro dejaba de respirar para oírlo.
Catriona descubrió que se puede estar desnuda en una oscuridad compartida y sentirse, extrañamente, a salvo; y que a veces lo que da miedo no es lo que enseñas, sino lo que dejas de esconder.
• • •
Salieron por turnos, con los paños pegados al cuerpo, y se tiraron a la nieve con un grito idéntico, que Lulach celebró desde la puerta de su casa levantando la pipa de hierbas como un abanderado.
—¡Ya os lo dije! ¡Por la nieve!
Catriona, envuelta en un paño y en lo poco que le quedaba de aplomo, se quedó de rodillas junto al arroyo con el pelo suelto, sin trenza, jadeando.
Le ardía la piel y le temblaba todo. Cailean, a dos pasos, se frotaba la cara con puñados de nieve y soltaba las maldiciones más largas que ella había oído en su vida, una por cada vértebra.
Había una cosa que decirle. Llevaba un mes con ella como un guijarro en la bota.
—Cailean.
—Dime, sabuesa.
—Tengo que decirte una cosa.
Él dejó de frotarse. La miró de verdad, con el agua escurriéndole de las pestañas, y no hizo ninguna broma, que era el primer indicio de que había entendido el peso.
—Estoy escuchando.
—Es sobre el mensaje. El de Tom na...
—¡Visita! —gritó Lulach, desde lo alto de la cuesta—. ¡Una visita, muchachos, y trae huevos!
Por el sendero venía una mujer con un cesto y un mantón rojo, y detrás de ella un perro que ladraba por pura costumbre.
Sìleas, la del cerro de abajo, que se había enterado en dos días de lo que no se enteraba en dos años: que el Lobero tenía gente, y que la gente era un hombre que hablaba por tres y una moza con trenza de montero.
Catriona miró el cesto. Miró a Cailean. Se puso en pie, sacudiéndose la nieve, con la lengua muy quieta tras los dientes.
Había tardado un mes en juntar el valor, y una vecina con huevos se lo había gastado en un momento.