Capítulo 20. El gato en el tejado
El caldero de Lulach llevaba seis años sin que lo tocara nadie más que su dueño, y esa noche iba a dejar de ser así, con escándalo.
—Quita —dijo Lulach, apartándolo del caldero con la cadera—. En esta casa se cena lo que yo cocino.
—Lo que tú cocinas es un castigo con cebolla.
—Y siempre ha bastado.
—Siempre ha bastado para un chiquillo que lo comía con hambre y miedo. Yo ahora soy un hombre libre y con criterio. —Cailean olió la olla, retrocedió medio paso y, con el brazo bueno, cogió la sal—. Esto no lleva ni un puñado de nada. Lleva seis años de rencor.
—Es sopa de nabo.
—Es sopa de nabo con el orgullo herido. Siéntate.
El viejo se sentó. Era la primera vez en el día que obedecía a alguien, y miró a Catriona con la ceja levantada, como pidiendo testigo.
Ella, junto al hogar, con las manos cruzadas sobre las rodillas, estaba demasiado ocupada en parecer que no se estaba divirtiendo.
Tenía los pies descalzos sobre la tierra apisonada, calientes por primera vez desde Tom na Croiche, y se le ocurrió que el viejo y el caldero llevaban veinte años discutiendo y que ella acababa de llegar al mejor momento de la pelea.
Cailean cocinó. Se le notaba el cuerpo cambiado: los hombros más bajos, las manos más seguras.
Echó al caldero un puñado de cebada, un trozo de tocino, ajo silvestre del que Lulach guardaba en una cesta, hojas de mirto de turbera y la última lonja de venado ahumado que colgaba de una viga.
Habló mientras lo hacía, porque no sabía hacer otra cosa, y esta vez a nadie le molestó.
El olor subió y se quedó en la casa, pesado y amable, como una manta puesta con cuidado.
Padre Abad, tumbado junto al fuego con las patas dobladas, levantó la cabeza dos veces, preguntando.
Cenaron los tres alrededor del hogar, en tres escudillas de madera que no hacían pareja, con el pan duro mojado en el caldo. Lulach se comió dos platos y declaró que la receta era suya y que nunca la había sabido hacer.
—Cuéntale a la sabuesa lo del gato —dijo Cailean, sin pensarlo.
Y en cuanto lo dijo supo que había cometido un error, de esos que se cometen por felicidad.
—¡El gato! —Lulach dejó la cuchara—. A ver.
Esto era un invierno de hace veintidós años, y este —señaló a Cailean con el hueso de un pie de cerdo— tenía ocho, y llevaba un año en mi casa.
Y había una gata en el tejado, flaca, ruin, con tres crías que no eran de nadie.
Pues este, que ya entonces tenía la idea de que todo bicho sin sitio es asunto suyo, trepó.
Por el palo del gallinero. Hasta el alero. Con una cesta.
—No cuentes lo de la cesta —dijo Cailean.
—Con una cesta de mimbre y un trozo de queso, para cazar a la gata. Y la gata, que no era tonta, se fue por el otro lado, y los gatitos detrás, y el niño se quedó en el tejado. Solo. Con el queso. Tres horas.
—Dos.
—Tres. Porque no sabía bajar. Subir, sí; bajar, no.
Lo supe porque oí balar debajo del alero a la cierva mansa de entonces, la abuela de Padre Abad, que se había encariñado con él y se puso a darle consejos.
—El viejo ya se golpeaba el muslo—. Y lo bajé al final con una red de cazar lobos, sujeta por las cuatro esquinas, y le dije «salta», y él me dijo «¿y si no me coges?
», y yo le dije «te coge la cierva», y la cierva no sé qué hizo, pero el niño saltó, y le cayó encima la red, y se quedó dentro mirándome con una cara de dignidad que habría hecho llorar a un juez.
Fue entonces cuando Catriona se rio.
No fue la risa corta, hacia dentro, que Cailean le había oído en la carbonera.
Fue una risa entera, con la cabeza echada atrás y los hombros sacudiéndose, de las que se le escapan a alguien que lleva años sin usarlas y que de pronto vuelve a dar con la manera.
Se tapó la boca con la mano, y no sirvió de nada, porque le salió otra por la nariz.
Mala Hierba, desde el patio, respondió con un relincho de alarma.
Él dejó de masticar.
La miró, nada más. Con el pan a medio camino y el caldo goteando de la cuchara.
La luz del hogar le dibujaba las pecas, los dientes un poco desiguales, las arrugas que le salían junto a los ojos cuando se reía de verdad, que eran las de una mujer que lo hacía con muy poca frecuencia.
Pensó que había pasado más de un mes persiguiéndola, siguiéndola y siendo seguido por ella, y que todavía no sabía que tenía aquella risa.
Pensó que lo demás ya lo había aprendido de memoria, y que aquello era lo único que no podría ensayar.
—Cuéntame otra —pidió ella, enjugándose un ojo.
—¿Otra? Tengo mil. —Lulach se sirvió más caldo, radiante—. La del día que se comió la miel de las abejas del abad…
—Lulach —dijo Cailean, con un hilo de voz—. Cállate.
—No oigo del izquierdo.
—Tampoco del derecho cuando te conviene.
• • •
Fue más tarde, con las escudillas lavadas y los tres cerca del fuego, cuando Lulach hizo la pregunta.
—¿Cómo se llamaba tu padre, muchacha?
—Fionnlagh.
El viejo se quedó un momento mirando las brasas.
—Montero del rey —dijo—. Rubio, alto, con una cicatriz en la ceja. Bajó un otoño a Gleann Bàn a por un lobo que le había matado tres yeguas. Estuvo conmigo una semana. —Se rascó la cabeza—. Roncaba como un oso con catarro.
Catriona no dijo nada. Cailean tampoco: la mano le había ido sola hacia ella, y la dejó a medio camino, sobre el banco, a un palmo de la suya.
—Bien —dijo Lulach, y cambió de tema con la delicadeza de un hacha—. Ahora, lo que importa. La Vara.
Se la pusieron sobre las rodillas. El viejo la acarició otra vez, como si fuese un cachorro.
—Para hablar ante la fine en el solsticio, un hombre sin nombre necesita dos cosas: o doce jurados de su sangre o de su suelo que digan que es quien dice, o la palabra de quien guarda los linajes.
Doce, no vas a encontrar: el que no te teme a ti le teme a Odo.
Queda uno. El abad de Loch Dùn. Angus el Ciego.
Tiene ochenta años y se sabe de memoria quién se casó con quién desde antes del rey.
—¿Y nos escuchará? —preguntó Cailean.
—Escucha a quien lleva esto. —Lulach tocó el anillo—.
Pero la isla está en medio del loch, y el loch cuaja hacia San Andrés.
Dentro de nueve días. Hasta entonces el hielo no sostiene a una cabra, y después sostiene a un hombre; y con luna mala, no sostiene a nadie.
Esperad al hielo. Mientras tanto, comed.
—Yo sé leer el hielo —dijo Catriona.
—Todo el mundo cree saber leer el hielo —dijo Lulach—. Hasta que se moja.
—Yo no juzgo el hielo. Lo sigo.
El viejo rio, entre dientes, sin burla, y le dio a la frase una palmadita imaginaria, como a un nieto con un hallazgo.
• • •
Ya era noche cerrada cuando Catriona se retiró al cuarto de atrás, el que había sido del niño, y Cailean salió a echar la leña de la mañana junto a la puerta.
Lulach salió con él. Se quedaron un rato en la oscuridad, bajo las vigas del porche, con la nieve fina cayendo y el aliento de los dos subiendo juntos.
El viejo prendió con un tizón un cuenco de arcilla con un cañuto de hueso. El humo olía a hierba, a corteza, a una infancia que Cailean reconoció antes de pensarla.
—Esa mujer —dijo Lulach, mirando hacia el cuarto de atrás, donde brillaba un hilo de luz bajo la puerta— te mira como se mira una trampa que va a saltar. Con el cuerpo tenso y la cabeza ladeada. Y tú no te das cuenta, porque la tienes delante y te distrae el color de los ojos.
—Lulach.
—No te estoy diciendo nada. Hablo de trampas. —Dio una calada, y la brasa le iluminó un instante la cara, sin una pizca de broma—. Pero no eres tú la trampa.