TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 19. Lulach el Lobero
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Capítulo 19. Lulach el Lobero

Hay casas que se anuncian por el olor, y la de Lulach lo hacía además por el ruido y, a cierta distancia, por una opinión.

—¡Llegáis tarde para la leña! —gritó el viejo desde el umbral, antes de que ninguno hubiera abierto la boca—. ¡Os dije que a mediados de mes!

Catriona se paró en seco. Detrás de ella, Cailean, que se había quedado sin palabras a media legua de allí, soltó un sonido que no era risa ni llanto, sino una versión grave de las dos.

—Nunca me dijiste nada de leña, Lulach.

—¿Cómo?

—Que no me dijiste nada. —Subió la voz—. Del leño.

—Ah. —El viejo se hurgó el oído derecho con el meñique, con un aire de gran sabiduría—. Entonces te lo digo ahora. Pasa. Y lleva a ese muchacho al establo antes de que se me muera en el huerto, que luego hay que enterrarlo y la tierra está dura.

Tenía setenta y un años, una trenza gris del grosor de una soga, un zamarro de piel de lobo que le llegaba hasta las rodillas y una cara hecha de arrugas organizadas en un solo gesto: el de alguien a quien todo le parece una ocurrencia más o menos graciosa del Creador.

Era bajo, ancho, torcido hacia un costado.

Cailean se le echó encima sin decir una sola palabra, y el viejo lo rodeó con los dos brazos y le dio, con el puño, dos golpes en la espalda que sonaron a tambor.

—Estás flaco —sentenció, sin soltarlo—. Y hueles a humo. Y llevas un brazo mal cosido. Te dije que hicieras las cosas bien.

—Me lo cosí yo, Lulach.

—Eso es lo que digo.

Catriona los dejó. Desató al muchacho del lomo de la garrona con la ayuda de un mozo que salió corriendo de un cobertizo —un chico de doce años que resultó ser un nieto de algún vecino y que miraba a Hobb como a un ciervo caído en el patio— y lo llevó al establo, donde le hicieron un jergón de paja limpia, con mantas y una jarra de agua.

Cuando volvió a la casa, el ciervo ya había entrado. Dentro, el aire era un guiso de humo de turba, lana sin lavar y ajo, con un fondo de lobo que se le pegó a la garganta.

Lo vio desde la puerta, grande, de pelo gris en el hocico, con una cornamenta de ocho puntas ladeada de tanto rozar el dintel, avanzando por el suelo de tierra apisonada con el paso de un obispo que entra en su catedral.

Pasó entre cráneos de lobo clavados en las vigas, entre cueros colgados, entre cestos de lana sin cardar, cuernos de cabra, una ristra de ajos, tres ollas, un arpa sin cuerdas y una montaña de leña que ocupaba lo que habría sido el rincón de la cama, y metió el morro en un cuenco que Lulach había puesto en el suelo precisamente para él.

—Padre Abad —informó Lulach—. Se confiesa a las ovejas. Es muy buen oyente, pero no se le puede decir nada que no quieras oír en la misa del domingo.

Fuera, un resoplido largo. Mala Hierba había sido desatada en el patio y se acercaba a la puerta con la intención visible de morder el primer bulto que se moviera.

Se encontró con el hocico gris del ciervo asomando por la abertura.

Se miraron. Los dos animales eran del mismo tamaño y de la misma opinión sobre el mundo.

Mala Hierba bufó. El ciervo, con parsimonia, le lamió la oreja.

Catriona esperó el mordisco. No llegó. La garrona se quedó inmóvil, con una expresión de ofensa profunda, mientras el ciervo le arreglaba el flequillo.

—No muerde —murmuró Cailean a su lado, con un respeto helado—. A mí me mordió por existir.

• • •

La examinó con los ojos mientras ella dejaba la mochila en el suelo. No fue una mirada de curiosidad, fue otra cosa. Un reconocimiento. Lulach había sido lobero del mormaer treinta años y rastreador antes de eso, y la miraba como se mira una huella conocida en un camino que se creía vacío.

—Ven aquí —dijo.

—¿Para qué?

—Anda hasta la puerta y vuelve. Sin mirarme.

Ella obedeció. Cruzó el suelo de tierra, tocó la jamba, regresó. Catorce pasos. Notó el escrutinio en cada uno, en el talón, en el modo en que le entraba la punta en el suelo, en cómo se le repartía el peso entre una y otra.

Lulach se acarició la barbilla.

—Esta pisa como yo enseñé a pisar —dijo, hacia nadie, hacia las vigas—. Poniendo la punta, no el talón. Con la rodilla un poco suelta, que no se note que se avisa al suelo. —Se dio la vuelta de golpe y la señaló con un dedo como un garfio—. ¿Quién te enseñó?

—Mi padre.

—Entonces tu padre era bueno.

Dijo «era». Catriona no lo había dicho. Lo había dicho él, con una naturalidad de quien ha visto demasiados muertos para fingir que no se les nota en los hijos. Y a ella el aire se le volvió espeso, como cuando se cambia de altura de golpe y los oídos tardan en enterarse.

Se dio la vuelta. Buscó con los ojos algo que hacer. Había un cubo, vacío. Lo cogió.

—Voy a por agua.

—El pozo está detrás —dijo Lulach, sin mirarla, y se puso a hablar con Cailean de unas cabras—. A la derecha. Cuidado con el escalón, que se lo comió una vaca.

Fue al pozo. Bajó el cubo. Lo subió. Lo volvió a bajar.

El agua estaba tan fría que le dolió en los dientes, y fue un dolor cómodo, de los que se entienden.

En el hueco redondo se reflejaba un trozo de cielo y una cara con las mejillas rojas.

Tardó más tiempo del que necesitaba en llenar el cubo, y cuando regresó nadie hizo ningún comentario, que era, ahora lo comprendía, la manera de Lulach de tener buenas maneras.

• • •

Cenaron más tarde. Pero antes, cuando la luz del sebo ya había ocupado la casa y Cailean se había quitado la capa y el viejo había calentado un cuenco de caldo con tanto ajo que Catriona sintió que le subía por detrás de los ojos, hubo un momento incómodo.

Cailean estaba de pie junto al hogar. Tenía el tubo de cuero en las manos. Lo había sacado del cinto con una lentitud que decía más que si lo hubiera lanzado al suelo.

—Lulach —dijo—. Tengo que enseñarte una cosa.

—Enséñala.

—Debería habértelo dicho antes. Desde que salí de Callan la llevo encima. No te lo escribí, y no se lo he contado a nadie.

—¿A nadie?

Cailean miró de reojo a Catriona.

—Casi a nadie.

Lulach dejó la cuchara. Por primera vez desde que llegaron, no dijo nada.

Catriona recordó de golpe cómo se ponía su padre cuando alguien le entregaba una pieza que no esperaba: el viejo se quedó muy quieto, sin tocarla. Cailean destapó el tubo. Sacó la vara. La luz del sebo le dio un reflejo de leche; el anillo de plata, en el extremo, brilló a cada movimiento.

—Me la dio Domnall —dijo—. Al morir.

—¿Y has estado un mes con eso a la cintura —preguntó el viejo, muy despacio— por los bosques del rey, con un cazador detrás, y no me has mandado un recado?

—No podía. Habrían sabido adónde iba.

—Y ahora la traes a mi casa.

—Sí.

—Con un chico con la pierna rota y una muchacha que no habla. —Lulach levantó los ojos—. Eres idiota, Mac an Fhèidh. Siempre fuiste idiota. Dame eso.

Cailean se la entregó. El viejo la cogió con las dos manos y la acercó a la luz.

Pasó el pulgar por la madera descortezada, siguió la veta, giró la vara entre los dedos, y se detuvo en el anillo.

Lo acarició con la yema, lentamente, como se acaricia la cabeza de un perro que lleva mucho tiempo fuera.

—No lo entendéis —dijo—. Los dos. No lo entendéis, y yo tampoco, hasta ahora. —Levantó los ojos, que ya no eran de risa—. Esto no es del mormaer. Es de la fine.