TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 18. El otro paso
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Capítulo 18. El otro paso

Los caminos que solo conoce una persona se parecen a los secretos, y Cailean sospechaba que el de la senda de cabras llevaba años en el bolsillo de Catriona como una piedra que no se tira.

Estuvieron seis días en el abrigo del Coire an t-Sneachda.

Seis días de ventisca blanca en los que la entrada de la cueva se cegó tres veces y hubo que cavar hacia fuera con una escudilla.

Hobb pasó de la fiebre baja a una fiebre que no era baja.

Cailean cocinó con lo que había: un puñado de cebada, hierbas secas, los últimos huesos de la cierva, un poco de nieve derretida con la última sal.

Habló menos que de costumbre. No lo hizo por prudencia; era que, de pronto, había cosas en las que pensar y no le cabían entre las palabras.

—Hay otro paso —dijo Catriona, a su espalda.

Lo dijo sin volverse, con los ojos en la blancura del valle y la voz de quien tarda mucho en decidir y poco en cumplir. Llevaba el gorro de piel calado hasta las cejas, y la trenza gruesa metida bajo la capa.

—Una senda de cabras. Sale por detrás de este circo, pasa por un resalte que casi no se ve y baja al otro lado de la sierra, a una legua de la boca de abajo. —Hizo una pausa—. Mi padre la encontró cuando yo tenía catorce años. Bajamos una vez, no la hemos vuelto a usar. Los cabreros no la cuentan.

—Yo me crie a un día de aquí —dijo Cailean— y no sabía que existía.

—Por eso es útil.

La miró de perfil. Mencionaba a su padre de pasada, como se menciona a alguien que sigue vivo en la habitación de al lado, y eso era nuevo.

—¿Dónde sale?

—A Gleann Bàn. —Y por fin se volvió, y le sostuvo la mirada con esos ojos pardos que a la luz de la nieve eran casi amarillos—. Te llevo a tu casa, Cailean. Por la puerta de atrás.

Era la primera vez que le llamaba por su nombre. Él sintió que algo se le asentaba en el pecho, a una profundidad que no era la de ninguna cocina.

—Gracias —dijo.

—Aún no.

• • •

Bajar fue peor que subir, y subir había sido bastante.

La senda no era una senda; era una sospecha.

Un resalte de roca del ancho de una bota, una repisa de hierba helada, un corredor entre dos peñas donde la garrona tuvo que ir sola, de rodillas, con las orejas gachas, mientras él sostenía a Hobb sobre el lomo, atado como un fardo, con la pierna entablillada colgando y un rosario de quejidos que ya no eran del todo conscientes.

Pero lo que de verdad ocupó a Cailean fue verla trabajar.

Había visto su oficio otras veces: en el Allt, en el hielo, en el barranco con los lobos.

Pero siempre en sacudidas, como se ve un rayo.

Ahora lo veía despacio. Catriona caminaba delante con el venablo entre las manos y no dejaba huella: pisaba en roca desnuda, en grietas, en el lado de sombra de las piedras donde la nieve ya estaba dura.

A veces retrocedía tres pasos, barría con una rama de brezo lo que habían marcado las patas del pony, y después, sin hablar, ladeaba la trenza para escuchar algo.

A veces dejaba, a propósito, una huella de bota por un camino falso, bien hundida, bien visible, y luego la enterraba a medias con un puñado de nieve, como se disimula un error de cuentas.

—Tendrán perros —dijo él, a media tarde.

—Tendrán perros. Pero no pueden seguir lo que no existe.

—Ni lo que existe, si lo has hecho tú.

Ella se encogió de hombros. Eso, en Catriona, era un discurso.

A ratos, cuando el camino se lo permitía, él hablaba.

Le habló de Lulach, a media voz, porque en una montaña así hasta el aire parece tener oídos: que era sordo del izquierdo y fingía serlo del derecho cuando le convenía, que juraba por los dientes de su abuelo, que había enseñado a leer a un ciervo y a un niño, y que con el ciervo había tenido más éxito.

—Te va a caer fatal —concluyó—. Te dará de comer sopa de ortiga y te preguntará por tu padre.

—¿Por qué por mi padre?

—Porque pregunta a todos por el padre. Dice que se les ve en la forma de apoyar el pie.

Ella no contestó. Pero el paso siguiente lo dio un poco más despacio, como quien guarda algo para mirarlo luego.

Hubo un momento, a media bajada, en que ella se paró en una bifurcación.

Dos surcos subían a la izquierda y a la derecha, como dos costillas de un animal enterrado.

Se quedó inmóvil mucho tiempo, con la cara tensa y la mano en el cuchillo.

No era miedo. Era duda, una duda que él no le había visto nunca.

Se agachó, cogió un puñado de nieve, lo deshizo entre los dedos, lo olió.

—La derecha —dijo, como si se lo estuviera diciendo a otra.

Y fue la derecha. Dos horas más tarde, al pie de la falda, apareció el barranco que ella había visto a los catorce años desde arriba, de la mano de su padre.

Cailean no dijo nada. La conocía ya lo bastante para saber que esa palabra, a veces, valía más que cualquier otra. Anotó, sin embargo, que a la vuelta de aquella pendiente había una mujer que dudaba y acertaba, y que de las dos cosas la segunda era la que más le costaba.

• • •

La primera noche habían dormido pegados a una peña.

La segunda la pasaron en una oquedad, sin fuego, con las dos mantas y el calor de la garrona.

Cailean tuvo la primera guardia, y la segunda, y no quiso despertarla.

Hobb ardía. Le había puesto paños de nieve en la frente, y el muchacho hablaba entre dientes, no a él sino a un fantasma sentado a los pies del camastro.

—Un caballo —murmuraba—. Me dijo que un caballo.

—Duérmete, Hobb.

—Me lavo las manos, dice. Siempre. Después de todo. Y yo… yo creía que era costumbre de clérigo, de limpio. —Abrió los ojos, que no veían—. Nunca ha dejado a nadie vivo, capitán. Nadie que haya visto su cara limpia. Y yo se la vi. Una vez. Cuando creía que nadie miraba.

—¿Qué viste?

—Nada. Es lo que se ve. Nada de nada.

Se hundió otra vez en la fiebre. Cailean se quedó con el paño de nieve en la mano, goteando entre los dedos, intentando encajar aquello en alguna parte.

Una cara limpia. Un hombre que se lava las manos hasta que ya no queda nada que lavar.

No lo entendió; tuvo la sensación, desagradable y exacta, de haber recogido del suelo la mitad de una frase que alguien volvería a buscar.

Y decidió callar la parte que no entendía, como se guarda en la bolsa la pieza de un juego que aún no sabes dónde va.

A su lado, Catriona dormía de costado con la cabeza apoyada contra su hombro. Se había quedado allí a medianoche, sin avisar, como un gato elige una piedra. Le pesaba el brazo cosido y le dolía y no se movió en tres horas.

• • •

Al amanecer del 21 el cielo estaba verde y el aire olía a invierno de verdad.

Bajaron la última pared por un lecho de arroyo helado, con las patas del pony resbalando y Hobb con los dientes apretados, y al salir al pie de una peña, entre abedules pelados, el valle se abrió debajo de ellos, ancho y blanco, con un río negro cosiéndolo.

Y en el fondo, junto al río, había una columna de humo. Fina, derecha, de chimenea. Hasta allí arriba subía, a ratos, un olor distinto del del hielo: resina, turba quemada, oveja, lo que huele un valle habitado visto desde lejos.

Cailean se detuvo. Tenía la mano en la brida de la garrona y no la sentía.

—Ahí está mi casa —dijo—. O lo que queda de ella.